Llovía, mejor dicho diluviaba. La noche del fin del mundo parecía un día más cerca y en aquel caótico y desordenado ático de la vetusta Oviedo se podía escuchar cada pocos minutos el rasgar del viento, ese susurro apagado, señal inequívoca de un día inapacible. El trueno y el pitido del timbre de la puerta de abajo parecían haber quedado de antemano para coincidir en el tiempo. Era Abril. La
