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Ciudad Nevada es el título de mi primer libro. Recién comenzado, este nuevo proyecto me resta mucho tiempo para escribir mis Relatos, por tanto ruego que me perdonen los periodos de ausencia.

Si transladarte a vivir a otra ciudad no es muy sencillo, mudarte a la capital del frío debe ser algo que nadie debe desear. Pues bien, mochila al hombro, la vida de nuestro protagonista cambiará en un abrir y cerrar de ojos nada más coger el primer avión rumbo a Moscú.

Publicaré capítulos en este blog, permaneced atentos.

Gracias y un saludo.

Dani Rivera.

La espesa neblina se adueñó de aquella gélida mañana de noviembre. El sol, refugiado entre una espesa capa de nubes grises, apenas dejaba adivinar su existencia. Caminaba sólo, entre exhalaciones del vaho que augura que la temperatura es fría, se abría paso entre la densa capa, de hojas, verde y marrón que cubría, casi uniformemente, aquel paseo en una estampa digna de una postal otoñal.

Llegué al cruce, a aquel paso de cebra y al semáforo en rojo. Paré y mi cabeza se giró, automáticamente hacia la izquierda. Todos y cada uno de los días lectivos en los que me dirigía a mi facultad, lo hacía, esperando encontrarla caminando hacia mi mismo destino, esperando que mi mirada, ansiosa, la hallara en algún punto de su largo camino y que, al menos, pudiéramos recorrer los últimos metros juntos. Por desgracia cuando el semáforo se puso en verde no hallé rastro alguno de ella.

Y ese era el resumen de mi vida. Ella era la única razón que me empujaba a levantarme cada mañana para ir a aquella amplia clase, ella era la única ilusión que aún conservaba en mi aciaga vida, ella era la única esperanza, ella era... mi última esperanza.

Todos los días olvidaba mi amargo presente para intentar conseguir arrancar de su rostro una leve sonrisa que me empujara a continuar, su felicidad se había convertido en el único motivo para vivir, sonará triste, pero nunca la realidad es tan maravillosa como nos imaginamos.

Y llegó mayo. Y con él, los exámenes, el estudio, las tardes de primavera encerrados en la biblioteca, las mañanas en silencio, los nervios, los agobios, el trabajo, cada día que pasaba era uno menos para que acabara mi primer curso y, cuando los demás anhelaban que llegara el final y con él el verano, yo deseaba alargarle durante toda la época estival, estirarle para que nunca me separara de su lado, ampliarle porque para mí verano era sinónimo de tristeza, de soledad, para mi el verano significaba tener que pasar más de tres eternos meses sin ella a mi lado, más de noventa días en los que ella permanecería en su ciudad a cientos de kilómetros de mi extraña prisión carente de barrotes, de mi particular exilio en mi propio mundo. Pero sabía que todo lo que pensara o lo que anhelara daría igual, porque llegarían las vacaciones y por muy agobiado que me viera cuando me imaginaba sin ella, no me atrevía a decirla nada, prefería vivir en un sueño ideal que chocarme de frente con el duro muro de la realidad.

Quedaban dos semanas para los exámenes finales y andábamos enfrascados en una calurosa clase de desdoble, atendiendo a un profesor que no cesaba de explicar algo que jamás hubiésemos entendido. Me miró. Estaba sentada a mi lado, a mi izquierda y noté como sus ojos se clavaban en mí como requiriendo mi atención.

Sonriendo la devolví una mirada cómplice, casi furtiva, girándome durante un ínfimo segundo para no llamar la atención de un profesor que continuaba y continuaba señalando a la pizarra. Sin embargo, me valió un instante, las escasas décimas en las que mis ojos recorrieron su rostro para darme cuenta de que algo no marchaba del todo bien.

No me asusté, no tenía por qué, estaba a su lado y junto a ella era feliz. Dejé que acabara la interminable hora y media y tras agacharme a por la mochila, la busqué con la mirada, pero mis pupilas no se encontraron con las suyas.

Salimos por fin de aquella clase que se estaba convirtiendo por momentos en el más caluroso de los desiertos. Esperé a que se colocara con cuidado el bolso y se lo pregunté.

“¿Qué te pasa?”
“Nada, nada, no me pasa nada.” Me esquivaba y no lo entendía, hace apenas media hora intentaba encontrarme y ahora me rechazaba.
“Algo te pasa.” La insistí. “Te lo noto en el brillo de tus ojos.”
“Son cosas mías, sabes.” Intentaba disculparse y librarse de dar explicaciones. “Ayer tuve un día raro.”
“No, no, no solo fue ayer.” Volvía una y otra vez a forzarla a contestar, siempre he sabido escuchar y no me importaba ayudarla por muy grave que fuera el problema.
“He tomado una decisión y no sé si es la correcta.” Cogió aire, pero seguía sin mirarme, no levantaba la mirada de aquel suelo de piedras grises.
“¿Sobre qué?” Necesitaba ir sonsacando la información, poco a poco, hasta que ella se atreviera a contármelo todo, porque sabía que era lo que ella quería.
“Verás” Hizo una larga pausa, su mirada se dirigía hacia todos los lados menos hacia mí y no me gustaba nada. “El año que viene me voy a Madrid.”

Y junto con aquella declaración, mi frágil corazón se rompió en pedazos. Ahora, el que necesitaba coger aire, respirar profundamente y tranquilizarse era yo y no ella. Y sin embargo fingí que no me importaba, no más de lo que le puede importar a un amigo perder a una de sus mejores amigas, actué y guardé mis sentimientos para destaparlos cuando estuviera solo, tumbado en mi cama y con pañuelos a mi alcance.

Contuve las lágrimas, no me creía que fuera verdad, durante los primeros minutos, las primeras horas e incluso los primeros días no me quise a creérmelo. Después, pasadas cuarenta y ocho horas, me resigné a aceptarlo. Y durante aquellos angustiosos días las palabras entre nosotros cesaron y aumentaron los largos periodos de silencio, hasta que ella, sintiéndose incómoda quizás, me contaba sus mayores preocupaciones, preocupaciones que siempre derivaban en una misma realidad: Madrid. Siempre Madrid y el verdadero problema residía en que se la veía feliz imaginando su vida allí.

Un día, un viernes por la tarde, cansado de verla tan contenta imaginándose una vida en la que yo no tenía ningún papel, me hundí y me cansé de todo.

“ María” la corté, mientras ella narraba en voz alta el piso en el que se imaginaba que viviría en Madrid. “Vale ya, en serio, estoy harto, me gusta que te emocione tu futuro, me encanta que me cuentes tus sueños, pero se ha acabado, no puedo más.”

Aceleré el paso y ella, sorprendida, no me siguió. Quizás podría sido más cortés pero pensé con el alma en vez de con la cabeza, tal vez hubiera sido un gran momento para confesarla mi mayor secreto, pero me tragué las palabras que la debía haber dicho, me guardé para mí lo que de verdad pensaba. “María, cada vez que hablas de Madrid, cada vez que no me nombras cuando describes tu futuro... Haz lo que quieras, lo que te dé la gana, obviamente es tu vida y no la mía, vete si quieres, pero te pido por favor que me dejes de desgarrar poco a poco mi corazón, simplemente rompemele de una sola vez cuando te vayas, pero encima no me hagas aún más daño.” Esa fue la frase que retumbaba en algún lugar de mi cabeza, esa fue la frase que me acompañó durante los pocos días que quedaban para acabar el curso, el último viernes lectivo de un soleado mes de junio me volví a atrever a dirigirla la palabra, simplemente un seco “Adiós” que no sirvió para acallar las voces que me decían que hiciera algo, nunca me creí un cobarde, ni un orgulloso, pero aquella última vez que la vi no pude hacer nada. Ella, atareada en despedirse de todos los demás compañeros, ni siquiera se dignó en contestarme, sabía que estaba dolida y lo sentía y desde entonces, aquel duro recuerdo perfora mi memoria, desde entonces no he vuelto a tener otra ilusión por la que mereciese la pena vivir, desde entonces jamás he vuelto a tener una sonrisa por la que luchar y olvidar mis penas al entrar en clase, desde entonces...

Creí encontrarme a salvo durante algo menos de un año y, sin embargo, ella tan sólo fue un oasis en un infernal desierto, una dosis de calmantes en un paciente terminal que irremediablemente se salvará, una madera desgarrada a la que se aferra desesperadamente un naufrago a la deriva y, por desgracia, aquel ridículo Robinson Crusoe del amor, era yo.

Una vez creí conocerla perfectamente pero desde entonces no volví a saber de ella.

Dani Rivera.
El golpe seco del balón al rebotar aún retumba en mis oídos cada vez que me acuerdo de aquel verano. Las últimas luces del día se diluían por el horizonte, y los rayos de un sol casi extinguido teñían el anochecer de naranja. Quedaba poco para que la oscuridad más tenebrosa se cerniese sobre nosotros, pero no nos importaba.

Seguíamos jugando al baloncesto en aquella cancha sin luces, tratando de encontrar, a tientas, aquel preciado balón que nos convertía durante escasos segundos en pequeños héroes. Mientras, a nuestro alrededor, un pequeño grupo de tres chicas, apuraban los últimos minutos del día, patinando despreocupadas y charlando animadamente en una conversación un tanto extraña, interrumpida, a veces, por nuestros gritos salvajes pidiendo ayuda en la defensa o casi rogando que nos pasasen aquel anaranjado y desgastado balón.

Tres años, tres años casi ya han pasado de aquel lejano verano de 2008 y los recuerdos de aquella época andan apilados en algún oscuro rincón de mi memoria. Pero sobre todos ellos, encima de todos los malos y de los buenos momentos, por encima de las risas y las lágrimas, de las desilusiones y los sueños, consigo siempre desempolvar un agradable recuerdo que hace que una sonrisa se dibuje en un rostro que no está muy acostumbrado a ello.

Era una de aquellas patinadoras que rondaban a nuestro alrededor y me acuerdo, como si fuese hoy, del día en que la conocí.

Aún quedaban algunas horas para el ocaso. Agotadas y exhaustas, dos chicas recuperaban fuerzas sentadas en los cimientos de una de las canastas de aquel polideportivo. Nosotros, mientras, sin preocuparnos por ellas, seguíamos haciendo lo que llevábamos haciendo todo el verano, jugar al baloncesto. De repente, unos ojos verdes se cruzaron con los míos y, durante un escaso instante, me fui completamente del partido, milésimas de segundo después, ella apartó su mirada y girando la cabeza, traté de olvidarme de ella.

No podía, a cada balón que tocaba, cada pase que daba, pensaba en ella y, desesperado, trataba de buscarla girando la cabeza hacia la canasta de mi espalda. La veía conversar, sonreír, escuchar, pero no se volvió a fijar en mí. No conseguía que se me pasara, a cada jugaba, ansioso, buscaba una mirada cómplice, a cada segundo, desesperado, intentaba observar furtivamente su rostro durante un breve instante...

Nunca he estado tan seguro de algo como lo estuve aquel día. Un extraño sentimiento se apoderó de mí y en mi cabeza no dejaban de sonar una extrañas voces que me susurraban que ella sería alguien especial para mí. Desde entonces, tan sólo una vez las he vuelto a escuchar, a aquellos ecos lejanos provenientes de mi mente, aquellas vocecillas apagadas que muy de vez en cuando me indican que alguien llegará a convertirse en una persona muy importante para mí.

El caso y sea como fuere, me fui enamorando de ella, poco a poco, día tras día, la veía patinar y anhelaba ser yo la persona que la rescatase del suelo cuando cayera, si es que alguna vez lo hacía, deseaba ser yo a quien esperase sentada a los pies de una canasta, quería, casi imploraba a Dios, que ella fuera tan mía como tan suyo fuese yo...

Se llamaba y se llama Laura. Tenía y aún sigue teniendo unos preciosos ojos verdes y una sonrisa de la que te quedas prendado nada más verla. Se nota a la legua que es especial, que es una chica totalmente distinta a todas las demás, que es una persona por la que merece la pena morir...

El día en que por fin hablé con ella fue uno de los momentos más felices de mi vida. Me acuerdo estar temblando, intentando disimular el inquieto movimiento de mis manos sujetando el balón y lanzando a canasta. Recuerdo que congeniamos muy pronto, que casi de inmediato me di cuenta de que era mi alma gemela, mi media naranja, la mitad de mi corazón...

Aquellas semanas pasaron rápido, cuando estás enamorado tiendes a idealizar las cosas, pero aún así, creo que aquellas tres semanas fueron, posiblemente, unas de las más felices de mi vida.

Esas noches, iluminados únicamente por la escasa luz de la luna, con el sonido suave de los grillos de fondo, la tenía entre mis brazos, intentando calmar aquel frío de septiembre. Esas noches, que ahora parecen tan lejanas, pasaban preocupantemente deprisa y yo intentaba guardar en mi memoria, todos y cada uno de los momentos que pasaba junto a ella, junto a la que fue durante unas semanas, la piedra que sostenía los cimientos de mi vida.

Podrá pasar el tiempo, años y años, pero jamás olvidaré aquel primer beso. Avergonzados, sintiéndonos extraños junto a una persona a la que conocíamos perfectamente, con los nervios a flor de piel, nos acercamos lentamente, sin prisa, como si la noche fuese única y exclusivamente para nosotros y cuando la luz de la luna dibujaba el horizonte llegó uno de los momentos que con más pudor y a la vez, con más orgullo, guardo en un cajón del rincón de mi mente.

Bien está lo que bien acaba y por eso, ahora, puedo sonreír sabiendo que la sigo teniendo a mi lado, por eso puedo esbozar una amplia sonrisa cada vez que la veo, por eso es y será mi mejor amiga...

Y ella... se llama Laura...

Dani Rivera

CAPÍTULO 1: AMOR ETERNO

Caminaba entre la tranquilidad que reina en la oscuridad de la noche. Los destellos dorados de las farolas le guiaban de regreso a la más triste de las realidades. No pensaba en nada, tan sólo se dedicaba a observar detenidamente los continuos e inútiles cambios de color de los semáforos. Faltaba algo, parecía casi obligatorio el ruido en aquellas calles del centro de una gran ciudad, parecía necesario el estruendo de los motores o el susurro apagado de las conversaciones ajenas, escuchando el eco de sus propios pasos a uno le daba mucho sobre lo que pensar.

La vuelta a la rutina se tornaba gris, cada sábado que regresaba sólo a casa era un auténtico infierno, llevaba meses viviendo una vida llena de mentiras, superficial si queréis llamarla así, pero en el fondo, todos los sábados por la noche o, más bien, todos los domingos por la mañana, deseaba que llegara el fin de semana siguiente para volver a no ser él.

Pero antes no era el mismo, hace escasos meses atrás, era un pobre ingenuo quizás, que vivía alimentado por cuentos arcaicos y sin valor en el “moderno” presente. Creía que la vida era del color de las rosas, que todo era como se veía a simple vista, hasta que llegó aquella chica...

Ella y la cruda realidad, le sacó de su mundo multicolor en el que no se hallaba la maldad, ni las sobredosis, en el que no había noches de copas para ahogar las penas o pintalabios en las mejillas, en el que no existía los “amores” efímeros ni los falsos príncipes con sus princesas, y se dio cuenta de que hasta el momento había sido un ciego con vista en su propia ciudad.

Aquella chica... la que creyó que era su chica durante apenas dos efímeras semanas... Jugó con él... jugó con sus sentimientos, con su ingenuidad y le privó de soñar para siempre. Catorce días después, un lejano sábado de septiembre, no respondió al teléfono y jamás volvió a verla.

Por su culpa todas las semanas se le antojaban largas. Cada lunes, cada martes, cada miércoles, cada jueves soñaba con salir y hacer, a una chica elegida al azar, lo que le habían hecho a él, pagaba su dolor con el dolor de otras chicas, jurándolas amor eterno para, seis días después, condenarlas al más cruel de los olvidos.

Y ahora, mientras escucha canciones con el volumen al máximo para intentar ahogar definitivamente las pesadillas en las que, de vez en cuando, se veía envuelto, contempla sin pestañear el suelo de aquel autobús.

CAPÍTULO 2: PEQUEÑOS SECRETOS

Ser feliz, significa, a veces, ser inconsciente. Algo en ella había cambiado desde hacía unos meses, su ilusión se había marchitado en primavera, como si fuera una vulgar flor que espera al calor del verano para renacer. Se volvió más fría, superficial, interpretaba un papel ficticio en el que ella era la protagonista de su propia vida, de una vida feliz, sin mentiras ni recuerdos, no era ella y lo más grave, es que lo sabía.

Aquella capa invisible que se extendía alrededor de su cuerpo era como el escudo de un guerrero, el caparazón de las tortugas o el armazón de un barco, necesitaba protegerse, necesitaba seguir siendo así, ella no quería pero algo en su mente la obligaba...

Era el recuerdo de un chico... el recuerdo de un día en el que los cimientos de su mundo se desmoronaron, se vinieron abajo y la hecatombe provocó el hundimiento de una vida construida a base de pequeñas mentiras.

El solo recuerdo de aquel lejano día le producía ganas de llorar, ganas de abandonar y de dejar todo a un lado. El día... ese día que llevaba tatuado a fuego en su memoria y que recordaba como si fuera ayer...

Él llevaba aquella cazadora verde que tanto la gustaba y la sonrisa que eclipsaba todo cuanto pasaba a su alrededor, sus ojos, los responsables de que, cuando estaba junto a él, el tiempo se pasara deprisa... era algo que, todavía ahora, seguía añorando.

Era una tarde de mayo, habían quedado en su portal y ella, al verle, se fue directa hacia él, procurando no mirar su cara para no volver a caer en antiguos errores, sin saludos, tan sólo separados por un silencio roto por el sonido de sus tacones al andar, la chica, casi llorando, alargó su temblorosa mano derecha y sin mediar palabra, le pegó.

La encantó aquel sonido y el ver su cara palidecer. Aquello funcionó, sintió como si una bebida caliente, cuando estás enfermo, bajara por todo tu cuerpo y te calmase, aquello la reconfortó pero, por desgracia, eso no es suficiente para olvidar.

Recuperó el aliento, como si acabara de correr durante minutos y minutos, tomó una última bocanada de aire antes de hablar y levantó la vista del suelo por fin, clavando sus pupilas color miel en las suyas y le hizo aquella terrible pregunta, la que hacía horas que la mataba por dentro.

Respiró tranquila, su respuesta era negativa, pero como he dicho antes y vuelvo a recalcar: “Ser feliz significa, a veces, ser inconsciente” y esta era una de las veces. Dos días después confesó eso que ella sabía pero que prefería ignorar, la respondió afirmativamente y la contó uno de esos “pequeños” secretos que son capaces de arrasar con todo.

La había engañado, había estado con otra chica, ella desconocía quién podía ser, pero la daba igual. Por un momento se quiso morir, la cabeza se la fue, y se mareó. Dos años juntos, tirados inútilmente a la basura, dos años de recuerdos que ahora eran inservibles, dos años de vacaciones juntos, dos años... dos años y mil historias.

Y atravesar aquel parque y recordar las tardes de verano hace todavía que necesite coger aliento. El recuerdo de las lágrimas derramadas, de la felicidad gastada junto a él, de los momentos malos, de los buenos, de las sonrisas de complicidad, de las miradas furtivas, de deseos de enamorados, de la pasión multicolor, de ilusiones con fecha de caducidad...

Fuera bueno, fuera malo, era él quien la hacía llorar, pero el único que la podía hacer reír, era él quien se olvidaba de ella de vez en cuando y sin ningún motivo... Era él...pero aún así le quería...

Era él y le quería, pero como todo lo escrito, es pasado. Para hablar de su presente, tendríamos que trasladarnos a aquel autobús azul, pero eso ya, es papel para otra historia...

CAPÍTULO 3: ÚLTIMA PARADA

Cada vez quedaba menos gente en aquel autobús, las personas bajaban, pero ya no subían. Agitados por el vaivén constante del bus urbano, apenas cuatro personas aguadaban a que llegara la última parada de la línea.

Era de noche y las bajas temperaturas hacían que los cristales del autobús se empañasen, dificultando en exceso la vista al exterior. Una señora, que viajaba en los primeros asientos, tosía y el ruido ronco rasgaba el silencio sepulcral que reinaba desde ya hacía tiempo. Un señor mayor, que peinaba canas aunque lucía con aparente orgullo una incipiente calva, limpiaba con recelo el vaho de una de las lunas laterales del renqueante bus que se abría paso entre la oscuridad de la noche de sábado.

Al fondo, dos jóvenes se aislaban por completo de todo lo poco que sucedía a su alrededor. Un chico, de dieciocho años, mes arriba, mes abajo, se afanaba en aumentar el volumen de su música cada vez que la tos o las continuas explosiones del motor interferían y se colaban sin permiso en su ruidoso silencio. Una chica, aparentemente de la edad del joven, llevaba mucho tiempo inmersa en unos pensamientos que parecían no tener fin. Con los ojos clavados en el asiento de delante, hacía que pasase el tiempo hasta llegar a su ansiado destino, de vez en cuando, eso sí, se la dibujaba en el rostro un gesto de tristeza, seguido de un pequeño destello en sus ojos, como si se hubiera emocionado o simplemente quisiese llorar.

El autobús paró definitivamente y sonó un soplido como de alivio, proveniente de la parte trasera, donde estaba el motor que por fin se había ganado un merecido descanso. Los dígitos verdes fosforitos del reloj de la dársena del bus indicaban que hacía tres horas exactas que había comenzado un nuevo día.

Última parada. Fin de trayecto. Apresurado, el chico dejó pasar educadamente a la señora de la tos y al señor canoso y al final, cuando solo quedaban los jóvenes en aquel autobús, movió la mano izquierda, dibujando un gesto que sustituía a: “Adelante, las preciosas damas primero” Y sustituyó su expresión de dejadez total por una amplia sonrisa.

La dejó pasar y, cuando la vio bajar, se quedó parado. Tenía una pierna apoyada firmemente en el suelo, la chica ya se escabullía entre el laberinto de las calles cercanas a la parada, cuando cayó en la cuenta de algo. Lentamente, se retiró de la oreja diestra el casco y sin pensárselo dos veces, la dio alcance.

Que amargos suelen ser los reencuentros y digo suelen, porque este desde luego no lo fue. Se conocían, de eso recordaba él su pálido rostro, habían pasado por tantas cosas juntos, siendo unos críos ingenuos que, como todos, soñaban con ser bomberos y peluqueras. Hacía años que no se veían y por un momento, por un dulce momento, sus penas se disiparon y durante un escaso instante conoces algo que quien lo tiene no lo sabe apreciar y que, quien no lo posee lo anhela con toda su alma, algunos lo llaman amistad, yo, sin embargo, prefiero llamarlo felicidad.

CAPÍTULO 4: POR MIEDO A QUERER.

Hacía frío y estaba sólo, sentado en un banco metálico esperando la llegada del autobús que, como cada fin de semana, me llevase de nuevo a casa. Era pronto, pero aún así, la noche se me antojaba demasiado larga como para seguir fingiendo, odiaba entrar en una discoteca o en cualquier bar con la esperanza de encontrar a alguien que mereciese de verdad la pena, de dar por fin con la chica, con mi chica. Pero una, dos o tres horas después, mientras salía de nuevo a la más dura de las realidades, mi corazón se resentía, por desgracia las desilusiones ya eran una parte más de mi vida.

Y allí estaba, empezaba a notar un poco de dolor en la garganta, mientras me preguntaba que harían mis amigos, quizás, pensé, ellos continúan con la ilusión intacta, esperando a que una chica se les presentase al lado pero incapaces de reunir el suficiente valor como para ir ellos a buscarla. Tenía dieciocho años, pero ya sabía como se las gastaba la cruel vida, estaba cansado de buscar una princesa entre una multitud de cenicientas, estaba harto de ser un estúpido romántico que busca a una chica con quien compartir su tiempo y su vida, la chica perfecta, cuanto más lo pensaba, más me odiaba a mi mismo, cuanto más lo pensaba, más cuenta me daba de lo iluso e ingenuo que era.

Me propuse cambiar, ser menos yo, cambiar de cara cada vez que cerrase la puerta de mi casa. Llegó el bus, saqué el bono del bolsillo derecho y monté.

Como la semana pasada, estaba prácticamente vacío. Esperaba encontrarla allí, pero no estaba. Era ella la chica que la había impedido dejar de pensar en otra cosa durante toda la semana, era ella quien me había robado el corazón o, al menos, lo poco que quedaba de él. Mi antigua compañera y mi gran amiga, pero cuando miré al interior del bus, sólo encontró a una chica con una minifalda negra.

No me podía llevar más desilusiones, era imposible, apenas ya las sentía, no me dolía. Me senté en el primer asiento que encontré y subí el volumen de la música al máximo. Transcurrieron los minutos y, casi una hora después, el bus llegó a su última parada, llegó a aquella plaza con una fuente y el laberinto de callejuelas estrechas.

Bajé el primero, no deje salir a nadie antes que yo, y como un rayo salió del bus. Me fijé, durante un largo segundo, mis ojos se clavaron en una chica sentada en el borde de la fuente, era ella... Me acerqué, lentamente con miedo a que se asustara, y la rocé despacio el hombro derecho, haciendo que ella se girase.

Llevaba el rimmel corrido, las gotas negras la resbalaban por su cara y los ojos, llorosos, seguían mirando al calmado agua de la fuente. La abracé, queriéndola dar el cariño que la faltaba, en una actitud protectora, pero no cruzamos ni una sola palabra.

“¿Qué haces por aquí tan pronto?” me preguntó ella cuando pasaron los minutos y dejó de llorar.
“Pues que creo que es inútil seguir con la búsqueda de la chica perfecta, cuando ya la he encontrado.” la respondí sonriendo.

Nos callamos de nuevo. El rugir del agua al caer, hacía que aquel silencio fuese más soportable.

“ ¿Tú que darías por ten...? Comenzó a preguntar la joven. Sabía perfectamente por dónde iba, la conocía perfectamente e intuía que se había dado cuenta de lo que me pasaba.
“¿Por tenerte?” La corté. “Todo.”
Y de nuevo, silencio.
- Lo daría todo, daría mi felicidad, lo poco que queda de mi corazón, mi vida... Con tal de estar a tu lado..”
De nuevo silencio, ese silencio que no es incómodo, ese silencio que hay tras una larga espera, con el corazón en un puño, aguanté estoicamente hasta que intentara responder. Me daba cuenta de que ella buscaba algo que mi nuevo “yo” no la podía dar, quizás con el antiguo sí e intenté recordar como era mi “yo” romántico, misterioso, como era cuando mis amigos me llamaba empalagoso o iluso.

Ella seguía mirando tranquila el agua de la fuente. Parecía que estuviera meditando o pensando algo muy importante, su llanto se había convertido en sollozos apagados. Con pausa, levanté poco a poco mi mano derecha y la limpié o al menos intenté limpiarla los restos del rimmel negro.

Por fin salió de su encierro, me miró y por primera vez, sonrió. Me abrazó más fuerte y la correspondí con caricias en su hombro derecho. Pegó su cabeza contra mi pecho e hizo que se me cortara la respiración, por miedo a que, al escuchar los latidos de mi corazón, adivinara algo.

Levantó la mirada. Tenía miedo, miedo a que alguien la tratara mal, miedo a desenterrar viejos fantasmas, miedo a querer...

Noté las gotas del agua de la fuente en mi rostro, a ella parecía no importarle que de vez en cuando, el viento, inquieto, hiciese que nos mojáramos un poco. Me seguía mirando y yo seguía clavando mis ojos en los suyos y antes de que pudiera o intentase evitar algo que jamás evitaría, me besó y ese fue el comienzo de otra noche larga.

Dani Rivera

Una solitaria lágrima se deslizaba por aquella pálida cara. El chico, sentado sobre un sofá de cuero negro, sostenía entre sus temblorosas manos unas cuantas fotos que pasaba tras mirarlas detenidamente, una a una. Igual de rápido que las lágrimas recorrían su rostro, los recuerdos se agolpaban en su inquieta mente, y por culpa de aquellas fotos, los fantasmas que creyó olvidados le volvieron a asaltar...

Su primer viaje, una foto en blanco y negro en la que ella salía posando como si fuese una modelo profesional, su primer día en su casa recién estrenada, la foto de los Campos Elíseos en la que aparecían abrazándose cariñosamente y que cuya copia aún guardaba con delicado esmero en su cartera y podría estar horas y horas contemplando esos recuerdos de momentos congelados que jamás olvidará, y podrían caer lágrimas y lágrimas hasta que se deshidratase pasando fotos y fotos... Pero, tras acabar de ver uno de los primeros álbumes y de dejar un montón de fotos en la caja de cartón que tenía a un lado de aquel sofá nuevo, se encontró con algo que le hizo pararse.

Era un sobre blanco abierto. La parte delantera estaba coronada por un gran corazón rojo carmín y en la parte posterior, un enorme “Te quiero” daba color a aquel nimio sobre. Respirando una bocanada de aire que le sirvió para tranquilizarse, lo cogió y en un acto reflejo se lo llevó a los labios, como si quisiera besar aquella boca que ahora solo era un triste recuerdo, lo olió sin darse cuenta, esperando encontrar aquel perfume amargo que hoy tan sólo le recordaba a una derrota...

Su mente se perdía cada cierto tiempo, mientras abría y guardaba en aquella sucia caja de cartón, tatuada con rotulador rojo a un lado por dos sencillas palabras : “Mis pertenencias”. Aquello era lo único que le quedaba, eso y sus recuerdos que por un extraño motivo de vez en cuando se coloreaban de blanco y negro o de tonos sepias, como en aquellas viejas fotos que su madre aún guardaba de su comunión.

Recordaba las tardes de invierno, cuando la escasez de luz natural, obligaba a encender aquella lámpara del salón a las siete de la tarde, o las noches de enero, cuando se tumbaba junto a ella a los pies de la chimenea que ella se emperró en restaurar y junto al calor del fuego pasaban las horas tirados en aquella alfombra granate.

Durante un escaso instante, una tímida sonrisa se le dibujó en la cara. Aquellas frías noches, cuando las llamas crepitaban devorando la madera seca, él extendía un brazo alrededor de su cadera, tumbados boca abajo, y ella siempre le correspondía con una mirada cómplice y todos los días, acababan enredados en la alfombra, besándose hasta que el viernes por la noche se convertía en un sábado por la mañana y cuando todo se acababa, ella se quedaba mirándole y sonriendo decía: “Qué será de ti, si alguna vez no estoy.”

Se levantó del confortable sofá negro, cogió todas las cartas, todas las fotos, todos los recuerdos de una vida feliz y se tumbó en aquella aterciopelada alfombra granate. Estaba tranquilo, pero a la vez, fuera de sí. Despacio, arrojó dos grandes troncos a la chimenea y prendió la mecha para encenderlos. Pocos minutos después, estaba boca abajo, arropado por el reparador calor del fuego, volviendo a pasar las fotos una a una.

Queriéndolo o no, no dejaba de pensar en aquella maldita noche. Era un sábado cualquiera que había decidido dedicar a sus amigos. Cada cierto tiempo, su novia y él, dejaban un día especial y únicamente para todas aquellas personas que pasaron juntos a ellos la mayor parte de su vida y a los que, ahora, casi sin tiempo por culpa de la relación y la vida en pareja, no querían descuidar.

El caso es que ese día, ese sábado por la noche, él había quedado con sus viejos colegas del instituto en el bar que les vió crecer. Ella por su parte, se iba con sus amigas de la universidad.

Ya no estaba para esos trotes. Sería la una y ya estaba cansado. Derrengado, sacó las llaves del bolsillo para abrir la puerta de su nueva casa. Se acordaba de los tiempos en el que le costaba cinco minutos conseguir acertar con la llave en la cerradura mientras se tambaleaba. Esta vez no tardó demasiado en abrir la puerta de su casa.

Estaba todo apagado, a oscuras, salvo en el fondo del largo pasillo de entrada, dónde una pequeña luz ponía el único punto de claridad de toda la casa. Era la habitación dónde dormían los dos en una gran cama de matrimonio con el cabecero plateado, antojo de su chica.

Sonrió. “Se ha cansado antes que yo” pensó. Deseaba abrazarla y dormir junto a ella, sigilosamente, se deshizo de los caros zapatos de piel y, descalzo, se dejó guiar por la luz de la lamparilla que estaba colocada en la mesilla de noche de su novia. A tientas, procurando no tropezar con nada y sujetándose en la pared, se acercó a su habitación. Esperando encontrarla dormida o con un libro entre las manos, giró la vista hacia la izquierda apoyándose en el umbral de la puerta de la habitación.

Allí estaba. En una habitación desordenada, con un par de pantalones y una camisa de rayas a los pies de la cama, con una falda malva encima de la lámpara y con unos gemidos apagados como música de fondo.

No recordaba que pasó a continuación. Se le venían a la mente fragmentos inconexos... Dejar caer la vista al suelo, como si él fuera el que se tuviese que avergonzar o como si no quisiera ver lo que tenía delante de sus ojos, escuchar gritos lejanos como si no estuvieran en la misma habitación, recordaba que se frotó los ojos como queriendo despertar de una horrible pesadilla, sentía frío, veía que se desmayaba, estaba débil, como si fuera un enfermo que se acaba de recuperar de una larga enfermedad... No sabía que hacer y dudaba que pudiera borrar el recuerdo de aquel hombre con su chica. En ese momento, el ángel de su paraíso se convirtió en un demonio camuflado en el Cielo, en su Cielo.

No sabía porque lo hizo, pero girando la vista, huyó de aquel lugar, volviéndose a poner los zapatos y recuperando las llaves había dejado encima del recibidor.

Y ahora estaba allí, dónde cada mañana de invierno, otoño, primavera o verano deseaba pasar la tarde junto a ella. Ojeando las fotos que le evocaban una vida a su lado y que ahora le parecía que no había sido más que un valioso tiempo perdido, malgastado junto a alguien, junto a la persona a la que más quería en este cruel mundo.

El crepitar del fuego, el calor de la alfombra, la oscuridad de la tarde, nada era igual sin ella, pero estaba dispuesto a olvidar. Cogió todas, todas las fotos, las cartas, la huella de una malvada chica en su vida, todos los recuerdos junto a ella, y los lanzó a las llamas sin pensárselo dos veces.

Se quedó allí sentado, viendo como todos los sueños que una vez construyó a su lado eran devorados por el fuego. A su lado, en el suelo, un sobre blanco permanecía intacto, su parte delantera estaba coronada por un gran corazón rojo carmín y en la parte posterior, un enorme “Te quiero” que daba color a un sobre, en apariencia, sin importancia.

Le cogió delicadamente y le abrió. “Por nuestro amor eterno, yo siempre te quiero y te querré.” Era su letra, su pulcra caligrafía que desataba en él a un antiguo fantasma del pasado llamado recuerdo. Guardando la carta en el colorido sobre y sustituyendo la expresión de tristeza y dolor de su rostro por una amplia sonrisa, le arrugó y le arrojo violentamente a las rojizas y doradas llamas del olvido.

Dani Rivera.

Día de rosas, día de besos, día de cartas, día de sueños,todo eso es San Valentín. Se aproximaba el deseado catorce de febrero, fecha marcada en cualquier calendario de todas las personas enamoradas del mundo, y se respiraba un nerviosismo teñido de rosa, se sentía en el ambiente que cada vez quedaba menos para que el temido día de todos los solteros llegara.

Y como cada catorce de febrero, estaba solo. Y si ya es difícil no tener a nadie especial a tu lado cualquier día del año, lo es mucho más cuando llega San Valentín. Por mí, aquel viejo reloj de dígitos rojos luminosos de mi mesa se podía detener cuando marcase las once y cincuenta y nueve horas del trece de febrero...

Pero por desgracia, todos los años, llegaba. Y te tocaba ir por la calle, como si andases entre pétalos de rosas y cajas de bombones en forma de corazón, cada paso era un martirio, cada vez que veía a una pareja besándose o grabando sus nombres en la corteza de cualquier árbol, cada vez que veía a una pareja cerrando un candado en un puente y tirando la llave al río, sentía como poco a poco, mi dolido corazón se transformaba en ceniza.

En todos y cada uno de los catorce de febrero que he vivido hasta la fecha no consigo dejar de pensar en todas las chicas que una vez tuve, en todas las que dejé y con las que me gustaría volver aunque fuese solo un día, no dejo de recordar a todas aquellas que me dejaron y se marcharon, a las que me borraron de su vida tan fríamente, a todas las chicas con las que pasé buenos y malos momentos... Quiero olvidar, pero cada día, se me viene a la cabeza todos los labios que he besado, todas las caricias que dado, todos los corazones que rompí o todos los sueños que repartí... Maldito San Valentín.

Y ahora va pasando el tiempo, la cuenta atrás comienza y estoy como estaba hace un año... Lo que más añoro es el poder abrazar a una chica, sentados en un banco y mirarla y que, cuando nuestras miradas se crucen, avergonzados, las retiremos inmediatamente y que, pasados unos pocos segundos, vuelva a ocurrir, pero esta vez, en un acto de valentía o de deseo, abrazarla más fuerte y besarla y que un beso de escasos instantes se convierta en el más largo de la historia...

Cada vez que llega la horrible fecha, me pongo a pensar y de repente, sin saber por qué, caigo en una peligrosa espiral que me hunde hacia el más profundo de mis temores, la soledad... Temo que nadie vuelva a estar a mi lado y que, cuando caiga enfermo por última vez en mi vida, al girar mi cabeza hacia la izquierda en el hospital, esperando cruzar mi mirada con alguien que me de fuerzas para seguir luchando, no encontrar a nadie... Temo morir por culpa de mi mal de amores... ¿Acaso existe el día de los desenamorados? Temo que cada año, regrese aquel condenado San Valentín y que me recuerde que, por desgracia, ya no soy feliz.

Dani Rivera

Cuanto más inconsciente se es, más contento se está. ¿Quién no ha deseado alguna vez volver a ser un niño?

Regresar a aquel patio de arena que nos vió crecer, patear aquel viejo balón desinflado como solíamos hacer, correr sin destino fijo entre coches y espejismos, oasis en el desierto, campos de hierba que tendían al infinito, naves espaciales o cualquiera de las invenciones que nuestra inquieta mente se viese capaz de imaginar, pero, sobre todo... Hacer las cosas que, después de unos cuantos años, nos arrepentimos de no haber hecho.

Me resulta muy curioso... ¿Por qué de pequeños soñamos con ser mayores y de mayores anhelamos volver a ser pequeños?

El caso es que, tarde o temprano, por una razón o por otra, siempre acabas preguntándote ¿Qué sería de mi vida si de pequeño...?

Tendría doce años, día arriba, día abajo, y las ilusiones aún intactas, como cualquier niño de su edad porque la infancia se vive soñando y en la adolescencia, se despierta.

Vivía en un pintoresco pueblo, alejado del mundanal ruido de cualquier ciudad. Al amparo de la inocencia, jugaba con sus amigos en aquel callejón que fue siempre un compañero de aventura más.

Pasaron los años, ocho o nueve, y aún seguía recordando a los amigos de su infancia, de carrerilla seguía siendo capaz de nombrarles uno por uno, sin olvidarse de nadie... Luis, Rodri, Edu, Borja, Paula, Alejandro, Susana, María... Y así durante minutos y minutos.

Recordaba sus rostros e imaginaba como serían años después, a muchos les perdió la pista pronto y algunos seguían siendo grandes amigos pero, por un motivo explicable aunque incomprensible, siempre la dejaba la última...

Se llamaba Sara. Era de su misma edad y su simple recuerdo le seguía provocando un aumento en las pulsaciones de su corazón.

Por raro que pudiera parecer, él nunca advirtió de su presencia, hasta que un día de primavera, alguien se le acercó corriendo al comienzo del ansiado recreo.

Los niños más pequeños o más mayores, pero sobre todo a esa edad, no suelen necesitar de ninguna chica... Ella se presentó en su vida sin avisar....

Aquella sonrisa que aún seguía recordando, por si acaso se volvía a encontrar con ella... Aquella sonrisa que era capaz de apagar el tono de las rosas, abrió sin él querer las puertas de un corazón de juguete.

A Sara hacía tiempo que le gustaba, aunque no hubieran cruzado ni una solo palabra y él no tardó en enamorarse tanto o más como ella lo estaba de él... Pero a esa edad, el amor no es más que un paso más para intentar ser mayor, el amor de la infancia no deja de ser un vulgar sustitutivo del verdadero amor.

Y si eso era verdad... ¿Por qué anhelaba estar junto a ella como lo estuvo una tarde de verano en aquel parque?

Ella se marchó a la gran ciudad, y lo que para cualquier adulto es un pequeño obstáculo de cuarenta y seis kilómetros, salvable gracias al tren o al coche, para un niño, cuarenta y seis kilómetros era como cruzar el “charco”.

Recordaba aquella despedida tan amarga. Subiéndose al coche como en cualquier típica escena de película pastelosa de Hollywood, solo que ella no se marchaba a otro continente, ni siquiera a otro país, eran cuarenta y seis simples kilómetros, o lo que es lo mismo para un niño, un mundo...

Memorizó aquella sonrisa, sus ojos, aquella boca que apenas probó en contadas ocasiones, su largo pelo moreno que se enredaba en las tardes de octubre... Lo memorizó por si acaso... Por si acaso, algún día la volvía a ver y se cruzaba con ella. Los niños no suelen distinguir los sueños de lo que es real, los niños no entienden de posibilidades y de que, en una ciudad con miles de almas, cruzarse con ella, sería prácticamente un milagro.

Aquel chico que apenas acababa de tomar la comunión, creció. A la sombra de la ciudad y con el recuerdo de esa tal Sara tatuado en su piel se fue convirtiendo en un hombre, hasta que le llegó el día, le llegó la hora de trasladarse a la Gran Ciudad por culpa de sus estudios.

Cada vez que andaba por aquel largo paseo, observaba con lupa cada rostro que se cruzaba con él, cada mirada intercambiada con una chica de pelo moreno le hacía preguntarse si no sería ella, pero estaba prácticamente seguro de que si se encontraba algún día cara a cara, la reconocería...

Era otoño, el período entre el caluroso verano y el frío invierno. Otoño es, sin saber por qué, la época del recuerdo... Y para aquel solitario chico, perdido en una ciudad que le era ajena, el recuerdo era ella.

Paseando por aquel parque a través de una densa capa de hojas, esparcidas por un suelo alfombrado, sin prestar atención a nada en particular, tarareaba la canción que estaba escuchando. Levantó la mirada, que llevaba clavada a las hojas durante toda su corta caminata. Hacía sol, pero era el típico sol de otoño que no calienta, si no que tan sólo colorea las tardes de un color anaranjado.

Se fijó en la gente, niños jugando con un balón, señores mayores sentados en un banco y una chica que venía justo de frente. Las rosas de los lados del paseo perdieron paulatinamente su color, cegadas por aquella sonrisa que una vez se separó cuarenta y seis kilómetros de él, aquel pelo moreno que destelleaba en verano y que se enredaba en tardes de otoño como esa. Era ella y ya no estábamos tan lejos. Era ella y ya no eramos niños.

Dani Rivera

-Nota del autor: Cuarenta y seis kilómetros es la distancia exacta que separa el lugar donde nací y crecí, Medina del Campo, con la ciudad donde actualmente vivo, Valladolid. He de decir que algunos de los nombres que aparecen no corresponden a nadie en particular, mientras que otros son los de algunas de las personas que más me importan y que más me han apoyado. Por último, cada relato no tiene por qué ser real, habrá algunos que narraran experiencias personales y otros que no tendrán absolutamente nada que ver conmigo. Dejo la interpretación de cada uno de los relatos al juicio de mis inteligentes lectores.

Llueve, otra maldita mañana de domingo desperdiciada. Me quedo pensando, tumbado en la cama y viendo como caen las incesantes gotas al otro lado de mi ventana. Absorto, mi mente comienza a divagar, a patinar entre mis recuerdos y mis sueños, donde la imaginación y la realidad se funden y se pierde la noción de todo, donde no sabes distinguir entre lo real y lo inventado...

Veo su rostro dibujarse en el cristal mojado. Aquella chica estaba llorando y su cara, cruzada por unas frías lágrimas, me resultaba vagamente familiar, entonces me doy cuenta de que es un absurdo reflejo de mi memoria, sin saberlo, inconscientemente quizás, la echaba de menos.

Gota a gota, me iba hundiendo cada vez más en el extraño mundo de los pensamientos. Aquel suave repiqueteo, aquella extraña música que nos acompaña cada día de lluvia, se fue perdiendo, poco a poco, en la lejanía...

Estaba frente a ella. Era de noche y la luna llena iluminaba una pequeña iglesia a las afueras de una gran ciudad. La abrazaba y ella apoyó su cabeza en mi hombro y de repente, empezó a llorar. Cada lágrima que se derramaba contaba una historia, narraba una vida llena de desengaños, de tristeza, plagada de soledad, de desilusiones, saturada de fracasos y, por desgracia, vacía de felicidad.

“¿Tanto sufrimiento al final vale la pena?” No cesaba de preguntármelo a cada lamento apagado que se le escapaba a la persona a la que más quería en este mundo. Los sollozos se empezaron a apagar, lentamente, y la abracé aún si cabe más fuerte.

Un año atrás, ella comenzó a salir con un chico dos años mayor. Era y aún sigue siendo mi mejor amiga, pero cuando me lo contó, sin motivo alguno, me partió el corazón ¿Quizás es que me dolió por que la quería tanto y, acobardado, no me atreví a decirselo?.

Pasó el tiempo y se distanció, se fue alejando de sus amigos, absorbida por aquel macarra de chupa de cuero con pintas de ángel. Ella le quería, pero, muy a menudo, el amor ciega a las personas y por desgracia no consiguió ver lo que pasaba hasta que ya era demasiado tarde, porque todo se acaba y él se cansó de jugar a hacerse el perfecto y se marchó.

Y allí estábamos, enfrente de aquella iglesia en una noche cualquiera. Los reflejos centelleantes de la luz de la luna llena hacían destellar las últimas lágrimas de plata. En un gesto protector, levanté suavemente mi dedo pulgar y limpié hasta el último resto de agua de su bello rostro.

“ Venga, tranquilízate, ahora te toca ser feliz a ti.” la dije, animándola.

Una sonrisa se dibujó durante un escaso instante en su cara. Fue suficiente con eso, me bastó con verla contenta durante apenas un segundo. Estaba tan preciosa... Levantó la mirada del suelo, dónde llevaba toda la noche mirando y sus pupilas marrones se fijaron en mí, y mis ojos también se detuvieron en los suyos, durante un minuto, reinó el más sepulcral de los silencios.

He de reconocer que fui un estúpido, pero en esos momentos la sangre te hierve y se evapora antes de llegar a la cabeza. Me fui agachando, despacio, como si no quisiese romper la solemnidad de aquel momento y bajo la protección de una inmensa luna, nos besamos.

Me agarró fuertemente el pecho y, bruscamente, se separó. Su mirada se volvió a clavar en mí, pero sus ojos ya no eran los mismos. Cogió aire y sin apartar su vista de mí, levantó su mano derecha, queriéndose despedirse, se giró rápidamente y corrió.

Llevo seis meses sin saber nada de ella. Desapareció sin dejar apenas rastro, pero, como si fuese una broma macabra del destino, me dejó tatuado su nombre en mi corazón y mis sentimientos hacia ella no habían variado desde entonces lo más mínimo. Su recuerdo no ha muerto y en días lluviosos como estos las gotas me evocan aquella maldita noche en la que la luz teñía sus lágrimas de color plata.

Es curioso. Hace seis meses mientras me tenía a su lado,lloraba y yo, desesperado por hacerla feliz, intentaba consolarla... pero ahora, inmerso en la más profunda de las soledades, el que llora, soy yo.

Dani Rivera

Bostecé y entreabrí lentamente los ojos. Lo hice por miedo, por temor a que la claridad de una recién estrenada mañana de lunes me cegase, pero por suerte, no fue así.

Las sombras de la persiana estaban tatuadas en la pared aunque no con la viveza habitual. Observé a través de la sucia ventana, lo que vi confirmó lo que sospechaba, el primer lunes de octubre amanecía nublado. Mi mano se deslizó rápidamente hacia mi cabeza. Mi frente estaba abrasando y me costaba mantener abiertos los ojos, por lo visto debía tener jaquecas, porque de vez en cuando parecía como si fuese a estallarme la cabeza. Intenté incorporarme inútilmente, pero al menos logré mantenerme lo suficiente como para echar una un rápido vistazo al reloj. Eran las siete y veinticinco, llevaba apenas tres horas durmiendo pero ni la escasez de sueño ni el agudo dolor de cabeza hicieron que tuviese ganas para quedarme en mi cama.

Saqué el pie derecho tras forcejear con las sábanas y le siguió el izquierdo. Apoyé el brazo en el colchón y fui levantándome poco a poco, como si mi madre estuviese a mi lado advirtiéndomelo. Y es que ya hacía cinco años que vivía en un minúsculo apartamento del centro del pueblo donde trabajaba.

Es como sí la mezcla de mi alta fiebre y mi dolorosa soledad me impulsara a recordar, me empezaba a dar cuenta de que eran cinco años sin mis padres, cinco largos pero a la vez fructíferos años, viviendo a trescientos kilómetros de la ciudad donde nací. Una vez abandoné a mis mejores amigos, conseguidos tras años y años de aventuras a su lado, dejé a mi familia, pero sobre todo... la mitad de mi corazón se quedó guardado entre el colchón y el somier de la cama de mi gran amor, de mi novia.

Cada día, el recuerdo de aquella despedida hace que me pare en seco y que necesite aire para continuar. Me acuerdo perfectamente de mi promesa “Tranquila te prometo que volveré, aunque sólo sea para verte, y que siempre, cada segundo, cada milésima, pensaré en ti” Y la besé en medio de la incipiente oscuridad, cuando el atardecer se convierte en otra noche cerrada.

Volví tres semanas después de marcharme a aquel inhóspito pueblo, alegre, sabiendo que la encontraría allí, de pie, aguardándome cuando llegara a la estación de tren . Y cuando la vi desde la ventana, se dibujó en mi cara una sonrisa.

Puse la única maleta que traía en el suelo, pensando que en cualquier momento mi chica se abalanzaría sobre mí, cosa que no sucedió. Venía andando lentamente, esquivando besos de bienvenidas y lágrimas de despedidas. Tampoco esbozaba la amplia sonrisa, nada de lo que me había imaginado que sucedería, sucedió.

La abracé y ella me correspondió con un suave e insignificante beso en mi mejilla que no sirvió para aplacar o intentar calmar mi ímpetu. La miré a los ojos, pero nada, bajó la vista, como si yo la molestase o por una extraña razón la avergonzase, y cuando me acerqué a ella, lentamente, para besarla, levantó el dedo pulgar de su mano izquierda y me lo puso en los labios, retirándoles poco a poco.

La iba a preguntar que la pasaba cuando una lágrima se desprendió y la cruzó zigzagueando el rostro, hasta llegar a aquellos anhelados labios a los que no recordaba cuál era la última vez que les besé. Se zafó de mi mano y se alejó, huyendo de mí y yo me quedé parado en aquel andén, en medio de tanta gente, sin saber bien que hacer.

La llamé, pero no lo cogió, fui a su casa, pero tampoco contestó. Pasaron los días y me tocaba volver a mi trabajo. Mi última noche allí quedé con mis amigos para salir a tomar algo en cualquier sitio y dar aunque sólo fuese una vuelta.

Estábamos en uno de nuestros bares favoritos cuando me sonó el teléfono. Era ella. Salí a la calle y, nervioso, di al botón verde.

Quedamos una hora después. Tan sólo se digno a decirme cuatro palabras y volvió a colgar. Llevaba una semana y no la había vuelto a ver en persona, porque cada vez que abría los ojos soñaba con la última noche que pasamos juntos antes de que me fuese.

Allí estaba, había decidido quedar con ella en el lugar en al que fuimos en la primera cita. Era un paseo, rodeado de rosas rojas y claveles blancos, a lo lejos, el suave rumor del agua fue la banda sonora de nuestro primer beso. Un año después de aquel día estábamos en el mismo sitio pero algo había cambiado.

Silencio, jamás había pasado tanto tiempo con ella sin cruzar una palabra, miraba al suelo y eso a mi me desconcertaba. Nos sentamos en aquel banco, como si estuviésemos calcando aquella primera cita. Ella cogió aire y por fin, habló...

La cabeza me estaba matando y el recordar aquel día hace que mi muerte fuese, aún si cabe, más dolorosa. Estaba sentado sobre mi cama, pero las jaquecas eran tan intensas que no aguantaba mucho tiempo así. Daba tumbos, debatiéndome entre caerme de espaldas o hacer un esfuerzo sobrehumano para levantarme de una vez por todas.

Recuerdo ver ponerse todo negro, cerrar los ojos fuertemente y sentir un fuerte golpe.

Me dejó, se había enamorado de otra persona y me dijo que la lejanía había apagado la llama de nuestro amor. Regresé a mi vida normal, pero cuando acababa de trabajar, cuando regresaba al lado de mi fiel amiga la soledad, cuando abría la puerta de mi pequeño piso, me hundía y, tumbado en mi cama, mirando al techo, lloraba. Días después, hablando por teléfono, me enteré de que estaba saliendo con uno de mis mejores amigos...

Esa fue la puñalada definitiva, decidí cortar con todo y con todos, aislarme en un mundo en el que el dolor no existiese. Aprendí a vivir sin la felicidad, acompañado únicamente por mi soledad y así pasaron mis días, encerrado entre las verdes paredes de la esperanza...

Desperté y entreabrí lentamente los ojos. Lo hice por miedo, por temor a que la claridad de una recién estrenada mañana me cegase, pero por suerte, no fue así.

Aquella no era mi habitación y cuando al fin me di cuenta de lo que dónde estaba, miré a mi alrededor. Allí estaban todos mis amigos, mis padres, toda mi familia... Allí, cinco años después, estaba ella...


Dani Rivera

Era otoño y lo recuerdo como si fuese ayer. Me vienen a la cabeza las tardes paseando sobre aquel tapiz de hojas en el que se convertía el suelo cada vez que llegaba el final de septiembre.

Y cada paso que daba, aquel inquietante chasquido me acompañaba. Caminaba solo entre los árboles de aquel parque, como he hecho tantas veces. El atardecer anaranjado me recordaba que tenía poco tiempo para que anocheciese, así que aceleré mi marcha de vuelta a casa.

Aquella noche salí. Era un sábado de octubre, así que había que aprovecharlo. En pocos minutos pasé de entrar en casa a cambiarme a salir duchado y vestido, preparado para otra larga noche.

Llevaba algo más de un año sin encontrar un verdadero amor y eso era lo que necesitaba pero a la vez, extrañamente, lo rechazaba. Cuando cortamos, cuando cortó conmigo la chica que me ha perturbado el sueño durante un largo año, decidí tomarme un tiempo sin nadie, andar entre la nieve, las flores o las hojas, daba igual que fuese invierno, primavera, verano u otoño, solo, yo solo, como creía que estaba mejor, pero sin querer y sin saberlo me estaba mintiendo a mi mismo.

Durante ese periodo de tiempo, durante ese tedioso pero necesario año, me aislé, aderezando mi añorada soledad con una pequeña dosis de amigos. Y allí estaba, en nuestro lugar, donde todos los viernes y los sábados solíamos quedar para ir a dar una vuelta o para echar un billar, pero aquel día todo fue diferente...

Llegamos a nuestro bar, allí entre la oscuridad y la suave música de fondo, relatábamos las últimas aventuras o nos contábamos nuestras confidencias, pero sea como fuere la forma de comenzar la conversación, siempre acabábamos hablando de chicas o de fútbol, hasta que todo degeneraba de tal forma que optábamos por irnos a otro sitio.

Aquella noche bromeamos y reímos como cualquier otra. Todo iba según lo planeado, hasta que decidimos cambiar de rumbo y por un extraño juego del destino acabamos en la siniestra puerta negra de aquel bar.

Entramos. Por un momento, la espesa negrura de aquel lugar hizo que no viésemos nada, pero tras unos segundos de acomodo, los ojos empezaron a funcionar como debían. Nos sentamos al fondo del bar, en una mesa libre repleta de vasos sucios con restos de una bebida que, desde luego, no parecía agua.

Y entonces surgió, un amigo y yo mismo empezamos con la típica broma de los sábados por la noche y, cuando una pregunta comienza por “¿A que no hay...?” El desenlace nunca suele ser del todo bueno.

Y ese día tocó retarnos a un duelo. ¿Quién sería capaz de ligarse a más chicas en toda una noche? Y nos dividimos y no supe más de él o de mis amigos en toda la noche.

Entré a dos chicas que estaban en la barra de aquel bar, apoyadas con una cerveza en la mano. Me gustó mucho la de la derecha. Era alta, llevaba tacones, su pelo moreno la caía hasta llegar a sus hombros y su mirada penetrante hizo que sintiese algo que jamás me ha vuelto ha pasar. Cuando sus ojos se clavaron en los míos, una extraña sensación de frío me rasgó la espalda, como si alguien deslizase un hielo, recorriendome el cuerpo de arriba a abajo. Y palabra tras palabra me fui olvidando de la apuesta que había hecho escasos minutos antes.

No consigo recordar cuando huyó su amiga. He intentado forzar mi memoria para averiguar el momento justo en el que su sombra se deslizó y se perdió entre oscuridad y la gente de aquel bar, pero todos los intentos y todo mi esfuerzo han sido en vano.

Llegó un momento de la noche, después de llevar más de una hora conversando acerca de nuestras pasiones y desventuras la agarré de la mano derecha y la arrastré hasta la salida.

Anduvimos un rato entre botellas rotas y besos de quita y pon, entre romances de unas horas y esperanzas perdidas. Era aún sábado por la noche, aunque ya se empezaba a confundir con el domingo por la mañana y aquello no era más que el comienzo de una larga resaca.

Nos sentamos en un banco de una céntrica plaza. Estaba cansada de caminar y los tacones ya habían empezado a dejar huella en sus talones.

Bajo la estrellas, desoyendo los ecos lejanos de otra noche de fiesta sin leyes, me acerqué lentamente a ella, con un cierto cuidado, por miedo a que se deslizara y se escabullese rápidamente de mi. Pero sin embargo esperó. Cerró los ojos y se dejó llevar por la locura que reina los sábados por la noche y por el desenfreno causado por el alcohol, pero había algo en ella que me decía que quería algo más que un romance casual, un amor de ida y el olvido de vuelta.

Entonces fue cuando caí en la cuenta, mientras besaba aquellos labios que significaron mi salvación y mi redención, fue mi punto y aparte, me olvidé de lo que había pasado durante ese año, porque... Ella era la luz que necesitaba, una pequeña llama resplandeciente entre la oscuridad que, lejos de apagarse, me indicaba la salida de mi particular infierno.

Y aquel día mi amigo consiguió vencerme... Pero yo gané algo que aún no he perdido y que es mi tesoro más querido.... yo la conseguí y no sé que será de mi si ella me falta... Aunque me puedo hacer una idea. Mi futuro sin ella estaría abocado al más largo de los olvidos, estaría andando perdido por mi propia vida, vencido y derrotado entre las paredes grises de un largo y oscuro túnel llamado soledad.

Dani Rivera

"Vacío, como un túnel sin tren expreso..."
PRIMERA PARTE : UN BREVE "TE QUIERO".

Habían pasado dos largos años en mi vida y todavía la sigo recordando. Cada vez que estoy solo, tumbado en la cama en mi habitación, sin nada mejor que hacer que pararme a reflexionar, a hablar conmigo mismo, el recuerdo al que más temo siempre regresa...

Parece que fue ayer y ya han pasado dos años. Estaba esperando al bus en aquella parada en frente de la Universidad, con mis apuntes, recopilados y ordenados adecuadamente en mi mano derecha. Una moto para a escasos metros de donde estaba. Una chica de pelo moreno y mirada profunda, se apeó de la scooter y se quitó delicadamente su casco rosa.

No recuerdo el por qué lo hice, pero ¿acaso el amor entiende a razones? Solo sé que me enamoré en cuestión de segundos. Y no pude apartar la mirada de su cara, quería, si, porque me temía que alguien o incluso ella misma se diese cuenta de que la estaba observando furtivamente, pero en lo más profundo de mi interior algo, no sé el qué, me impedía dejar de hacerlo.

Y sucedió lo que creí que sucedería, se giró bruscamente y no me dió tiempo a fijar mi vista en otra parte, durante unos segundos que me parecieron horas, nos miramos fijamente. Una sensación extraña me recorrió la columna vertebral, era como si sus profundos ojos marrones me estuviesen analizando, parecía como si ella supiese lo que estaba pensando y, lentamente, se fue acercando hacia mí.

Tras los dos besos de cortesía y las oportunas presentaciones empezamos a hablar, mi mente apenas puede recordar sobre qué tema o lo nervioso que estaba. Y los vagos recuerdos que aún conservo de aquellos minutos me conducen unas semanas después.

Terminamos siendo amigos, muy buenos amigos,juntos pasamos los buenos y los malos ratos, compartimos risas y llantos, horas de estudio y películas de cine. Jamás me atreví a decirla lo que sentía por ella, preferí tener una amiga a arriesgarme a perderla así que oculte mis sentimientos y me tragué mi orgullo, si hubiese sabido lo que ocurriría después, quizás nunca hubiese hecho esto último. Pasaron los años, los dos famosos años y yo aún seguía siendo el guardian de sus secretos más íntimos pero algo cambió...

Llevaba tiempo notándola rara, quizás desde hacía dos semanas más o menos, no nos veíamos desde hace tiempo y casi apenas hablabamos. Nunca he llegado a comprender que la pudo pasar, si acaso fue algo mío que la molestó, pero su punto de vista hacía mi, su mejor amigo, cambió radicalemente.

Me olvidó, ahora estoy seguro de que lo hizo, empezó a salir con un grupo de chicos y de chicas algo mayor que ella y hasta ahora.

Hacía un mes que no la veía, que no la veía, pero es curioso porque la sigo queriendo, aún más si cabe que la primera vez que la vi y sin embargo...

Me sentía tan sólo, no tenía a nadie ¿merece la pena seguir cuando me han quitado todo lo que me importa?

Decidí olvidarme de ella, salir a aguar mis penas entre litros de alcohol, entre chicas que me quisiesen o que, al menos, me hiciesen no recordar.

Diez horas después de haber empezado otra larga noche, estoy en mi cama, en una residencia de estudiantes que hace ya tiempo que se convirtió en mi hogar. A mi lado, una chica, preciosa, quizás más bella que la chica del casco rosa, creo que voy por buen camino, porque ya ni siquiera la llamo mi mejor amiga...pero...

Siempre hay un pero, por muy guapa que sea la chica con la que comparto generosamente mi cama, no la olvido... ¡ No la olvido ! ¿Si yo no soy capaz de hacerlo como ella si que pudo? ¿Quizás es que me tenía poco cariño? ¿Quizás jamás la importé?

Y ahora, poco a poco, me voy consumiendo, sin ella, sin la chica a la que nunca volví a ver...

Y durante muchos años me pregunté porque no fui capaz de decirselo, porque no fui capaz nunca de pronuciar un breve: "Te quiero."

SEGUNDA PARTE: LÁGRIMAS DE SOLEDAD.

En cada paso de cebra, a cada autobús que subo, a cada bar que entro, en cada momento, la busco.

Cuatro años hacen ya que no la veo, cuatro largos y vacíos años sin ella, en los que irremediablamente han pasado tantas cosas... Sigo solo, contentándome con tener una mujer cada noche que me caliente la cama, una ayuda para dejar definitivamente de recordarla. Todas las noches, con cada amanecer, me asalta una duda "¿ Qué habrá sido de ella?" me pregunto.

Acabé la carrera, mi amarga carrera de historia y me puse rápidamente a buscar trabajo, en parte me daba igual de que, tan sólo quería alejarme de mi ciudad rápidamente para que su fantasma no me volviera a perseguir , en un golpe de azar y fortuna a partes iguales, encontré uno que se ajustaba perfectamente a mis peticiones.

En pocos días me trasladé a vivir a Inverness, capital del condado escocés de Highland donde requerían mis servicios en el museo de la Batalla de Culloden, así que presto a salir por patas de España, huí sin importarme nada, corriendo, tratando de dejar atrás el fantasma del pasado.

La primera vez que regresé a mi ciudad, a Valladolid fue cuando mi apretada agenda me dió un respiro, casi un año después de sumergirme en mi aventura gaélica. Recuerdo subirme a un bus ya en mi ciudad y en un viejo tick de mi juventud, miré hacia el interior, tratando de encontrarla.

"Estúpido" me dije, y me obligé a mi mismo a mirar hacia otra parte.

Bajé del bus en la parada de aquel centro comercial que me traía tan buenos recuerdos. Allí solía quedar con mis amigos o con la novia, por allí solía pasar a la ida y a la vuelta del colegio, nada había cambiado, todo seguía igual, imperturbable aún por mucho que pasase el tiempo.

Crucé por aquel paso de cebra y comencé a jugar a un juego infantil con le que solía divertirme cuando vivía allí. Miraba a cada persona a los ojos, a cada hombre o mujer que pasaba a mi lado, y trataba de reconstruir su vida, sus alegrías y sus penas, sus aciertos y sus errores.

He de admitir que nunca supe si alguna vez acertaba o si fallaba todas, porque jamás me paré a preguntar, pero me lo pasaba bien creyendome el niño que fui.

Me centré en un ejecutivo, traje caro de doble botonadura, reloj de pulsera no precisamente barato y cartera de piel, sin embargo, su mirada decía lo contrario de lo que dejaba entreveer su aspecto, se sentía mal, quizás sólo, estaba triste por algo o por alguien y es que, con el tiempo aprendí, que las apariencias si engañan, y mucho.

Zigzagueé con la mirada, buscando mi próximo objetivo. Iba descartando a las personas que me parecían menos importantes. Y escogí a una chica de pelo moreno y mirada profunda...

La miré, fijamente, a sus hermosos ojos dorados. Esos ojos... esos ojos me recuerdan alguien que fue y que ya no es... Aquella mirada... como si detrás de sus pupilas se escondiese un profundo océano bañado por el sol del atardecer que hace destellear la superficie del agua invadiendo una playa con reflejos dorados...

La tendría a cinco metros de distancia y se iba acercando poco a poco, paso a paso... Una caprichosa lágrima cruzó en aquel momento su rostro, de arriba a abajo, perdiéndose al caer al suelo...

Estaba tan cerca de ella... Un metro, un escaso metro, alcé mi mano derecha y la toqué sutilmente el hombro, ella me miró, de lleno, a mis ojos y recordamos una bonita tarde de verano. Por aquel entonces yo tenía todos mis apuntes cuidadosamente ordenados en mi mano derecha y ella se acababa de desprender elegantemente de su casco rosa...

Me sumergí en una vorágine de recuerdos sin control, hasta que ella me sacó de allí. También se había dado cuenta de quién era y, como aquella lejana tarde de hacía seis años, nos dimos los dos besos de cortesía, aunque prescindimos esta vez de las presentaciones, porque ya nos conocíamos muy bien.

La invité a un bar del que apenas recuerdo el nombre "Sí o sí" creo. Nos sentamos y poco a poco, palabra tras palabra, nos fuimos volviendo a conocer.

Me contó lo que en cada amanecer deseaba saber. Abandonó su carrera de Comercio en la Universidad y huyó lejos con su novio de aquel entonces, el típico macarra de chupa de cuero y corazón vacío. Quería cambiar, dejar todo atrás y afrontar una nueva vida sin apenas responsabilidades y la perdió todo, sin ganar nada. Poco tiempo después su novio se largó y ella se quedó sola, y así hasta ahora...

Y allí estabamos los dos, dos historias muy diferentes pero con un comienzo en común. Dos formas distintas de vivir la vida y ahora, de nuevo, como al principio, nuestro caminos se habían vuelto a cruzar, llamémoslo destino o azar, según os plazca.

Recuperamos el tiempo perdido pero ella tenía que volver a su puesto de trabajo como dependienta en una tienda de ropa juvenil y yo deseaba ver a mi familia asi que la pedí, casi la supliqué que quedasemos antes de que regresase a Inverness. Ella aceptó sin demasiados miramientos y, por primera vez en toda la tarde, una agradable sonrisa se dibujó en su preciosa cara.

Nos volvimos a ver, dos días después, en el aeropuerto, pocas horas antes de que me tocase volver. La invité, como todas las veces que quedamos, a una cerveza con limón en un bar de Villanubla.

Era como antes, todo volvía a ser igual, las mismas sensaciones, las mismas risas, las mismas conversaciones. Y, sin darme cuenta deslicé mi mano derecha hacia mi maleta. Inconscientemente veía que me quedaba poco tiempo y que tenía que facturar las maletas...

Ella se percató del leve movimiento de mi diestra y empezó a dejar de sonreir, se dió cuenta de que me iba, esta vez iba a ser yo quien la dejase, nuestros caminos se desunirían otra vez.

Me agobié solo de pensar en eso, en que quizás haber coincidido en el paso de cebra del centro comercial había sido una suerte, pero que volverla a ver, sin querer, cuando regresase de Inverness para las vacaciones de Navidad, sería, prácticamente un milagro.

Y, con un nudo en la garganta, me atreví a decirla lo que me llevaba seis años rondando por la cabeza. Tragué saliva y...

"Te quiero" la dije " te quiero desde que te vi bajar de la moto en aquella parada de autobus, te amo desesperadamente desde que te quitaste tu casco rosa aquella tarde, deseo estar contigo para siempre desde que tu mirada coincidió con la mía y te acercaste..."

Lentamente, mi voz se fue suavizando hasta desaparecer y los sentimientos encerrados desde ya hacía más de un lustro hicieron que empezase a llorar, que empezase a llorar lágrimas de soledad...

Me cogió la mano que tenía apoyada en aquella fría mesa metálica y sin querer.... empezó ella también a llorar.

" Cuando me di cuenta de mi error, cuando Lucas me abandonó" respiró hondo y trató de continuar "Cuando me di de bruces contra la cruda realidad, empecé a tener pesadillas cada noche, a no poder dormir y hacer de cada noche un infierno. Te recordaba y anhelaba volverte a ver, soñaba que un día, cuando aparcase mi moto enfrente de la parada del autobús, allí estuvieses tú, con tus papeles, con tu sonrisa, con tu mirada siempre fija en mí." Cogió aire, tratando de recuperarse de la llorera y se enjugó las lágrimas con un pañuelo blanco de papel, tras una breve pausa retomó la conversación.

" No te vayas, ahora la que te lo suplico soy yo" me miró y me apretó con fuerza la mano "Quedaté conmigo aquí en Valladolid, juntos, para siempre... "

Mi avión hacia Inverness despegó una hora más tarde. Había dejado mi abultada maleta en Facturación. Guardé el equipaje de mano en el compartimento superior, aunque cogí con delicadeza unos folios plegados escritos de mi puño y letra.

Y me senté en mi asiento, con mis apuntes en mi mano derecha, mi sonrisa, aún si cabe más amplia que habitualmente y mi mirada fija en ella, en mi compañera de viaje....

Despegamos rumbo a Inverness, a las tierras altas escocesas, partimos juntos para jamás volvernos a separar...

Dani Rivera

¿ Spiderman ? ¿ Superman ? ¿ Batman ? No, que va, los verdaderos héroes de la vida real no visten trajes llamativos y ni siquiera tienen superpoderes. Los que de verdad, de verdad, escriben la historia son gente normal, personas anónimas que hacen lo que se debe hacer en el momento adecuado y tratan de dar lo mejor de ellos mismos.

Cualquier persona que consigue levantarse de la cama, aunque lo último que quiera en su triste vida es hacerlo, porque un día perdió la ilusión y por desgracia no la logró encontrar, cualquier persona que vive su vida pensando en los demás, cualquier policía, bombero o médico, cualquier voluntario que pasa su vida ayudando a los niños en África, los propios chavales africanos... Héroes que pasan desapercibidos, a los que no les enfocan con una cámara de televisión, aunque sin ellos, esta ya de por sí, triste vida, sería aún más gris.

Esta es la historia de uno de esos chicos. Una persona normal que viste playeras y vaqueros.

Llevaba dos años saliendo con aquella chica. Era todo lo que siempre había deseado tener, era su mejor amiga, su novia, su confidente y la guardiana de sus secretos.

Era una tarde fría de invierno. El sol no había conseguido abrirse paso entre las nubes durante todo el día y una suave y casi imperceptible neblina se había instalado en aquella ciudad. Comenzaba a llover cuando se despidieron, habían pasado todo el día juntos porque restaban pocos días para Navidad y tenían mucho tiempo libre los dos para pasarlo juntos.

Aquellos días estaban rodeados de un aura muy especial. El ambiente que solo se respira cuando queda menos de tres días para Nochebuena, las luces, los árboles, toda la parafernalia digna de los últimos días del año.

Habían comido juntos en su restaurante preferido, un italiano de la última planta de un centro comercial. Un día perfecto, sobre todo, porque él lo había pasado junto a ella y ella junto a él.

Y la besó en sus labios rojizos, aquellos que tantas veces había anhelado cuando estaba lejos, sin importarle que el pintalabios se los dejara tatuados con carmín. Y la dejó allí, iba a cruzar aquel paso de cebra, la carretera estaba mojada por las primeras gotas que habían caído.

Espero a que el semáforo se pusiese en verde y él, cruzado de brazos, también aguardo a que se perdiese entre los edificios de aquella calle, esperaba a verla cruzar y contemplarla una última vez en aquel lluvioso día.

Ella se giró cuando vió que aquel muñeco verde, que andaba siempre pero que nunca llegaba a ningún sitio, y levantó su mano derecha y el viento, el juguetón viento hizo que ella se despeinase y su diestra se fue, con celeridad, hacia sus labios, lanzandole un beso. Él sonrió, como solo hace un "estúpido" enamorado, embelesado y cegado por su novia.

Y lo vió... y rápidamente su sonrisa se fue transformando en una extraña mueca de peligro. Un destello verde, un coche derrapando a pocos metros de aquel fatídico paso de cebra... Y corrió... corrió hacia ella, hacia lo que más le importaba en este mundo...Ella estaba a escasos pasos de la acera, pero justamente, situada en la trayectoria de aquel Opel Corsa.

Y saltó, saltó como si su propio miedo le persiguiese... Consiguió darla un empujón, a ella, a la persona a la que más quería...

Y rodó hasta la acera, dándose un golpe en el hombro, pero ¿ahora que importaba un simple golpe cuando te estás jugando la vida?

Unas décimas le separaron de la vida... Unos escasos segundos en los que se convirtió en un héroe. Falleció un par de minutos antes de que la ambulancia llegase a aquel paso de cebra, el coche le arrolló, pero murió acompañado, al lado de su chica.

"¿ Estás bien?" la preguntó susurrando.
Ella se llevó la mano a su maltrecho y dolorido hombro.
" Sí..." Lloró... quizás sabía lo que el destino le deparaba a su "amor".
" Entonces.." el chico intentaba hablar, pero cada vez le costaba más, era demasiado esfuerzo... "Entonces" repitió "seré feliz, sabiendo que estás bien..." Cogió aire, suspiró y esbozó una sonrisa " Espero que siempre sepas que te querré... esté donde esté "

Y su luz se apagó, pero una pequeña llama inmortal se encendió... En el Olimpo de los Héroes Desconocidos...

Dani Rivera.
La luna ya se esconde tras aquel lejano horizonte. Los primeros rayos inauguran una fría mañana de septiembre. Otra noche de fiesta y el sol me encuentra donde me encontró ayer, tumbado entre la hierba de un extenso parque, rodeado de unos árboles que me esconden de nadie. Creo que tengo vergüenza, pero no sé de qué.

Estoy solo, preguntándome por qué estoy allí, que he hecho toda la noche e intento buscar pruebas que me ayuden a recordar. Hay una botella a pocos metros de mi pie derecho “Genial” pensé “de nuevo he vuelto a recaer.” En mi brazo derecho llevo tatuado una larga serie de números, escritos con un rotulador de tinta negra, por alguien que, guiándome por los corazones del final, debía ser una chica. Me aventuro a pensar que es un número de teléfono, algo lógico cuando comienza por el 6. “Genial” volví a pensar “definitivamente he vuelto a recaer.”

Desde hace tiempo, estoy perdido, inmerso en maremágnum de alcohol y chicas, cóctel fatal del que quiero, pero no puedo, salir. Sé que no soy un buen chico, que no soy lo que las chicas esperan de mí o lo que andan buscando, y en el fondo, yo también quiero salir de esta absurda dinámica, no quiero más chicas, más bebidas, no quiero no recordar lo que hice ayer, cometer errores una y otra vez y hacer daño cada día a una mujer.

Pasó tiempo, mucho tiempo, años y años y por suerte cambié. Recuerdo que tenía o que creía tener amigos en aquel mundo tan parecido al infierno, algunos murieron por culpa de una sobredosis, por culpa de mezclar alcohol y conducción, por culpa del “ A mí no me pasa eso” o acabaron arruinando la vida a una de las miles de chicas con las que tenían una relación esporádica de una noche.

Tenía veintidós años, era más consciente de lo que era casi cinco años atrás, me sentía bien, pero... No conseguía encontrarla, tenía la certeza de que andaba por allí, de que en algún lugar de aquella ciudad me estaba esperando, de que todas las noches pensaba en mí aún sin conocerme, de qué ella me necesitaba aunque ni supiese ni mi nombre...

Muchas fueron las veces que creí encontrarla, fueron tantas las chicas, fueron tantos los errores, las lágrimas y las desilusiones... Ahora, si me siento a pensar, creo que estaba cegado, cegado por la necesidad de encontrarla cuanto antes, de que cada vez que una chica me mirase en una discoteca el corazón se me acelerase pensando que sería ella, estaba harto de que, inconscientemente, cada mujer que venía de frente por cualquier calle, cada mujer que me sonreía, cada guiño, cada sonrisa, me hiciera creer en algo en lo que ni yo mismo creía.

Pensaba que todos los sábados eran el día en el que la conocería y que, a partir de ahí, jamás volveríamos a separarnos, pero, cada vez que me ocurría eso, la vida me recordaba cruelmente que yo era un estúpido, un simple enamorado de la propia idea del amor, un caminante por el desierto que ve un espejismo a lo lejos...

Aquellos años transcurrieron entre el amor y el desamor, entre el olvido y el recuerdo, entre la ansiedad por encontrarla y el amargo sabor de la desilusión.

Fueron tantas las recaídas, las veces que me desperté con alguien a mi lado, con una chica o con mi amigo el alcohol. Muchas veces me dí cuenta de que ahogar las penas entre litros de ron, no sirve de nada, pero cada poco tiempo me topaba con la realidad y comenzaba el día en un hermoso parque, tirado, con la ropa sucia, pero también, mi alma.

Ahora tengo veinticinco años y sigo como estaba antes, sigo sintiendo lo que sentía cuando era un crío que no sabía diferenciar cuando era la hora de empezar y cuando era mejor terminar y aún estoy sin nadie a mi lado. Aprendí a no agobiarme, asumí que debía esperar pero aún así, cada vez que veía a una pareja besándose, cada vez que me topaba de frente con un corazón tatuado en la corteza de un árbol o con un misterioso candado en un puente, anhelaba estar enamorado, ser como ellos, pero aprendí a convivir con el dolor que me producía siempre ver aquello.

Y si ahora algo me sostiene es el imaginarme el día en el que te encontraré. ¿Vendrás de frente en una estrecha calle del centro? ¿Entrarás en una discoteca en el oportuno momento? Me resigné a esperar y a que el caprichoso destino te condujese hacia mí, y si ahora vivo es porque algo me dice que ese anhelado día llegará.

Dani Rivera.


Es otra tarde de agosto. Los últimos rayos de sol bañaban aquella playa de San Lorenzo inundando la blanca arena con destellos dorados. Quedan pocos valientes que se atrevan a quedarse en la playa después del anochecer, las nubes van ganando terreno y un molesto viento se acaba de levantar. Parece que mañana lloverá.

Disfruto del sonido a pie de playa. Tumbado en mi toalla escucho el leve y constante romper de las olas. Estoy solo, como lo he estado todo el mes de agosto, pero disfruto de mi soledad.

Ella se fue, hace tiempo. Y me dejó abandonado en esta playa asturiana, a mi suerte y yo la intenté olvidar. Amparado en la bebida creí haber cerrado la herida, porque pensé que el alcohol las curaba, pero ahora, mientras observo aquella iglesia, a lo lejos de la bahía, me doy cuenta de que la bebida tan solo fue un absurdo intento, una acción desesperada para pasar página, pero sin querer, rebobiné y estoy de nuevo donde estaba al principio... Sigo enamorado de ti.

Las noches fueron largas, refugiado en la oscuridad, quise beber hasta perder el control, hasta dejar de ser yo mismo y comportarme como el "yo" que me gustaría ser. Muchas chicas pasaron por esta habitación, de la casa que una vez fue nuestra, pero ninguna me hizo olvidar la sensación de despertar a tu lado, de verte mientras dormías, contemplando como los primeros rayos de sol se tatuaban a fuego en tu inmaculada piel.

Si te pudiese olvidar... Si pudiese borrar esas páginas que escribimos juntos... Creo que no lo haría. Ahora, estando tranquilo conmigo mismo, en armonía con la arena y el mar, me estoy dando cuenta de que sería un grave error hacerlo.

Ni siquiera el amargo recuerdo de aquella escena, tu y él entre la oscuridad de la noche, haciendo lo que sólo dos personas que se quieren hacen... Cuantas noches han pasado desde entonces, cuantos amaneceres he visto, cuantos días he pasado en la playa, contemplando la luna y preguntándome ¿por qué?.

¿Por qué me dejaste? ¿Por qué te fuiste con aquel chico que a las dos semanas te olvidó? ¿Por qué? No sé si sabes o supiste que te quería... Me rompiste el corazón y te llevaste parte de él...

Y desde aquella noche pocas cosas recuerdo. Flashes que, caprichosamente, regresan a mi memoria, piezas de un puzzle que siguen sin encajar, noches de ron y whisky, amaneceres de arena y sal.

¿Y cuándo te olvidaré? ¿Aún me queda mucho tiempo para que llegue el anhelado día? Imploro a Dios que me libre de esta amarga agonía... Una vez creí hallar la solución, a lo mejor la forma de olvidarte era conociendo a otra chica, alguien que me enamorase como lo hiciste tú aquella mañana de otoño... Pero es absurdo, la búsqueda fue en vano y yo me sigo consumiendo.

Y mientras tanto, a pocos metros, perdida entre las retorcidas calles de esta ciudad asturiana quizás esté mi chica pero aún sigo perdido hasta que no la encuentre.

Y ahora, a lo lejos, el sonido de las olas me acuna en un profundo sueño de otra larga noche de agosto.

Dani Rivera.

La luna llena se reflejaba en las tranquilas aguas de aquel río. Yo, caminaba por aquel puente sin tráfico, no serían ni las doce y ya no había nadie por aquellas calles. Intentaba prestar atención a la música que estaba escuchando, pretendía tararearla, pero no podía. No dejaba de pensar en ti, aunque no hice mucho esfuerzo en intentarlo, porque tampoco quería alejarte de mis pensamientos. Me gusta pensar que durante un pequeño momento, unos escasos segundos, tu también piensas en mí. Me encanta creer que sientes algo por mí, por muy pequeño que ese sentimiento sea.

Sé que a veces soy pesado, pero es que tengo miedo... Miedo de que te vayas para siempre de mi vida, miedo a no volverte a ver jamás, miedo a no volver a escuchar tu voz rasgando el silencio de una tarde de verano, miedo a perderte y a que se me vuelva a romper el corazón y tu te lleves un trozo. Ahora, nuestros caminos se separan, creo que nunca más volveremos a coincidir y eso me asusta, el simple hecho de resignarme a leerte, en mensajes muy cortos que ocupan apenas tres líneas, en contestaciones absurdas, el no poder verte jamás... No puedo, no puedo, al menos veámonos una última vez, permíteme captar tu esencia para que siempre te recuerde, las despedidas son duras y ahora...

Ahora siento que me va quedando menos tiempo, cada minuto que pasa, cada segundo, cada milésima es una menos que no puedo estar a tu lado. No te cansas de decirme que no estas lista, que no quieres querer ni que te quieran y, de veras, me gusta ser tu amigo, pero todo se acaba.

Y quizás a llegado nuestro final. El camino será un poco diferente a lo vivido hasta ahora, me costará olvidarte, pero sabes que me encanta vivir en el pasado, en aquella colina del recuerdo, y jamás podré borrarte de mi camino, porque fuiste como el agua fresca para el peregrino sediento, me ayudaste a continuar, a afrontar todo a lo que temo y a luchar por lo que una vez soñé.

Y lo que un día soñé era que estabas a mi lado y, por desgracia, será lo único que no podré cumplir. Ya no depende de mí, no puedo hacer nada más, porque es imposible ayudar a alguien que no quiere ser auxiliado y ahora resuenan ecos en mi cabeza...

“Ayudame y te habré ayudado, que hoy he soñado en otra vida, en otro mundo, pero a tu lado” Las voces de una canción muy especial para mí vuelven hoy con más fuerza. Pensé que sería la típica historia feliz, pero erré el disparo... Quieres olvidar, pero lo debes hacer tu sola ahora, debes ser tu y no yo, debes aprender a manejar los tiempos, a saber cuando es hora de dejar de vivir en la preciosa colina del recuerdo, es tu responsabilidad, que aciertes o falles es y será culpa únicamente tuya.

Pero una cosa tengo muy clara. Si alguna vez necesitas un apoyo ya sabes donde encontrarme... Y ahora...

Me despido de ti, con lágrimas en los ojos, fue bonito mientras duró, el volver a hablar, el volver a quedar, el volver a reír, depende de ti, porque me voy, antes de que me haga aún más daño... Sabes donde estaré... Andando bajo la torrencial lluvia por la calle del olvido...

Dani Rivera

Los focos poco potentes de aquel viejo Peugeot hacían que no se viese prácticamente nada que no estuviese a un par de metros del morro del coche. Era de noche y conducía por una carretera comarcal, rodeada de árboles, en apariencia pinos, y no me había cruzado con ningún vehículo desde que saliera de mi ciudad y me adentrase por aquella carretera semi abandonada.

Iba absorto en mis pensamientos, mientras tarareaba la canción que sonaba en la radio del coche. Me gustaba aquella sensación de libertad y, a la vez, de soledad. No tenía nada de que preocuparme. Todo marchaba bien, aunque yo tuviese que conducir aún unos doscientos kilómetros y, al paso que iba el renqueante 406, no tardaría menos de dos horas y media.

Entonces vi una figura entre las sombras de aquella noche de verano. Cuando los focos la alumbraron, giré el volante y me fui deteniendo en el arcén de la carretera. Era una chica. Llevaba una pequeña mochila y nada más. Me acerqué a ella, nos saludamos y me contó que necesitaba que la llevasen a un pueblo que era paso obligado en mi ruta hacia el norte, así que decidí llevarla. Llevaba meses perdida, perdida en un mundo que no era el suyo o eso al menos era lo que opinaba.

Entonces no me paré a preguntarme que haría a esas horas por ahí o como era que metía a la primera desconocida que viese en mi coche. Tras unos tensos primeros minutos, ella se soltó a hablar y me contó todo.

Los pinos iban quedando atrás, al igual que sus historias. A cada relato fantástico, le respondía con un “Si, venga, anda”. Me encantaba tener a alguien al lado, pensé que no necesitaba una compañera de viaje, pero me di cuenta de que, en realidad, lo ansiaba.

Era morena, ojos marrones claros y el pelo castaño la llegaba hasta los hombros. No era nada diferente a las chicas de la gran ciudad, sin embargo, ella tenía ese “algo” que me conquistó. No sé cómo explicarlo. Quizás fuera su sonrisa, su mirada, sus labios, su forma de ser o a lo mejor fue una visión en el desierto, pero el caso es que me enamoré, así de rápido, y ahora me vendría muy bien decir lo de “De la noche a la mañana”, porque fue así como ocurrió.

Llevábamos hablando tres horas, y como si fuese un acto inconsciente, aunque hoy me doy cuenta de que lo hice queriendo, aminoré la velocidad, aumentando así la duración del viaje. Me daba cuenta de que cada vez me quedaba menos tiempo, que cada minuto era uno menos, me faltaba el aire, necesitaba más segundos, lo quería saber todo sobre ella, pero me faltaba tiempo, mucho tiempo.

Y los primeros rayos de sol inauguraron la mañana, el interior del coche se volvió anaranjado y el rocío humedeció las hojas de las plantas del bosque interminable por el que llevábamos pasando las tres últimas horas.

“No sé si podré volver a encontrar a alguien que me quiera, que no me haga daño, que esté ahí cuando o necesite...” Me dijo.

En el fondo, detrás de aquella sonrisa que vi al parar el coche en aquella cuneta, se encontraba una chica que tenía miedo de algo a lo que todos aguardamos con alegría, tenía miedo de volver a sentir lo que una vez sintió por alguien que la traicionó y sin embargo...Lloró, alguien la había hecho daño recientemente

De repente, un exceso de valor me nubló la mente. Aprovechando un silencio, la miré durante unos escasos segundos y volví la vista a la carretera. Yo también necesitaba a una persona que me quisiese... Y ella me encantaba...

Me lo pensé y al final, con el corazón en un puño...

“¿Crees que tengo alguna posibilidad contigo?” le pregunté.

Ella, en vez de responderme inmediatamente, esperó. Agachó la cabeza, como si todo aquello la diera vergüenza y volvió, tras unos segundos, a incorporase.

“¿No crees que es un poco precipitado?” respondió.
“Bueno, pensé que estábamos a cinco kilómetros de separarnos para siempre...” La contesté.

Silencio, treinta segundos de incómodo silencio, esperando a que una palabra rasgase la noche. La miré y ella no me respondió. Aparqué el coche, esperando que me contestase, ya habíamos llegado a su destino, ella debía ir por el camino de la derecha, yo por el de la izquierda...

“No creo que ahora esté para eso...”

Lo comprendí pero me prometí a mi mismo una cosa...
“Me quedaré anclado a tu presente, a tu presente, para siempre... Y cuando te vuelva a ver, porque te volveré a ver, será el lugar y el momento adecuado.”

Dani Rivera

Es curioso pero cierto a la vez. Todos los cuentos de princesas, aquellos que comienzan con un “Erase una vez” acaban con un final feliz, el típico “Y fueron felices”, pero, si me permitís, comenzaré narrando este cuento prescindiendo de estas típicas fórmulas, porque no todos las historias reales tienen un final feliz.

Este es el relato de una chica, una chica joven, pongámosla unos 18 años, mes arriba, mes abajo. Aunque ya la quedaban atrás los tiempos de los castillos encantados y los príncipes azules, aún seguía soñando con ser la princesa que ella creía que merecía ser.

Creyó encontrar a su príncipe azul dos años atrás. Era el chico perfecto: atento, guapo, simpático, el ideal de hombre que toda mujer ansía tener. Por desgracia las cosas se torcieron trágicamente. Creía que lo tenía todo y vivía su vida sin salir de las murallas que delimitaban su palacio en la playa con la cruda realidad.

Todo jamás es tan perfecto como parece. Escuche una vez decir a alguien que nunca dijese nunca jamás, pero salvo en contadas ocasiones, la perfección no existe. Es tan solo un ideal, algo que nunca se llega a conseguir porque es imposible ser perfecto. Todos los seres humanos tenemos nuestras escasas virtudes y nuestros numerosos defectos, pero por desgracia, la princesa del castillo de arena se dio cuenta demasiado tarde.

Un mañana de invierno se levantó. Los rayos de sol y el ruido de las olas la acunaban en un sueño profundo, pero algo la consiguió sacar de su mundo de ensueño. Él ya no estaba, pero ella nunca creyó que jamás volvería. Le esperó y le esperó, con la ilusión de volver a andar descalzos por la inmaculada arena, de volver a reír, de volver a sentir lo que aún sentía por él. Su príncipe se fue con otra princesa, pero ella nunca lo aceptó y cada tarde, lo esperaba sentada, viendo el anochecer al borde del mar, él nunca volvió.

La costó, pero al final olvidó. Olvidó porque empezó a ser alguien que no era, comenzó a suplantar la personalidad de otra persona, ella ya no era la princesa del castillo de arena, poco a poco, a base de alcohol y más alcohol se fue trasformando en la Princesa de la Esperanza Perdida.

Desistió, sabía que no volvería a querer a nadie como le quiso a él una vez. No encontró a ningún hombre, porque ni siquera se molestó en buscarle. No quería ser la Princesa de la Esperanza Perdida, pero se resignó a cambiar. Con miedo a querer, a que alguien le volviese a hacer daño.

Príncipes de una noche y romances con fecha de caducidad, burdos parches que no servían para tapar la necesidad que sentía. Quería compartir su tiempo, sus besos, sus caricias con alguien pero el terror al dolor la echó hacia atrás.

Apareció un caballero, alguien que la quería, pero ella le hizo daño, no estaba preparada aún y ya había pasado muchos meses en el calendario y muchos príncipes azules por su cama. Le rompió el corazón y él se fue.

Y allí se quedó ella. En un castillo de arena vacío, viviendo una vida que, en realidad, no era la suya, aunque ella se emperrase en decir lo contrario, en aparentar estar bien, ser feliz, pero en el fondo, su corazón lloraba por haber dejado marchar al único hombre que la amó y, tiempo después, se dio cuenta de que ella también le quería.

2ª PARTE

Un único jinete cabalgaba por aquella pradera. En el horizonte se empezaban a vislumbrar los primeros rayos del anaranjado sol, que daban la bienvenida a un nuevo y cálido día de verano. Se estaba acercando a su destino. Llevaba ramo de flores, que desprendían un sutil aroma que le hacía recordar la primavera, en su mano derecha y las riendas de cuero en la izquierda. Disminuyó el paso de su corcel blanco inmaculado. Al trote atravesó el arco de entrada a aquel extraño castillo y, demostrando su agilidad, se apeó del caballo sin apenas esfuerzo.

No quedaba nadie en el patio del castillo de arena. Todos habían huido, poco tiempo atrás, dejando sola a la Princesa de la Esperanza Perdida, que se consumía en las ruinas de lo que antaño fue un hogar feliz, lleno de risas, gritos, ilusiones y sueños.

Es raro, aunque quizás sea lógico, pero cuando las cosas van mal poca gente se queda para luchar contigo, poca gente te apoya y, por desgracia son muchas personas las que huyen despavoridas, dejándote solo, abandonándote a tu suerte.

El caballero llevaba tiempo enamorado de la preciosa pero desafortunada Princesa. Una vez la quiso conquistar, pero la flecha de su particular Cupido se debió perder, y rasgando el viento, se clavaría en algún árbol, haciendo nulo el único intento que le quedaba para que la Princesa de las Esperanza Perdida fuese suya.

Aquel día escuchó en la taberna la triste historia de la Princesa, de cómo lo había echado todo a perder por su miedo a querer. La dijeron que estaba sola, desahuciada, abandonada en su gran castillo de arena que, como los castillos en el aire, se empezaba a desvanecer. Sin pensárselo dos veces, ensilló a su mejor caballo, necesitaba verla, saber cómo estaba, ayudarla y, después de cabalgar durante veinte horas sin descanso...

Allí estaba, contemplando las ruinas de la fortaleza aún majestuosa aunque también lúgubre y misteriosa. No se escuchaba nada, absolutamente nada. Silencio. Y de repente lo oyó. Un lamento. El sollozo de alguien agonizante, que sufre...

Dejó a su caballo blanco y salió corriendo en busca de lo que más anhelaba tener, su amor, el amor de la Princesa que, por desgracia, una vez le rechazó. Subió las escaleras, de dos en dos, aún con el ramillete en la mano. Y la encontró...

Estaba tendida en el suelo, de cara a la ventana, contemplando la playa, su playa, que una vez vio cómo el hombre de su vida se marchaba. Acurrucada, como si tuviese una pesadilla infantil y tapada con una manta gris porque debía tener frío.

Le escuchó entrar, las pesadas botas de hierro con las espuelas traseras hacían demasiado ruido como para no oírlo. Se giró, hacía tiempo que ya había perdido su última esperanza pero cuando le vio, una extraña mueca, muy parecida a una sonrisa, se dibujó en su rostro manchado por las cenizas de la chimenea.

La agarró, ayudándola a incorporase. Hacía tiempo que no andaba, desde que el último sirviente se había marchado, si ya no había dinero para ganar... La rescató, la rescató de su desesperanza, de su pesadilla, de la sombra del amor perdido que, tras dos años, aún no había conseguido borrar.

Ella en el fondo le quería, aunque se hubiese dado cuenta tarde. Estaba demacrada, era un fantasma de lo que había sido, pero él la seguía queriendo, aún más que el primer día que la vio, si cabe.

Pasaron los meses. Todas las tardes se reunían en el patio de la casa del caballero, donde la había refugiado aquella tarde que la trajo del Castillo de arena. La curó, la cuidó y dos semanas después, la Princesa volvía a brillar como la estrella más grande del Cinturón de Orión.

Reían, hablaban, discutían... La princesa encontró lo que había perdido hace tanto tiempo, se reencontró a sí misma y comenzó a ser como era en realidad y no como una marioneta del alcohol y del amor con fecha de caducidad.

Un día, una nevada tarde de invierno, sentado al lado de la chimenea, contemplando el blanco paisaje a través de los ventanales de la Casa del Caballero, la Princesa se dio cuenta de algo que no sabía de su anfitrión, curiosa, le preguntó.

“Caballero, ¿cuál es tu verdadero nombre?” le preguntó inquieta la Princesa de la Esperanza Perdida.

Como si saliese de un sueño profundo, el caballero la miró. Sonrió y volvió a mirar al cristal empañado.

“¿ Mi nombre?” repitió “Mi nombre completo es el Caballero de las Esperanzas Encontradas.”

Y rieron en aquella nevada tarde en la que el anochecer bañaba el paisaje de blanco y negro.

Dani Rivera