“Damián, mañana a la hora de siempre, en el mismo lugar ¿ok?” “Esperaré impaciente a que lleguen las cinco de la tarde de mañana.” Cerró la conversación, deslizó el ratón hasta la esquina inferior izquierda de la pantalla. Un clic. Apagar. Otro clic. Instantáneamente la preciosa vista que presidía el escritorio del ordenador cambió y en su lugar apareció un fondo azul celeste con un mensaje
