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A la luz de la luna.



Escrito por  Dani Rivera     10/28/2010    Etiquetas: 
El golpe seco del balón al rebotar aún retumba en mis oídos cada vez que me acuerdo de aquel verano. Las últimas luces del día se diluían por el horizonte, y los rayos de un sol casi extinguido teñían el anochecer de naranja. Quedaba poco para que la oscuridad más tenebrosa se cerniese sobre nosotros, pero no nos importaba.

Seguíamos jugando al baloncesto en aquella cancha sin luces, tratando de encontrar, a tientas, aquel preciado balón que nos convertía durante escasos segundos en pequeños héroes. Mientras, a nuestro alrededor, un pequeño grupo de tres chicas, apuraban los últimos minutos del día, patinando despreocupadas y charlando animadamente en una conversación un tanto extraña, interrumpida, a veces, por nuestros gritos salvajes pidiendo ayuda en la defensa o casi rogando que nos pasasen aquel anaranjado y desgastado balón.

Tres años, tres años casi ya han pasado de aquel lejano verano de 2008 y los recuerdos de aquella época andan apilados en algún oscuro rincón de mi memoria. Pero sobre todos ellos, encima de todos los malos y de los buenos momentos, por encima de las risas y las lágrimas, de las desilusiones y los sueños, consigo siempre desempolvar un agradable recuerdo que hace que una sonrisa se dibuje en un rostro que no está muy acostumbrado a ello.

Era una de aquellas patinadoras que rondaban a nuestro alrededor y me acuerdo, como si fuese hoy, del día en que la conocí.

Aún quedaban algunas horas para el ocaso. Agotadas y exhaustas, dos chicas recuperaban fuerzas sentadas en los cimientos de una de las canastas de aquel polideportivo. Nosotros, mientras, sin preocuparnos por ellas, seguíamos haciendo lo que llevábamos haciendo todo el verano, jugar al baloncesto. De repente, unos ojos verdes se cruzaron con los míos y, durante un escaso instante, me fui completamente del partido, milésimas de segundo después, ella apartó su mirada y girando la cabeza, traté de olvidarme de ella.

No podía, a cada balón que tocaba, cada pase que daba, pensaba en ella y, desesperado, trataba de buscarla girando la cabeza hacia la canasta de mi espalda. La veía conversar, sonreír, escuchar, pero no se volvió a fijar en mí. No conseguía que se me pasara, a cada jugaba, ansioso, buscaba una mirada cómplice, a cada segundo, desesperado, intentaba observar furtivamente su rostro durante un breve instante...

Nunca he estado tan seguro de algo como lo estuve aquel día. Un extraño sentimiento se apoderó de mí y en mi cabeza no dejaban de sonar una extrañas voces que me susurraban que ella sería alguien especial para mí. Desde entonces, tan sólo una vez las he vuelto a escuchar, a aquellos ecos lejanos provenientes de mi mente, aquellas vocecillas apagadas que muy de vez en cuando me indican que alguien llegará a convertirse en una persona muy importante para mí.

El caso y sea como fuere, me fui enamorando de ella, poco a poco, día tras día, la veía patinar y anhelaba ser yo la persona que la rescatase del suelo cuando cayera, si es que alguna vez lo hacía, deseaba ser yo a quien esperase sentada a los pies de una canasta, quería, casi imploraba a Dios, que ella fuera tan mía como tan suyo fuese yo...

Se llamaba y se llama Laura. Tenía y aún sigue teniendo unos preciosos ojos verdes y una sonrisa de la que te quedas prendado nada más verla. Se nota a la legua que es especial, que es una chica totalmente distinta a todas las demás, que es una persona por la que merece la pena morir...

El día en que por fin hablé con ella fue uno de los momentos más felices de mi vida. Me acuerdo estar temblando, intentando disimular el inquieto movimiento de mis manos sujetando el balón y lanzando a canasta. Recuerdo que congeniamos muy pronto, que casi de inmediato me di cuenta de que era mi alma gemela, mi media naranja, la mitad de mi corazón...

Aquellas semanas pasaron rápido, cuando estás enamorado tiendes a idealizar las cosas, pero aún así, creo que aquellas tres semanas fueron, posiblemente, unas de las más felices de mi vida.

Esas noches, iluminados únicamente por la escasa luz de la luna, con el sonido suave de los grillos de fondo, la tenía entre mis brazos, intentando calmar aquel frío de septiembre. Esas noches, que ahora parecen tan lejanas, pasaban preocupantemente deprisa y yo intentaba guardar en mi memoria, todos y cada uno de los momentos que pasaba junto a ella, junto a la que fue durante unas semanas, la piedra que sostenía los cimientos de mi vida.

Podrá pasar el tiempo, años y años, pero jamás olvidaré aquel primer beso. Avergonzados, sintiéndonos extraños junto a una persona a la que conocíamos perfectamente, con los nervios a flor de piel, nos acercamos lentamente, sin prisa, como si la noche fuese única y exclusivamente para nosotros y cuando la luz de la luna dibujaba el horizonte llegó uno de los momentos que con más pudor y a la vez, con más orgullo, guardo en un cajón del rincón de mi mente.

Bien está lo que bien acaba y por eso, ahora, puedo sonreír sabiendo que la sigo teniendo a mi lado, por eso puedo esbozar una amplia sonrisa cada vez que la veo, por eso es y será mi mejor amiga...

Y ella... se llama Laura...

Dani Rivera

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