Sígueme

La espesa neblina se adueñó de aquella gélida mañana de noviembre. El sol, refugiado entre una espesa capa de nubes grises, apenas dejaba adivinar su existencia. Caminaba sólo, entre exhalaciones del vaho que augura que la temperatura es fría, se abría paso entre la densa capa, de hojas, verde y marrón que cubría, casi uniformemente, aquel paseo en una estampa digna de una postal otoñal.

Llegué al cruce, a aquel paso de cebra y al semáforo en rojo. Paré y mi cabeza se giró, automáticamente hacia la izquierda. Todos y cada uno de los días lectivos en los que me dirigía a mi facultad, lo hacía, esperando encontrarla caminando hacia mi mismo destino, esperando que mi mirada, ansiosa, la hallara en algún punto de su largo camino y que, al menos, pudiéramos recorrer los últimos metros juntos. Por desgracia cuando el semáforo se puso en verde no hallé rastro alguno de ella.

Y ese era el resumen de mi vida. Ella era la única razón que me empujaba a levantarme cada mañana para ir a aquella amplia clase, ella era la única ilusión que aún conservaba en mi aciaga vida, ella era la única esperanza, ella era... mi última esperanza.

Todos los días olvidaba mi amargo presente para intentar conseguir arrancar de su rostro una leve sonrisa que me empujara a continuar, su felicidad se había convertido en el único motivo para vivir, sonará triste, pero nunca la realidad es tan maravillosa como nos imaginamos.

Y llegó mayo. Y con él, los exámenes, el estudio, las tardes de primavera encerrados en la biblioteca, las mañanas en silencio, los nervios, los agobios, el trabajo, cada día que pasaba era uno menos para que acabara mi primer curso y, cuando los demás anhelaban que llegara el final y con él el verano, yo deseaba alargarle durante toda la época estival, estirarle para que nunca me separara de su lado, ampliarle porque para mí verano era sinónimo de tristeza, de soledad, para mi el verano significaba tener que pasar más de tres eternos meses sin ella a mi lado, más de noventa días en los que ella permanecería en su ciudad a cientos de kilómetros de mi extraña prisión carente de barrotes, de mi particular exilio en mi propio mundo. Pero sabía que todo lo que pensara o lo que anhelara daría igual, porque llegarían las vacaciones y por muy agobiado que me viera cuando me imaginaba sin ella, no me atrevía a decirla nada, prefería vivir en un sueño ideal que chocarme de frente con el duro muro de la realidad.

Quedaban dos semanas para los exámenes finales y andábamos enfrascados en una calurosa clase de desdoble, atendiendo a un profesor que no cesaba de explicar algo que jamás hubiésemos entendido. Me miró. Estaba sentada a mi lado, a mi izquierda y noté como sus ojos se clavaban en mí como requiriendo mi atención.

Sonriendo la devolví una mirada cómplice, casi furtiva, girándome durante un ínfimo segundo para no llamar la atención de un profesor que continuaba y continuaba señalando a la pizarra. Sin embargo, me valió un instante, las escasas décimas en las que mis ojos recorrieron su rostro para darme cuenta de que algo no marchaba del todo bien.

No me asusté, no tenía por qué, estaba a su lado y junto a ella era feliz. Dejé que acabara la interminable hora y media y tras agacharme a por la mochila, la busqué con la mirada, pero mis pupilas no se encontraron con las suyas.

Salimos por fin de aquella clase que se estaba convirtiendo por momentos en el más caluroso de los desiertos. Esperé a que se colocara con cuidado el bolso y se lo pregunté.

“¿Qué te pasa?”
“Nada, nada, no me pasa nada.” Me esquivaba y no lo entendía, hace apenas media hora intentaba encontrarme y ahora me rechazaba.
“Algo te pasa.” La insistí. “Te lo noto en el brillo de tus ojos.”
“Son cosas mías, sabes.” Intentaba disculparse y librarse de dar explicaciones. “Ayer tuve un día raro.”
“No, no, no solo fue ayer.” Volvía una y otra vez a forzarla a contestar, siempre he sabido escuchar y no me importaba ayudarla por muy grave que fuera el problema.
“He tomado una decisión y no sé si es la correcta.” Cogió aire, pero seguía sin mirarme, no levantaba la mirada de aquel suelo de piedras grises.
“¿Sobre qué?” Necesitaba ir sonsacando la información, poco a poco, hasta que ella se atreviera a contármelo todo, porque sabía que era lo que ella quería.
“Verás” Hizo una larga pausa, su mirada se dirigía hacia todos los lados menos hacia mí y no me gustaba nada. “El año que viene me voy a Madrid.”

Y junto con aquella declaración, mi frágil corazón se rompió en pedazos. Ahora, el que necesitaba coger aire, respirar profundamente y tranquilizarse era yo y no ella. Y sin embargo fingí que no me importaba, no más de lo que le puede importar a un amigo perder a una de sus mejores amigas, actué y guardé mis sentimientos para destaparlos cuando estuviera solo, tumbado en mi cama y con pañuelos a mi alcance.

Contuve las lágrimas, no me creía que fuera verdad, durante los primeros minutos, las primeras horas e incluso los primeros días no me quise a creérmelo. Después, pasadas cuarenta y ocho horas, me resigné a aceptarlo. Y durante aquellos angustiosos días las palabras entre nosotros cesaron y aumentaron los largos periodos de silencio, hasta que ella, sintiéndose incómoda quizás, me contaba sus mayores preocupaciones, preocupaciones que siempre derivaban en una misma realidad: Madrid. Siempre Madrid y el verdadero problema residía en que se la veía feliz imaginando su vida allí.

Un día, un viernes por la tarde, cansado de verla tan contenta imaginándose una vida en la que yo no tenía ningún papel, me hundí y me cansé de todo.

“ María” la corté, mientras ella narraba en voz alta el piso en el que se imaginaba que viviría en Madrid. “Vale ya, en serio, estoy harto, me gusta que te emocione tu futuro, me encanta que me cuentes tus sueños, pero se ha acabado, no puedo más.”

Aceleré el paso y ella, sorprendida, no me siguió. Quizás podría sido más cortés pero pensé con el alma en vez de con la cabeza, tal vez hubiera sido un gran momento para confesarla mi mayor secreto, pero me tragué las palabras que la debía haber dicho, me guardé para mí lo que de verdad pensaba. “María, cada vez que hablas de Madrid, cada vez que no me nombras cuando describes tu futuro... Haz lo que quieras, lo que te dé la gana, obviamente es tu vida y no la mía, vete si quieres, pero te pido por favor que me dejes de desgarrar poco a poco mi corazón, simplemente rompemele de una sola vez cuando te vayas, pero encima no me hagas aún más daño.” Esa fue la frase que retumbaba en algún lugar de mi cabeza, esa fue la frase que me acompañó durante los pocos días que quedaban para acabar el curso, el último viernes lectivo de un soleado mes de junio me volví a atrever a dirigirla la palabra, simplemente un seco “Adiós” que no sirvió para acallar las voces que me decían que hiciera algo, nunca me creí un cobarde, ni un orgulloso, pero aquella última vez que la vi no pude hacer nada. Ella, atareada en despedirse de todos los demás compañeros, ni siquiera se dignó en contestarme, sabía que estaba dolida y lo sentía y desde entonces, aquel duro recuerdo perfora mi memoria, desde entonces no he vuelto a tener otra ilusión por la que mereciese la pena vivir, desde entonces jamás he vuelto a tener una sonrisa por la que luchar y olvidar mis penas al entrar en clase, desde entonces...

Creí encontrarme a salvo durante algo menos de un año y, sin embargo, ella tan sólo fue un oasis en un infernal desierto, una dosis de calmantes en un paciente terminal que irremediablemente se salvará, una madera desgarrada a la que se aferra desesperadamente un naufrago a la deriva y, por desgracia, aquel ridículo Robinson Crusoe del amor, era yo.

Una vez creí conocerla perfectamente pero desde entonces no volví a saber de ella.

Dani Rivera.