George comenzaba a desesperarse. Tachaba una y otra vez los números garabateados en una hoja de papel que distaba mucho de estar perfectamente inmaculada, cada cierto tiempo echaba un rápido vistazo al ordenador, como si algo no le terminara de cuadrar tras horas y horas de duro trabajo. Estaba solo, sumido en la más absoluta oscuridad. Era de noche y poco quedaba ya para que los cambiantes dígit
