Sígueme
Acabó. Terminó el primer año, el de la resaca post PAU, el año de aclimatación a una nueva vida, a la universidad, a una forma distinta de trabajar. Y la verdad no me puedo quejar, a veces, incluso, me pregunto si no soy un niño demasiado mimado, si no tengo ya todo lo que quiero. Pero siempre llegó a la misma conclusión.

No tengo todo. Claro que no. Me falta mi infancia, el patio, los balones, la charla con mis amigos, el paseo hasta la biblioteca para refugiarse durante unos minutos de la habitual tormenta que hacía acto de presencia en el recreo. Echo de menos a algún profesor, a algún compañero que no he vuelto a ver desde que nuestros caminos se separaron hace ya un año. Echo en falta alguna clase en particular y las carcajadas en los intercambios. Mi mente todavía guarda apilados, en enormes cajas de cartón, folios y apuntes de educación física, historia o lengua.

Tengo la misma sensación que ya he tenido antes, justo cuando llegué a Valladolid y me despedí de mi querida Medina, solo que ahora ese sentimiento es mucho más fuerte, más profundo y duele horrorosamente más, porque sé que, haga lo que haga, el tiempo de colegio pasó, que nunca voy a volver, que es una etapa en mi vida que cerré definitivamente aquella tarde en la que grité de alegría al comprobar que había aprobado, que ya era universitario. Un capítulo acabado o una página en la que ya no caben más palabras. Y, como en todos los finales, lloras.

He de confesar que sé perfectamente que jamás he dejado huella en ningún lado, que nadie me va a echar de menos el día de mañana en aquel colegio en el que pasé tanto tiempo, que ninguna persona va a llorar si dentro de algún tiempo desaparezco, porque nunca le importé a nadie, a nadie, salvo a mis amigos. Es triste, lo sé, pero toca asumirlo.

Asumir que eres un mero ladrillo de un magnífico monumento, un minúsculo grano de arena en una bella playa o una fría gota de agua en la inmensidad del océano. Pero también te das cuenta de que sin ese simple ladrillo, el monumento se derrumbaría, que sin ese minúsculo grano de arena, la playa podría perder su belleza o que sin esa fría gota de agua, tal vez quizás, el océano ya no sería tan inmenso.

He estado ojeando la revista del colegio de este año. En las páginas centrales ya no estábamos nosotros, como hace un curso, no conocía a nadie excepto a una sola persona con la que hace meses que no hablo. Es la misma sensación. Sentir que la vida es como la inmensa playa a la que me refería, que a cada paso que das, se borra la huella del anterior, que no dejas ningún recuerdo tuyo más allá de una orla que perdurará durante años en el pasillo que te vio crecer.

No he marcado un antes y un después en ningún sitio. Soy excesivamente normal, arrebatadoramente tímido, demasiado introvertido. Nadie nunca se ha fijado en mí y ha creído ver un futuro prometedor o un presente maravilloso detrás de mis pupilas. Yo no habré dejado huella en el colegio, pero desde luego yo llevo el colegio tatuado a fuego en el corazón.

Dicen que cada segundo que pase,
es uno menos para llegar al final.
Dicen que cuando el muñequito verde se enciende,
tienes permiso para soñar.
Dicen que cuando una puerta se abre,
otra se debe cerrar.
Dicen que la poesía ya no se escribe,
que tarde o temprano agonizará.
Dicen que la libertad oprime
y que impide imaginar.
Dicen que cada oportunidad que pase,
es una menos por aprovechar...

Dicen que los abrazos son eternos si estoy a tu lado,
que no existiría sujeto sin predicado...
Dicen que en tus labios se para el minutero,
que a cada minuto que pasa, te echo de menos...
Dicen tantas verdades que no son verdad...
La única certeza que ahora tengo es que jamás te voy a dejar...

Dicen que las relaciones no son para siempre,
que te cansas
Dicen que el amor se muere
y la llama se apaga
Pero... ¿Y si tengo una caja de cerillas lista para usar?

Era una mañana de finales de septiembre. Una espesa neblina se cernía sobre el río Pisuerga dotándolo de un aspecto fantástico, casi mágico y, sin apenas prestar atención al halo de irrealismo que desprendía el apacible agua, un autobús blanquiazul rasgó velozmente la densa niebla y cruzó el puente en escasos segundos.

Estaba nervioso, muy nervioso. Era mi primer día de clase en mi facultad. El simple nombre de Universidad hacía que pareciera mayor de lo que me creía, me hacía pensar que ya no era tan niño y que la hora de jugar y reír había quedado, hace tiempo, atrás. El pulso se me disparaba por momentos y trataba de borrar de mi frente un sudor imaginario que me parecía recorrer todo el cuerpo. Sentía que cada minuto que pasaba me ahogaba un poco más, intentaba coger una bocanada profunda de aire, pero no daba resultado, así que me limité a buscar algo con lo que poder distraerme, durante unos escasos segundos, al otro lado de la ventana de aquel renqueante bus.

Cada metro era uno menos para llegar, cada parada que se quedaba atrás era una menos para llegar a mi destino final, cada latido de mi inquieto corazón era uno menos que restaba para acabar en aquella facultad, en esa vieja Escuela Universitaria que poseía aquel aspecto elegante que le confería la inmensa fachada marmórea.

Me abstraje durante los escasos segundos que tardé en llegar hasta allí, después de bajarme en la parada más cercana del bus y sin darme cuenta, estaba andando hacia un gran edificio de color ocre con unas ventanas verdes que se encargaban de poner el toque llamativo. No sentía nada, por unos momentos la sorpresa se dibujó en mi cara, preguntándome a dónde habrían ido aquellos latidos tan sonoros que retumbaban en mi pecho, por unos instantes no tuve miedo, ni temor, ni respeto, durante un breve periodo de tiempo, me invadió un sentimiento positivo que me hacía creer que podía hacer todo lo que me propusiera... Por desgracia, pasados diez segundos, toda aquel despliegue de sentimientos cruzados, cesó.

Allí estaba. Apoyado sobre una columna, intentando no mezclarme con todos los que a partir de entonces serían mis compañeros, aparentando ser una isla solitaria en el inmenso océano, nunca jamás me ha importado estar sólo, es más, a veces, incluso, se agradece y por esto, el tiempo que transcurrió entre mi llegada y que saliera el último grupo de chicas de la clase anterior del aula, pareció pasarse con bastante celeridad.

No recuerdo a nadie en especial, pero cuando la puerta de entrada a aquella gran sala repleta de mesas se convirtió en un embudo, me fijé, detenidamente y una por una en todas las personas que la cruzaban. Andaba perdido, muy perdido...

Después, no recuerdo nada, oscuridad, es como si hubiera olvidado todo, como si estuviera en un túnel vacío, sin una luz de un tren a lo lejos, tan oscuro como un enero en soledad... Todo lo que me queda de aquel día no tan lejano es un breve reguero de imágenes que no me llevan a ningún sitio, y que terminan por desembocar en aquel rostro, en su cara, en aquellos ojos, en su mirada, en aquella sonrisa, en sus labios...

Y pasaron los días y terminamos hablando y pasaron los días y cada vez me sentía más próximo a ella. Me encantaba levantarme todas las mañanas pensando que tenía un motivo por el que hacer aquel esfuerzo sobrehumano, me alegraba la simple idea de que quizás ese día habláramos durante un largo rato que para mí siempre acababa demasiado pronto y por ella, por su culpa cometía tantas estupideces al cabo del día.

Me levantaba todos los días antes de que sonara el molesto despertador. Rápidamente, hacía todo lo que debía hacer y como una exhalación, me dirigía a la parada del autobús. A simple vista, todo parecía normal, pero sin embargo, estaba todo planeado. Todos y cada uno de los largos días de la semana cogía el bus que pasaba veinte minutos antes del que en realidad debería coger, tan sólo para coincidir “espontáneamente” con ella en el tramo final de camino a la facultad y todos y cada uno de los cinco días, perdía el bus que tendría que coger, simplemente para acompañarla durante unos escasos metros y que, al final de estos, cuando me daba la vuelta para encauzar mi camino, me dedicase aquella sonrisa, aquella sonrisa que, sin saber por qué, tan feliz me hacía.

Me fui enamorando, poco a poco, de ella, me fui quedando colgado de sus ojos, prendado de su risa, fui cayendo, sin darme cuenta, en lo más profundo de su mirada. Sin embargo, cada día me sentía peor, tenía miedo al rechazo, tenía miedo de depender tanto de ella y no sabía que hacer, si arriesgarme a que me rompiera el corazón o alejarme de su sonrisa.

Aquel día todo me iba bien, mi visión más pesimista de mi vida parecía oculta detrás de una densa y ficticia capa de felicidad, era capaz de morir por estar durante un par de segundos abrazado a ella, cada segundo que pasaba aún la quería más, pero fui un cobarde o quizás una persona sensata al no darla el menor indicio de que me gustaba, pero aquel lluvioso día, en que el calor del interior de aquella clase hacía que los cristales se tornaran opacos, por culpa del vapor, algo cambió, todavía no sé si fue mi culpa o tal vez se debiera a su inconsciencia, a su nulo conocimiento de mis sentimientos.

Todo desembarcó en la puerta principal de entrada a aquel vestíbulo presidido por una especie de figurita de plomo pequeña, que coronaba la escalinata. Ya era hora de irnos y parecía de noche aún siendo mediodía, las nubes oscuras no dejaban entrever ningún viso de mejora, no aparecía ni un solo claro entre toda aquella masa grisácea que encapotaba un cielo otrora azul. La sujeté su carpeta verde mientras ella se afanaba por encontrar su paraguas entre todas sus pertenencias esparcidas sin ningún tipo de orden aparente por aquel bolso turquesa. Mientras intentaba hallar algo en el fondo de semejante caos, la contemplaba sonriente. Cada poco tiempo, se echaba la mano al pelo, intentando recolocar lo que su energía impetuosa despeinaba, deslizando el dedo pulgar por su frente muy suavemente. La amaba, me encantaba verla resoplar y despeinarse y que alzase la vista tras algunos segundos sumergida en las profundidades de su bolso y me mirara con cara de: “¿Qué hacemos si no le encuentro?”.

Tras pasar algo más de un minuto, se dio por vencida. Se lo debía haber dejado en la entrada de su apartamento de estudiantes, la que entre semana, era su casa. Y me miró y empezamos a reírnos, preguntándonos cómo lo haríamos para no mojarnos con la incesante lluvia torrencial. Ni siquiera nos paramos a barajar la opción de quedarnos a esperar en aquel amplio vestíbulo hasta que amainase, decididos, abrimos la primera de las dos puertas de la entrada y, con cuidado de no resbalarnos por culpa de aquel suelo ennegrecido y húmedo por las pisadas constantes de los estudiantes que no dejaban de entrar, nos detuvimos ante la segunda, la puerta que daba al exterior, la que nos separaba de un más que probable catarro, la que nos distanciaba de cometer una de esas locuras que jamás se olvidan.

Quince minutos, quince angustiosos y a la vez divertidos minutos en la que las gotas penetraron, a cada paso, por entre toda nuestra ropa. Quince largos minutos en los que no pude dejar de mirarla, riéndose, como una niña pequeña que estrena botas katiuskas un día de lluvia, saltando en cada charco, divirtiéndose como si estuviese en un patio de recreo, abrazándome mientras corríamos a una velocidad no muy rápida entre las facultades y los edificios más cercanos.

Y la acompañé hasta su portal. Vivía en uno de esos bloques de edificios que no destacan ente la multitud, esos pisos de ladrillo rojizo, con una terraza con verjas grises. Ese era su pequeño mundo, en el que le tocaba hacer su vida, al menos, durante los cinco días lectivos que tenía cada semana.

Su pelo empapado mojaba, gota a gota, el suelo de aquel portal de baldosas grises. Me fui a despedir, como siempre hacía, pronunciando un tímido adiós y dándome la vuelta, de regreso a mi triste vida porque sin ella no era nada, sin ella era un chico diferente que vivía amargado y al que le agobiaba pensar en un futuro en el que ella no estuviera, aquella chica me convertía cada mañana, en alguien especial, en alguien distinto, en una persona graciosa, amable, simpática, pero tras cada tímido adiós, tras verla girar y contemplar su sonrisa por última vez, volvía a mi vida gris.

Y allí, frente a frente, todavía riéndonos e intentando recuperar un aliento derrochado en aquella alocada carrera, nos miramos a los ojos. Nunca me había fijado en el color tan profundo de sus pupilas, según se mirase tenía los ojos color miel o bien de un tono verdoso, aquella mirada hacía que algo en mi pecho fuera a estallar, aquella mirada que me enamoró me devolvía cada día a mi triste realidad, pero en aquel momento...

Su sonrisa se fue apagando lentamente, yo no sabía que hacer, si despedirme e irme, de nuevo corriendo entre las calles solitarias y encharcadas o quedarme, porque sentía que ella tenía dudas, no hablaba, simplemente, se limitaba a mirarme a los ojos hasta que su sonrisa se transformó en una mueca extraña.

Lentamente, poco a poco, iba sintiendo su respiración más cercana. Cogía aire profundamente, tratandome de tranquilizar, algo que fue completamente inútil. Seguíamos sin apartar la vista de los ojos del otro, pero, paso a paso, nos acercábamos a nuestro final. Era preciosa, su pelo mojado centelleaba con la luz azul de tonalidades moradas de la bombilla del portal y sus labios dibujaban la amplia sonrisa de la que me enamoré instantáneamente aquel primer día. Traté de no romper la solemnidad del momento y suavemente y casi sin que lo notara, fui bajando mis manos hasta rodearla por la cintura y ella hizo lo propio, entremezclando sus brazos con los míos, fundiéndonos a fuego lento en aquel mediodía pasado por agua.

Aún me acuerdo del sabor de aquel primer beso, el dulzor de su perfume que, desde entonces me trae tan buenos recuerdos, el toque sutil del amargor de su pintalabios rojo apagado, la suavidad de sus labios, de su piel... Recorrí con mi mano izquierda lentamente su espalda, hasta llegar a su pelo negro azabache y noté como unas juguetonas gotas de agua, que seguían impregnadas entre su cabello, me resbalaban, zigzagueando, por mis dedos...

Aquel día dejé olvidada mi apatía, aquel día me encontré a mi mismo, aquel lluvioso mediodía conseguí, por fin, abandonar el intrincado caos en el que me hallaba sumergido, aquel esperanzador día, huí, para siempre, del cruel laberinto de la amargura.

Dani Rivera


George comenzaba a desesperarse. Tachaba una y otra vez los números garabateados en una hoja de papel que distaba mucho de estar perfectamente inmaculada, cada cierto tiempo echaba un rápido vistazo al ordenador, como si algo no le terminara de cuadrar tras horas y horas de duro trabajo. Estaba solo, sumido en la más absoluta oscuridad. Era de noche y poco quedaba ya para que los cambiantes dígitos rojos de un reloj que descansaba encima de su mesa anunciaran que había comenzado un nuevo y ajetreado día.

La parpadeante luz violeta del flexo hacía que cada poco rato se llevase la mano derecha a sus ojos y, frotándoselos suavemente, volvía a enfrascarse en aquel baile de números en el que se había visto envuelto desde las primeras horas de una soleada tarde de febrero. Nada. Absolutamente nada. Fueron varias las veces en las que creyó rendirse, en las que quiso dejar aquellos desordenados papeles encima de su mesa de caoba, apagar el ordenador y cerrar la puerta de su despacho, una de las muchas oficinas de aquel rascacielos, uno de los muchos que dominaban el horizonte y el cielo de la gran ciudad, de la capital de las ciudades, de Nueva York.

Se levantó de la cómoda silla de cuero que parecía pegársele a la espalda por momentos. Dio unos pocos pasos hasta llegar a la enorme ventana de su despacho. Cogió aire. Por muchos años que llevase en aquella gran oficina aún le seguía dando auténtico pánico la vertiginosa altura que le separaba del suelo. A lo lejos, al mirar hacia abajo, un gélido escalofrío le recorrió la espalda mientras contemplaba los pocos coches que todavía circulaban por aquella gran avenida, atestada de tráfico por el día e increíblemente vacía cuando el sol se ponía.

Suspiró. Su mes estaba siendo especialmente horroroso. Los problemas parecían haberse puesto de acuerdo para salir todos al unísono, aquella avalancha parecía premeditada, como si una mente perversa hubiese ideado todo aquel caos en el que ahora se veía sumergido. En el trabajo nada le iba bien y la gota que estaba empezando a colmar el vaso aún descansaba sobre su desordenada mesa, aquel informe le agobiaba y le atemorizaba a partes iguales, además, su novia, con quien había estado saliendo durante ocho eternos y, a la vez, mágicos años le dejó, huyendo del apartamento que compartían en un céntrico edificio de Manhattan para irse a vivir a un chalet en Nueva Jersey con uno de sus mejores amigos y antiguo compañero de trabajo.

Sentía como la corbata le apretaba la garganta, casi hasta el punto de asfixiarlo, deshizo el nudo que le oprimía el cuello y se sentó a los pies de la ventana. A través del cristal, se contemplaba una maravillosa vista, que parecía un precioso cuadro o una fotografía nocturna de los rascacielos de Nueva York, desde la planta trigésimo tercera de un monumental edificio que se alzaba hacia el cielo de la capital estadounidense.

Toda la oficina al completo estaba en silencio. Haría ya tres horas que el último trabajador había salido por la puerta del NY Building, de un rascacielos que se estaba convirtiendo poco a poco en su casa, un gigantesco coloso de cristal que emergía del suelo hasta acabar en el piso doscientos cinco, arriba del cual, en el tejado, un helipuerto ponía el broche al edificio.

Decidió acabar definitivamente y, cogiendo su chaqueta de raya diplomática, un tanto arrugada del perchero de su despacho, apagó el flexo y el ordenador. Intentó recoger el desorden que se había desatado desde primera hora de la tarde en su mesa y guardó las llaves de su flamante coche, aparcado en las entrañas del NY, en el bolsillo derecho de su pantalón.

Bajó por el ascensor después de despedirse del guardia de seguridad de su planta. Le apetecía andar y, desoyendo su voz interior que le decía que cogiera el coche y se fuese a descansar a su solitaria casa, salió por la puerta principal, coronada por un pequeño tejado. Bajó las escaleras a paso acelerado y justo cuando pisó el suelo firme de la acera, dejando atrás el último escalón, comenzó a diluviar sin previo aviso.
Meditó que hacer y tras unos escasos segundos ensimismado en sus pensamientos, se dio cuenta de lo que sería lo mejor y, andando bajo la invernal lluvia, se perdió entre las calles poco transitadas de Nueva York.

Solo escuchaba el chapoteo de sus caros zapatos de cuero al pisar el suelo mojado. No se cruzó con ningún coche y sus oídos no adivinaron ningún rugido de motor en la lejanía. Hubiese pensado que era el fin del mundo, que se encontraba solo en la ciudad de no ser por las luces que brillaban a través de las ventanas de los demás rascacielos. Caminaba sin destino fijo, empapando un traje que estaba, hacía unos minutos, perfectamente inmaculado y seco, gastando un tiempo que era antes muy valioso pero que, sin embargo, ahora le sobraba.

No tenía cuanto quería, no la tenía, ella se había convertido en el eje sobre el cual giraba su vida, en la base de su existencia, en un pilar sobre el que descansar cuando el destino no hace más que hacerte tropezar.

Vio su propio rostro reflejarse en uno de los muchos charcos que inundaban la acera. Tenía el pelo como si acabase de darse una ducha de agua caliente, le costaba reconocerse, era como si la derrota se hubiera dibujado en su cara haciéndola irreconocible hasta para él mismo. A su lado, de repente, comenzó a vislumbrarse un rostro de una palidez increíble, una cara femenina en la que cada detalle estaba perfectamente calculado al milímetro. Era rubia y los destellos de su cabello parecían cegarlo, en seguida se dio cuenta de quien era.

Hacía escasas horas, mientras se pegaba con aquella larga lista de números que no le terminaban de cuadrar, un email perturbó el solemne silencio del despacho. Cogiendo ágilmente el ratón, clicó sobre el icono del sobre sellado que venía acompañado por un “Para George” y una dirección de correo desconocida. El mensaje era sencillo, un simple “Todo entre nosotros ha acabado. Ch.” le llevó a darse cuenta de quien era el emisor.

Se llamaba Chris y en otra época había sido su mejor amigo y un excelente compañero de trabajo en un mundo en el que el que menos se pelea es el que siempre pierde, fue un acompañante de viaje por la selva inhóspita de aquel rascacielos. Es difícil sobrevivir en un hábitat en el que todos aguardan a verte desfallecer para lanzarse sobre ti, sin embargo, creyó encontrar a una persona muy diferente a las demás en aquel tímido chico de mirada huidiza, originario de la cercana Nueva Jersey.

Años después comprobaría que, en realidad, no era así. Fue el propio Chris quien le presentó, en una de las numerosas fiestas en su chalet, a Giuliette. Era italiana y estaba terminando el último año de su carrera, por aquel entonces andaba planteándose su futuro, el volver a su Palermo natal o quedarse en la ciudad de las oportunidades, buscarse un piso e intentar salir adelante en Nueva York.

Giuliette era amiga de la hermana de Chris y la conexión entre ella y George no tardó en surgir. Eran tal para cual, como dos imanes unidos, extrañamente, por un mismo polo. Tres semanas después de la fiesta y tras varias tardes de cafés y cine, la pidió salir mientras andaban, tranquilamente, por un paseo vacío entre los árboles silenciosos del Central Park.

Se lo pensó y, mientras caminaban callados, retumbaba en los oídos de George la última frase que acababa de decir. La miraba, esperando alguna señal que le invitase al optimismo o que le relegase al más oscuro de los olvidos. Después de diez segundos en los que George creyó ver su vida completa pasar ante sus ojos, Giulette sonrió y, retirando la mirada del suelo, posó sus ojos de aquel color verde tan sumamente fuerte en sus pupilas y se quedaron mirándose durante unos pocos pasos.

Ella se paró y casi al unísono, el tiempo se detuvo y Giuliette se abalanzó sobre él. Todavía recordaba los destellos de su pelo rubio al centellear con el sol primaveral que conquistaba todos los rincones de Nueva York, se acordaba del leve susurro en su oreja, de ese “Sí” apagado que le convirtió en el hombre más feliz de la tierra.

Escasos meses después de aquel momento, Giuliette se trasladó a vivir con él a un pequeño ático de uno de los edificios del centro de Manhattan. Ocho años después, cuando George empezaba a pensar en escalar al siguiente nivel, cuando comenzaba a quedarse parado cada vez que pasaba por el escaparate de cualquier joyería, prestando atención por si acaso el anillo perfecto se escondía detrás de un cristal, entre relojes y pulseras, en un pequeño negocio de la Quinta Avenida. Fue entonces, hacía apenas una semana, cuando una tarde, que comenzaba a teñirse de noche, su vida cambió.

Llegaba de trabajar más pronto de lo habitual. Aparcó el coche a pocos metros del portal de su casa, recogió la cartera y metió unos papeles con delicado esmero para no arrugarlos. Subió las escaleras, y se quedó quieto, enfrente de la puerta, mientras buscaba las llaves para abrirla, palpando los bolsillos de su pantalón. En ese preciso instante, se abrió. Apareció de la nada dos personas besándose apasionadamente. El hombre se ajustaba la corbata de finas rayas blancas mientras se despedía calurosamente, recorriendo la espalda de la mujer con la mano que le quedaba libre. Él era Chris y ella...

¿Qué hay que hacer en esos momentos? George se giró y volvió a bajar por las escaleras que acababa de subir. Ellos apenas se percataron de que alguien les había estado viendo y siguieron besándose bajo el marco de la puerta.

Arrancó el coche al tercer intento. Estaba fuera de sí pero extrañamente calmado. Parecía como si estuviera en uno de esos sueños del que siempre quieres despertar, de un sueño que lentamente se convertía en pesadilla. Conducía hacia ningún sitio y ya estaba empezando a oscurecer. Su teléfono móvil comenzó a sonar. Era Giuliette. No lo cogió. Suponía que estaría preocupada porque no había llegado aún. George sonrió. “Ahora si que te importo ¿no?” pensó. Y siguió aferrado al volante hasta cruzar el puente para salir de la gran ciudad y poner rumbo a ninguna parte.

Volvió a la realidad. Las visiones del charco se habían desvanecido, pero a él aún le seguía martilleando el recuerdo de aquella mujer, por supuesto que conocía el nombre de aquella chica rubia de ojos verdes profundamente oscuros, claro que sí, nunca se hubiera olvidado tan pronto del amor de su vida, de Giuliette, de su Giuliette.

¿Sería un error tan grave hacer lo que estaba apunto de hacer? Había andado hasta entonces haciendo caso siguiendo las voces de su subconsciente y ahora estaba enfrente de su nueva casa. Acababa de trasladar los últimos muebles del ático de Manhattan hasta aquel minúsculo apartamento alquilado a escasos minutos de la oficina de George en el NY.

Se veía tentado a llamar al portero. Deslizó su inquieto dedo índice hasta parar en el número de su casa. No podía. Le había hecho mucho daño. Era incapaz de perdonarla, de intentar olvidar lo que había pasado en esas últimas semanas. Pero es que era ella, la que durante ocho años creyó que era el amor de su vida, la mujer con la que se casaría, la madre de sus hijos y, sin embargo ahora, ahogaba su ira bajo una lluvia torrencial mientras contemplaba, ensimismado, la tibia luz que dejaba pasar las cortinas grisáceas de su salón.

Era la tercera planta de un pequeño edificio, de un edificio que parecía fuera de lugar, rodeado de gigantescos rascacielos. Sentía algo muy extraño. Ella estaba allí, probablemente tumbada sobre un sofá marrón, un tanto anticuado, viendo la vieja televisión que solía emitir unas molestas franjas blancas y negras cada poco tiempo. La tenía tan cerca, pero sin embargo, estaba ya tan lejos.

Giuliette era para él uno de esos errores que tratas de dejar atrás, de olvidar lo antes posible pero, ahora, por culpa de aquel correo tan inoportuno de Chris y guiado por sus propios pasos se encontraba de nuevo frente a lo que más había temido.

Se giró. Volvía al NY, a coger el coche y a encerrarse en casa durante otra solitaria noche de viernes. Las cortinas se movieron de repente, pero George no lo vio. Estaba pensativo, subiendo a la acera aunque no pasase nadie. Escuchó, en el silencio sepulcral, una ventana abrirse. Alguien gritó.

“¿George?”

¿Y ahora que hacía? Decidió no alterar sus planes y continuó como si nada hubiera ocurrido, sin darse la vuelta, sin hacer el menor atisbo de haber escuchado aquel grito casi desesperado.

“¡George!” Volvió a insistir.

Sonó como un disparo, sin embargo solo fue el estridente ruido de una ventana al cerrarse de golpe. En un árbol cercano a él, un pájaro se inquietó y huyó volando, buscando quizás un lugar donde nadie le pudiese importunar de nuevo.

Continuó andando. George escuchaba el leve chapoteo de sus pasos en la acera encharcada. El silencio volvió a reinar en aquella calle de la capital estadounidense. Un silencio efímero porque en pocos segundos, otro golpe le quebró.

Empezó a diluviar con más insistencia sobre Nueva York. Supo perfectamente lo que ocurría cuando oyó los pasos de alguien correr, no le hizo falta mirar hacia atrás, la conocía de sobra. En pocos segundos le dio alcance.

“George, espera.” le agarró del hombro. Dudó si apartar su mano o girarse por completo, no hizo nada, se limitó a proseguir su camino.

Giuliette se puso delante de él, bloqueándole el paso. Apenas llevaba décimas de segundo bajo la torrencial lluvia y su destelleante pelo rubio estaba ya empapado y las gotas la recorrían aquel pálido rostro.

“Sabía que eras tú, no podía ser otro, no hay nadie capaz de venirme a buscar andando mientras parece que se va a acabar el mundo. No sabes cuanto lo siento, de verdad, lo siento mucho, por favor, dejame que lo explique, tengo muchas cosas que contarte.”
“No quiero, Giuli, no me apetece tener que volver a pasar por lo que pasé hace un mes.” Le respondió, al fin, George. “Ha sido un error venir hasta aquí, sé que no me creerás pero era el último sitio al que me apetecía venir, todavía me pregunto como he sido capaz de llegar frente a tu casa.”

Mentía y ella se dio cuenta. Sabía que el corazón le podía más que la cabeza y Giuliette era aún la dueña de aquello que un día le rompió. Le agarró de la mano. Se fueron acercando, lentamente, poco a poco, suspiro tras suspiro. Giuliette comenzaba a sentir sus latidos desbocados, la respiración se le aceleró y George la rodeó fuertemente con sus brazos.

Dejó su mano derecha sobre la cadera y con la izquierda recorrió rápidamente su espalda, de sur a norte, de abajo a arriba, hasta llegar a aquel rostro con el que tanto había soñado durante aquel último mes. Seguía lloviendo, pero parecía no importarles. La acarició suavemente, limpiándola las frías gotas que resbalaban por su cara y llevó la mano a su nuca. Se acercaban y quedaban escasos segundos para la colisión. Giuliette cerró los ojos, él, sin embargo no, prefirió guardar aquel momento con todo detalle en lo más profundo de su memoria por si acaso jamás se volvía a repetir.

Ella suspiró profundamente. Escasos milímetros. Sus húmedos labios se rozaron. George hizo ademán de retirarles, como si se fuera a arrepentir en el último segundo. Sabía Giuliette que era incapaz de hacerlo pero, aún así, arremetió contra sus labios con fiereza, buscando calor para sus heladas manos ,le desabrochó su elegante abrigo y le rodeó por la cintura, deslizando sus manos pausadamente hacia abajo.

Abrió la puerta de su casa con muchos problemas. Era complicado intentar hacer algo cuando estás preocupada por hacer otras cosas. Al cabo de un minuto, Giuliette lo consiguió. La cogió en brazos y cerró la puerta.

Ella aprovechó para quitarse las zapatillas empapadas con las que había bajado a buscarle, tirándolas sobre la alfombra del salón. La tumbó suavemente sobre su cama y se quitó el abrigo y la chaqueta arrugada, arrojándolos al sofá marrón. Volvieron a juntar sus labios en una explosión de pasión desenfrenada. Giuliette comenzó a desabrocharle los botones de la camisa, uno a uno y cuando acabó, George la tiró sobre el suelo de la habitación...

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Aún seguía allí la camisa azul de rayas blancas, sobre el frío suelo de una habitación que comenzaba a teñirse de naranja. Era la única vez en todo el día que la luz del sol podía abrirse paso entre la jungla de rascacielos que rodeaban el pequeño edificio de cinco plantas.

Estaba despierto, acariciando con ternura el brazo derecho de Giuliette. Intentaba pensar con claridad, pero era imposible. ¿Había hecho lo correcto o se había limitado a actuar según le dijo su impulsivo corazón? Ahora ya era tarde y no había remedio.

Los párpados de la joven se abrieron, dejando a la vista sus preciosos ojos verdes. Se giró para mirarle y él inclinó su cabeza hacia la izquierda.

“¿Y sabes lo mejor de todo?” le dijo Giuliette a modo de Buenos días. “Sé que lo de Chris fue un error, te echaba de menos, comprendí que no podía vivir sin tu sonrisa, sin tus miradas cómplices, sin compartir amaneceres como este, me di cuenta de que Chris no eras tú y me dio miedo, miedo de haberte perdido definitivamente y le dejé.”

Parecía que estaba a punto de resbalar alguna lágrima por su cara, pero continuó.

“Me quedé llorando, tirada en el sofá. Chris fue un error, un error muy grave, un fallo de esos que nadie nunca perdona, pero me di cuenta de que tú eras George y de que tú, por suerte, eres muy diferente de los demás.”

Se abrazaron y callaron. Mientras, Nueva York empezaba un nuevo día y un sol recién estrenado bañaba el impenetrable horizonte de rascacielos de un color naranja, del mismo naranja que simboliza el volver a empezar, el volver a retomar una vida que habías dejado aparcada.

Dani Rivera.
Disculpad otro largo periodo de inactividad. Ya estoy de vuelta con más Relatos de un romántico. En escasos días publicaré el primero de otra larga lista de relatos. Por último me encantaría dar las gracias a todos los lectores de Relatos de un Romántico, a los españoles, a los argentinos, mexicanos, chilenos, venezolanos, ecuatorianos y de demás países de lengua hispana, a mis seguidores de Twitter o a los que visitan a través de Tuenti. A todos ellos, o mejor dicho, a todos vosotros, muchas gracias.

Y agradecer especialmente a toda la gente que me apoya, tanto en el libro de visitas, como por cualquier red social anteriormente mencionada. De nuevo, gracias. Es un placer escribir para gente como vosotros.
Estaba absolutamente aterrado. Sentado, con las manos en mis rodillas, dándole vueltas a pensamientos absurdos que apenas sí me lograban abstraer de mis intensas preocupaciones, rodeado de la soledad, en un banco de un largo pasillo en un impoluto y a la vez aterrador hospital.

Sentía una gran presión en el pecho, tenía miedo de que todos mis temores me esperasen detrás de aquella puerta, camuflándose entre un señor de bata blanca y una mesa repleta de instrumentos médicos y papeles desparramados por encima.

Tragaba y tragaba saliva, cogía bocanadas de aire inútiles porque seguía ahogándome en mis temores más perversos, no podía más, había vivido toda mi vida pensando en lo mal que estaba, en lo solo y en lo triste que me sentía y ahora, sin embargo, me daba cuenta de lo estúpido que fui, de que aquellos miedos no eran más que sentimientos absurdos, porque cuando uno se encuentra en el borde del precipicio, se pone a pensar en lo feliz que realmente era cuando pensaba que la vida no le sonreía.

Se abrió, sin previo aviso, la puerta de mi izquierda. Una voz masculina, de tono más bien grave y calmado, pronunció mi nombre y yo, aturdido, con mi corazón agonizando, como si estuviera exprimido por un puño cruel, me levanté y entré en aquel despacho en el que todo estaba sumamente ordenado, sin dejar nada al más remoto azar.

Me senté en aquella silla azul acolchada, situada justo enfrente del doctor, que ni si quiera se dignó a mirarme, permanecía absorto ojeando papeles y papeles, informes e informes. Cuando por fin acabó, unos segundos más tarde que a mí se me hicieron eternos, clavó su mirada en mis ojos y respirando profundamente, me dijo:

“ El tratamiento no ha servido de nada, lo siento.”

Me derrumbé, los cimientos de una vida entera se vinieron abajo en escasas milésimas de segundo, mi enfermedad, una enfermedad silenciosa que llegó un maldito día y que no se ha vuelto a ir, acababa de arrasar todas mis esperanzas, acababa de destruir mi mundo. Sin embargo, no lloraba, no conseguía derramar una sola lágrima, me mareaba, era una situación extraña, como cuando te despiertas y no sabes si aún continúas en una pesadilla o si ya estás en el mundo real.

“ ¿ Y eso significa que me quedan...?”

Dejé que acabase la frase, sentía que se me nublaba la vista, que no lograba hacerme a la idea de algo a lo que pensé que estaba preparado. Llevaba tres años con aquella extraña enfermedad, tres largos años en los que creía haberme preparado para aquel momento, tres años en los que pensaba que tarde o temprano mi vida llegaría a su final, mi camino se terminaba allí, acababa justo en el borde de aquel acantilado, donde las olas rompían... Tres años de sufrimientos, de pesadillas... Tres años de amarga agonía.

“Apenas 24 horas”

Su voz tenía un deje de dolor, obviamente a nadie le gusta dar una noticia así. Sin respiración, huí, salí a toda prisa de aquella habitación que cada vez se hacía más pequeña, ahogándome lentamente.
Mi final ya estaba fijado, pero mi destino aún no estaba escrito, debía asumir la dura verdad, cuanto más tiempo perdía, menos quedaba.

Decidido a olvidar aquel inhumano cronómetro, arranqué el coche, dispuesto a cometer una locura, algo que debí haber hecho hace mucho tiempo.

Aparqué en frente de un edificio de viviendas muy alto. Llovía, pero no me importaba mojarme lo más mínimo, pisando charcos, llegué al portal de mi casa.

Estaba exaltado, fuera de mí y no era para menos. Lo primero que hice fue dirigirme velozmente a mi mesa, cogí lápiz y papel y comencé a pensar en todas las cosas que me gustaría hacer antes de morir. No se me ocurría nada, los minutos pasaban y pasaban. “Decirla lo que siento” fue lo primero que escribí, “Visitar Nueva York, Londres, Edimburgo y Amsterdam” eran ciudades a las que me hubiese encantado ir “Despedirme de todas las personas a las que quiero” aunque prefería no hacerlo, sería muy duro, pero era algo que debía añadir a aquella macabra lista, “Tumbarme al sol cuando llueva” era algo que siempre me había atraído, “Contemplar un amanecer” algo que parece tan normal, pero que nunca había hecho. Y así estuve durante minutos y minutos, escribiendo una lista extraña hasta que por fin, anoté la última cosa que me gustaría hacer antes de morir, un enigmático “Preparar todo” cerraba aquella lista, tras acabar, doblé sin mucho cuidado aquella hoja de papel y la metí en el bolsillo derecho de mi pantalón.

Cogí otro folio y comencé a escribir, intentando que el temblor de mi mano izquierda no impidese que el mensaje fuese ilegible, antes de irme, después de dejar un sobre blanco encima de mi mesa vacía, coloqué un disco en mi minicadena y me disponía a escucharlo cuando me disuadí a mi mismo de hacerlo al echar una ojeada a mi reloj.

En pocos minutos estaba enfrente de aquella tienda de decoración. A través del escaparate veía a una chica joven, con el pelo negro que la caía hasta los hombros, estaba ordenando antes de cerrar. Dio la última vuelta a la llave de la puerta de entrada de aquella tienda que tanto esfuerzo la había costado, era su sueño, desde pequeña anhelaba ser decoradora, poner color en vidas grises, transformar por arte de magia, la tristeza por alegría.

Salí del coche rápidamente. Aún llovía, crucé la calle con cuidado de no ser atropellado por cualquier conductor que, en semejante condiciones, no me viese. Pronuncié su nombre procurando no levantar mucho la voz, ella ya se perdía entre la multitud, después de haber abierto cuidadosamente su paraguas. Inmediatamente se giró y al verme, sonrió.

Jamás había sido capaz de reunir el suficiente valor o,a lo mejor, era que prefería mantener a una amiga que intentar hacer algo y perderla. Eramos grandes amigos desde que nos conocimos un lejano lunes de octubre de nuestro primer curso de carrera. Ahora, después de diez años de confesar secretos, después de diez años de esconder un sentimiento que me mataba por dentro cada vez que la veía... Diez años después, una enfermedad me ponía en una encrucijada y yo, ya había decidido el camino por el que decantarme.

Me acerqué a ella y no la dejé, siquiera, que me saludase. Mi dedo índice, veloz, la cerró los labios, yo no quería esperar más, no podía...

“Te quiero” la confesé “Te quiero desde hace diez años, diez años de silencio que no han servido para acallar las voces que me animaban a confesarte mi amor, te quiero desde aquella mañana de octubre en la que el caprichoso destino nos unió, te he querido y nunca he dicho nada... hasta ahora..”

En su cara se dibujó la sorpresa. Me sentía un poco estúpido, no sabía que hacer, que decirla, desconocía lo que ella haría, si se marcharía, si me ignoraría, pero ahora que ya había rebasado la frontera del dolor, nada me podría hacer aún más daño. Ella miró al suelo, me pareció ver una sonrisa en sus labios y, en pocas décimas de un largo segundo, se abalanzó sobre mí, y la rodeé con mis brazos y, debajo de aquel paraguas amarillo, cuando la lluvia más arreciaba, nos besamos mientras la gente nos esquivaba, eramos una isla de felicidad en el océano de la monotonía.

Tenía el pelo empapado, las gotas me resbalaban por la cara, pero ni a mí, ni a ella, nos importó. Fuimos andando, agarrados de la mano como dos locos enamorados, hasta mi coche. Eran las ocho y el sol invernal agonizaba hasta casi apagarse. Conducía sin un destino fijo, hasta que ella me agarró firmemente la mano que tenía en el cambio de marchas. Entonces, supe dónde ir.

Abrió la puerta de su casa. Sabía que la había leído la mente, que ella quería llevarme allí y sin decírmelo, aparqué enfrente de su puerta, la conocía demasiado bien... Dejó su bolso en una silla de la entrada, mientras yo me quitaba la cazadora y ella dejaba su abrigo en un percha del vestíbulo. La esperé sentado en su sofa mientras se iba al baño, cuando regresó se abalanzó sobre mí, sin previo aviso y me fue desabrochando la camisa, poco a poco, mientras sus labios se enredaban con los míos, recorría mi torso desnudo con su dedo corazón, lentamente...

Sentía que me desvanecía, la amaba, deseaba estar junto a ella toda la noche, anhelaba ser suyo, mis manos se fueron deslizando, desde sus hombros hasta sus caderas y la agarré fuertemente, queriendo seguir el compás que ella había iniciado. El sol finalmente murió y tras su muerte, la luna resucitó.

Me desperté por culpa de los insolentes rayos que se colaban a través de su persiana. Giré la cabeza, ella continuaba durmiendo sobre aquella cama que fue testigo de una noche de desenfreno, de una noche en la que no nos importó el mañana. Me levanté, cogí mis pantalones, mis zapatos y mi camisa, desperdigados entre el suelo del salón y su habitación. Busqué un pequeño papel en un bolsillo de mis vaqueros y le saqué.

Era la lista. Eché un vistazo a mi alrededor y encontré un bolígrafo. Taché todas y cada una de las frases de aquel papel arrugado con una fina raya negra, aunque no había hecho realidad ninguna. Me senté en el sofá donde había comenzado todo y tras pensar detenidamente, añadí una única frase al final de todos mis deseos. “Pasar mi último día con ella.” Sonreí, orgulloso, todas aquellas fantasías no eran nada comparada con esa. No había cumplido ninguno de mis sueños y, sin embargo, lo había hecho todo.

Me vestí mientras veía salir el sol entre las columnas de edificios. Aquel era el amanecer de mi último día. Me puse mis zapatos, cogí mi chaqueta y, con sumo cuidado, cerré la puerta. Debía hacer una última cosa y para eso, tenía que volver a mi casa.

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La costó, pero tras un forcejeo con la llave, consiguió entrar. Tres días habían pasado desde aquella noche que pareció no tener final y aún no podía contener las lágrimas. Llevaba un vestido negro que la llegaba más allá de las rodillas, zapatos del color del carbón y el rimmel parecía resbalarla por las mejillas.

Estaba en su apartamento y, rápidamente encontró una carta cerrada encima de una mesa vacía. Delicadamente, la cogió. “ Para mi amor eterno” rezaba la parte delantera de aquel sobre y, después de abrirle, sacó la carta.

Querida Laura,

Una vez soñé que despertaba junto a ti, por desgracia al despertar no te tenía a mi lado.
Una vez soñé que te besaba al fin, pero en la vida real nunca se cumple lo deseado.
Una vez soñé que moría sin ti, eso, por suerte, nunca se llevará a cabo.

Me he callado tantos Te quieros, he reprimido tantos besos y sin embargo ahora sé que podía haber sido mucho más feliz junto a tí, si te hubiera dicho lo que sentía mucho antes, todo hubiera cambiado.

No llores, quédate con los momentos que pasamos juntos, pasé mi último día aquí como siempre he deseado, yo ya no lloro, tan sólo lamento haber perdido un tiempo muy valioso... a tu lado.

Siempre tuyo.

Dani Rivera.


La dí dos besos. Era el punto y final de nuestra cita que se había prolongado durante algo más de hora y media en la que ella, una chica no excesivamente guapa llamada Natalia, se había cansado de insinuarse, de provocarme, de mojarse suavemente sus labios con su lengua, de recorrer mi brazo izquierdo con la punta de sus dedos, de peinarse sensualmente el pelo castaño cada vez que el viento se encargaba de despeinarla. Sin embargo, yo no había sucumbido ante la tentación, la tenía donde exactamente quería y sabía perfectamente que esa noche la chica no dormiría, pensando en que había sido capaz de ver yo en ella.

Pero ahora estaba justo enfrente, intenté mantener una cierta distancia para evitar que ella se abalanzase sobre mí y acabara besándome. No, no, tenía que evitarlo a toda costa, sabía lo que ella quería hacer a modo de despedida, así que corté la conversación rápidamente y la dí dos besos en sus mejillas sonrosadas por el frío.

Miré a mi reloj de correa de cuero negro, tenía prisa, aquella no era la única ni la última cita que tenía hoy. Me despedi con un fugaz “Ya te llamaré”. Aquello era cierto, de lo poco verdaderamente cierto que había dicho en la última hora y media, ella no me gustaba, no era fea, ni tampoco tenía excesivo peso de más en su voluptuoso cuerpo, pero no era mi tipo, para mí, la tal Natalia, era simplemente, el último nombre de una larga lista de chicas. Y, apresuradamente, tras dedicarla un “Adiós” muy rápido, me giré y casi huyendo, me alejé de su vista.

No recuerdo quien fue la última novia formal que tuve, ni cómo se llamaba, ni cómo era, no me acordaba de nada, de absolutamente nada, pero a partir de ella, a partir de esa chica, ahora desconocida, a la que un día besé, me había vuelto insensible, mi corazón era puro cemento, un muro de hormigón al que poco le importaba el frío o el calor.

A partir de aquella última y lejana novia, a quién estoy seguro de que un día dije “Te quiero”, no había vuelto a ser el mismo, ni siquiera me planteaba algo más después de una noche al calor del edredón, tal vez es que el amor de mi vida aún no había llegado o, quizás, ya se había marchado llorando de mi cama una mañana de domingo, pero hacía demasiado tiempo que no sentía absolutamente nada al ver un corazón con mi nombre tatuado en la corteza de un viejo árbol.

No quedaba nada para que llegase el catorce de febrero, el tan odiado y a la vez tan esperado San Valentín. Yo ya tenía cinco rosas rojas guardadas en la recámara, descansaban en el oscuro fondo de un cajón de mi salón, cinco rosas rojas que significaban cinco “Te quiero” vacíos a cinco mujeres diferentes que, al contrario que yo, sí que estaban enamoradas de mí.

Llegué, como siempre, puntual a la cita y me quedé esperando en la fuente de la plaza Zorrilla rodeada por un monumental edificio revestido de una piedra que se asemejaba al mármol, la Academia de Caballería. Estaba en el centro de Valladolid, justo enfrente de uno de los “pulmones” verdes de la ciudad del Pisuerga, el Campo Grande.

Era ya noche cerrada. El inmóvil agua de la fuente parecía un espejo, apenas tres personas caminaban silenciosas por el paseo Zorrilla. Me fijé en la esfera de mi reloj de agujas, echando un vistazo a la hora, pero, sin embargo, mi mirada se perdió entre los minúsculos dígitos de la fecha: 13 de febrero, once de la noche.

Había quedado con una chica que conocí un sábado por la noche en una céntrica discoteca de Valladolid. Y tardó, pero acabó llegando. Estaba radiante, vestida con unos sencillos pantalones vaqueros, un par de tacones marrones y una cazadora del mismo color. Nos dimos los dos besos de cortesía. Era preciosa, ni siquiera me importó que me dejase marcada, débilmente, la huella de color rojo carmín de sus labios en mis mejillas.

Caminamos. Su largo pelo moreno parecía acariciar al viento, al mecerse suavemente al compás de una suave brisa de invierno, sus grandes ojos verdes parecían desnudarme por dentro cada vez que nuestras miradas se cruzaban y su inmaculada sonrisa parecía intentar rivalizas con el brillo blanco de las estrellas de aquella noche de febrero.

Hablábamos mientras nos dirigíamos hacia uno de mis bares favoritos, cuando al terminar de cruzar el paso de cebra que nos conducía a la entrada del local, se abalanzó sobre mí y, sin previo aviso, me besó.

Esta vez no me importó, no la puse ninguna objeción, ni siquiera hice amago de retirar mis labios. Acabamos abrazados en mitad de la nada, a medio camino entre la puerta del bar y el paso de cebra. Recorrió con su mano derecha mi pierna, hasta llegar a uno de los bolsillos de mis pantalones donde tenía las llaves de mi casa y del coche.

Acercó sus labios rojos a mi oído, como si alguien nos pudiese escuchar en el centro del desierto, y me susurró: “Llevame a tu casa.” Tampoco puse trabas, la noche era larga y no tenía nada mejor que hacer.

Veinte minutos después, estaba abriendo la puerta de mi casa. La invité a pasar al salón, coronado por una enorme y preciosa chimenea que ponía la nota clásica. Encendí el fuego y cuando me iba a sentar en el sofá, a su lado, se levantó y me agarró de la mano.

“En la cama mejor ¿no?” dijo, esbozando una sonrisa que me recordó a la de una niña pequeña que se acaba de meter en un grave lío. Asentí con la cabeza y la llevé hasta mi habitación.

Me desperté en mitad de la noche. Ella, a mi izquierda, seguía durmiendo, arropada entre las sábanas, con cara de felicidad. Me quedé observándola durante largo rato, con la mirada con la que un preso contempla su libertad, con la mirada con la que un anciano contempla a un recién nacido, con la mirada cargada con un sentimiento llamado amor, algo que hacía mucho tiempo ya que no sentía. Y pensé, estuve pensando minutos y minutos, hasta que, sin saber por qué, abandone el calor que reinaba debajo de las sábanas y sin hacer ruido, me deslicé hasta el salón.

El fuego de la chimenea aún seguía ardiendo. Abrí con cuidado uno de los cajones de un gran armario. Saqué cinco rosas rojas y sin premeditarlo, arrojé cuatro al fuego casi apagado, que pareció estallar mientras devoraba sin piedad las flores.

Regresé a mi habitación, con la única rosa que me quedaba en la mano izquierda, y, al llegar la dejé delicadamente sobre su ropa, perfectamente doblada, que descansaba sobre una silla al lado izquierdo de la cama.

Había llegado a la conclusión de quemar cuatro “Te quiero” vacíos que no hubieran significado más que un precioso tiempo perdido, me había dado cuenta de que, por poco que la conociese, su quinta y última rosa ya tenía dueña, estaba seguro de que mi amor de verdad, mi chica perfecta, dormía ahora en mi cama.

Y procurando no despertarla, me tumbé de nuevo a su izquierda, y me quedé dormido.

El insolente sol que se colaba por las ranuras de la persiana me despertó. Sonreí y abrí los ojos. Estiré mi brazo para rodearla pero ya no estaba, no había nada en su lugar. Sorprendido, me incorporé rápidamente y eché un vistazo a la habitación. Una rosa roja descansaba sobre el suelo a los pies de una silla vacía.

Me levanté. Corriendo por los pasillos, aún se podía oler su delicado perfume. Llegué al salón y ya no había nadie, únicamente un pétalo de rosa medio quemado a la orilla de la chimenea. Le cogí y, arrodillado, con la mano izquierda manchada de ceniza, de polvo de rosa, me prometí a mi mismo renacer como un ave fénix, como un ave fénix que renace de sus cenizas, de unas cenizas que, en mi caso, eran de cuatro rosas rojas.

Dani Rivera.

- Imagen de portada: Academia de Caballería de Valladolid con la estatua de Zorrilla en la plaza que lleva su nombre en primer plano. Copyright perteneciente a: http://www.flickriver.com/photos/marcp_dmoz/tags/nikkor/

Ciudad Nevada es el título de mi primer libro. Recién comenzado, este nuevo proyecto me resta mucho tiempo para escribir mis Relatos, por tanto ruego que me perdonen los periodos de ausencia.

Si transladarte a vivir a otra ciudad no es muy sencillo, mudarte a la capital del frío debe ser algo que nadie debe desear. Pues bien, mochila al hombro, la vida de nuestro protagonista cambiará en un abrir y cerrar de ojos nada más coger el primer avión rumbo a Moscú.

Publicaré capítulos en este blog, permaneced atentos.

Gracias y un saludo.

Dani Rivera.

La espesa neblina se adueñó de aquella gélida mañana de noviembre. El sol, refugiado entre una espesa capa de nubes grises, apenas dejaba adivinar su existencia. Caminaba sólo, entre exhalaciones del vaho que augura que la temperatura es fría, se abría paso entre la densa capa, de hojas, verde y marrón que cubría, casi uniformemente, aquel paseo en una estampa digna de una postal otoñal.

Llegué al cruce, a aquel paso de cebra y al semáforo en rojo. Paré y mi cabeza se giró, automáticamente hacia la izquierda. Todos y cada uno de los días lectivos en los que me dirigía a mi facultad, lo hacía, esperando encontrarla caminando hacia mi mismo destino, esperando que mi mirada, ansiosa, la hallara en algún punto de su largo camino y que, al menos, pudiéramos recorrer los últimos metros juntos. Por desgracia cuando el semáforo se puso en verde no hallé rastro alguno de ella.

Y ese era el resumen de mi vida. Ella era la única razón que me empujaba a levantarme cada mañana para ir a aquella amplia clase, ella era la única ilusión que aún conservaba en mi aciaga vida, ella era la única esperanza, ella era... mi última esperanza.

Todos los días olvidaba mi amargo presente para intentar conseguir arrancar de su rostro una leve sonrisa que me empujara a continuar, su felicidad se había convertido en el único motivo para vivir, sonará triste, pero nunca la realidad es tan maravillosa como nos imaginamos.

Y llegó mayo. Y con él, los exámenes, el estudio, las tardes de primavera encerrados en la biblioteca, las mañanas en silencio, los nervios, los agobios, el trabajo, cada día que pasaba era uno menos para que acabara mi primer curso y, cuando los demás anhelaban que llegara el final y con él el verano, yo deseaba alargarle durante toda la época estival, estirarle para que nunca me separara de su lado, ampliarle porque para mí verano era sinónimo de tristeza, de soledad, para mi el verano significaba tener que pasar más de tres eternos meses sin ella a mi lado, más de noventa días en los que ella permanecería en su ciudad a cientos de kilómetros de mi extraña prisión carente de barrotes, de mi particular exilio en mi propio mundo. Pero sabía que todo lo que pensara o lo que anhelara daría igual, porque llegarían las vacaciones y por muy agobiado que me viera cuando me imaginaba sin ella, no me atrevía a decirla nada, prefería vivir en un sueño ideal que chocarme de frente con el duro muro de la realidad.

Quedaban dos semanas para los exámenes finales y andábamos enfrascados en una calurosa clase de desdoble, atendiendo a un profesor que no cesaba de explicar algo que jamás hubiésemos entendido. Me miró. Estaba sentada a mi lado, a mi izquierda y noté como sus ojos se clavaban en mí como requiriendo mi atención.

Sonriendo la devolví una mirada cómplice, casi furtiva, girándome durante un ínfimo segundo para no llamar la atención de un profesor que continuaba y continuaba señalando a la pizarra. Sin embargo, me valió un instante, las escasas décimas en las que mis ojos recorrieron su rostro para darme cuenta de que algo no marchaba del todo bien.

No me asusté, no tenía por qué, estaba a su lado y junto a ella era feliz. Dejé que acabara la interminable hora y media y tras agacharme a por la mochila, la busqué con la mirada, pero mis pupilas no se encontraron con las suyas.

Salimos por fin de aquella clase que se estaba convirtiendo por momentos en el más caluroso de los desiertos. Esperé a que se colocara con cuidado el bolso y se lo pregunté.

“¿Qué te pasa?”
“Nada, nada, no me pasa nada.” Me esquivaba y no lo entendía, hace apenas media hora intentaba encontrarme y ahora me rechazaba.
“Algo te pasa.” La insistí. “Te lo noto en el brillo de tus ojos.”
“Son cosas mías, sabes.” Intentaba disculparse y librarse de dar explicaciones. “Ayer tuve un día raro.”
“No, no, no solo fue ayer.” Volvía una y otra vez a forzarla a contestar, siempre he sabido escuchar y no me importaba ayudarla por muy grave que fuera el problema.
“He tomado una decisión y no sé si es la correcta.” Cogió aire, pero seguía sin mirarme, no levantaba la mirada de aquel suelo de piedras grises.
“¿Sobre qué?” Necesitaba ir sonsacando la información, poco a poco, hasta que ella se atreviera a contármelo todo, porque sabía que era lo que ella quería.
“Verás” Hizo una larga pausa, su mirada se dirigía hacia todos los lados menos hacia mí y no me gustaba nada. “El año que viene me voy a Madrid.”

Y junto con aquella declaración, mi frágil corazón se rompió en pedazos. Ahora, el que necesitaba coger aire, respirar profundamente y tranquilizarse era yo y no ella. Y sin embargo fingí que no me importaba, no más de lo que le puede importar a un amigo perder a una de sus mejores amigas, actué y guardé mis sentimientos para destaparlos cuando estuviera solo, tumbado en mi cama y con pañuelos a mi alcance.

Contuve las lágrimas, no me creía que fuera verdad, durante los primeros minutos, las primeras horas e incluso los primeros días no me quise a creérmelo. Después, pasadas cuarenta y ocho horas, me resigné a aceptarlo. Y durante aquellos angustiosos días las palabras entre nosotros cesaron y aumentaron los largos periodos de silencio, hasta que ella, sintiéndose incómoda quizás, me contaba sus mayores preocupaciones, preocupaciones que siempre derivaban en una misma realidad: Madrid. Siempre Madrid y el verdadero problema residía en que se la veía feliz imaginando su vida allí.

Un día, un viernes por la tarde, cansado de verla tan contenta imaginándose una vida en la que yo no tenía ningún papel, me hundí y me cansé de todo.

“ María” la corté, mientras ella narraba en voz alta el piso en el que se imaginaba que viviría en Madrid. “Vale ya, en serio, estoy harto, me gusta que te emocione tu futuro, me encanta que me cuentes tus sueños, pero se ha acabado, no puedo más.”

Aceleré el paso y ella, sorprendida, no me siguió. Quizás podría sido más cortés pero pensé con el alma en vez de con la cabeza, tal vez hubiera sido un gran momento para confesarla mi mayor secreto, pero me tragué las palabras que la debía haber dicho, me guardé para mí lo que de verdad pensaba. “María, cada vez que hablas de Madrid, cada vez que no me nombras cuando describes tu futuro... Haz lo que quieras, lo que te dé la gana, obviamente es tu vida y no la mía, vete si quieres, pero te pido por favor que me dejes de desgarrar poco a poco mi corazón, simplemente rompemele de una sola vez cuando te vayas, pero encima no me hagas aún más daño.” Esa fue la frase que retumbaba en algún lugar de mi cabeza, esa fue la frase que me acompañó durante los pocos días que quedaban para acabar el curso, el último viernes lectivo de un soleado mes de junio me volví a atrever a dirigirla la palabra, simplemente un seco “Adiós” que no sirvió para acallar las voces que me decían que hiciera algo, nunca me creí un cobarde, ni un orgulloso, pero aquella última vez que la vi no pude hacer nada. Ella, atareada en despedirse de todos los demás compañeros, ni siquiera se dignó en contestarme, sabía que estaba dolida y lo sentía y desde entonces, aquel duro recuerdo perfora mi memoria, desde entonces no he vuelto a tener otra ilusión por la que mereciese la pena vivir, desde entonces jamás he vuelto a tener una sonrisa por la que luchar y olvidar mis penas al entrar en clase, desde entonces...

Creí encontrarme a salvo durante algo menos de un año y, sin embargo, ella tan sólo fue un oasis en un infernal desierto, una dosis de calmantes en un paciente terminal que irremediablemente se salvará, una madera desgarrada a la que se aferra desesperadamente un naufrago a la deriva y, por desgracia, aquel ridículo Robinson Crusoe del amor, era yo.

Una vez creí conocerla perfectamente pero desde entonces no volví a saber de ella.

Dani Rivera.
El golpe seco del balón al rebotar aún retumba en mis oídos cada vez que me acuerdo de aquel verano. Las últimas luces del día se diluían por el horizonte, y los rayos de un sol casi extinguido teñían el anochecer de naranja. Quedaba poco para que la oscuridad más tenebrosa se cerniese sobre nosotros, pero no nos importaba.

Seguíamos jugando al baloncesto en aquella cancha sin luces, tratando de encontrar, a tientas, aquel preciado balón que nos convertía durante escasos segundos en pequeños héroes. Mientras, a nuestro alrededor, un pequeño grupo de tres chicas, apuraban los últimos minutos del día, patinando despreocupadas y charlando animadamente en una conversación un tanto extraña, interrumpida, a veces, por nuestros gritos salvajes pidiendo ayuda en la defensa o casi rogando que nos pasasen aquel anaranjado y desgastado balón.

Tres años, tres años casi ya han pasado de aquel lejano verano de 2008 y los recuerdos de aquella época andan apilados en algún oscuro rincón de mi memoria. Pero sobre todos ellos, encima de todos los malos y de los buenos momentos, por encima de las risas y las lágrimas, de las desilusiones y los sueños, consigo siempre desempolvar un agradable recuerdo que hace que una sonrisa se dibuje en un rostro que no está muy acostumbrado a ello.

Era una de aquellas patinadoras que rondaban a nuestro alrededor y me acuerdo, como si fuese hoy, del día en que la conocí.

Aún quedaban algunas horas para el ocaso. Agotadas y exhaustas, dos chicas recuperaban fuerzas sentadas en los cimientos de una de las canastas de aquel polideportivo. Nosotros, mientras, sin preocuparnos por ellas, seguíamos haciendo lo que llevábamos haciendo todo el verano, jugar al baloncesto. De repente, unos ojos verdes se cruzaron con los míos y, durante un escaso instante, me fui completamente del partido, milésimas de segundo después, ella apartó su mirada y girando la cabeza, traté de olvidarme de ella.

No podía, a cada balón que tocaba, cada pase que daba, pensaba en ella y, desesperado, trataba de buscarla girando la cabeza hacia la canasta de mi espalda. La veía conversar, sonreír, escuchar, pero no se volvió a fijar en mí. No conseguía que se me pasara, a cada jugaba, ansioso, buscaba una mirada cómplice, a cada segundo, desesperado, intentaba observar furtivamente su rostro durante un breve instante...

Nunca he estado tan seguro de algo como lo estuve aquel día. Un extraño sentimiento se apoderó de mí y en mi cabeza no dejaban de sonar una extrañas voces que me susurraban que ella sería alguien especial para mí. Desde entonces, tan sólo una vez las he vuelto a escuchar, a aquellos ecos lejanos provenientes de mi mente, aquellas vocecillas apagadas que muy de vez en cuando me indican que alguien llegará a convertirse en una persona muy importante para mí.

El caso y sea como fuere, me fui enamorando de ella, poco a poco, día tras día, la veía patinar y anhelaba ser yo la persona que la rescatase del suelo cuando cayera, si es que alguna vez lo hacía, deseaba ser yo a quien esperase sentada a los pies de una canasta, quería, casi imploraba a Dios, que ella fuera tan mía como tan suyo fuese yo...

Se llamaba y se llama Laura. Tenía y aún sigue teniendo unos preciosos ojos verdes y una sonrisa de la que te quedas prendado nada más verla. Se nota a la legua que es especial, que es una chica totalmente distinta a todas las demás, que es una persona por la que merece la pena morir...

El día en que por fin hablé con ella fue uno de los momentos más felices de mi vida. Me acuerdo estar temblando, intentando disimular el inquieto movimiento de mis manos sujetando el balón y lanzando a canasta. Recuerdo que congeniamos muy pronto, que casi de inmediato me di cuenta de que era mi alma gemela, mi media naranja, la mitad de mi corazón...

Aquellas semanas pasaron rápido, cuando estás enamorado tiendes a idealizar las cosas, pero aún así, creo que aquellas tres semanas fueron, posiblemente, unas de las más felices de mi vida.

Esas noches, iluminados únicamente por la escasa luz de la luna, con el sonido suave de los grillos de fondo, la tenía entre mis brazos, intentando calmar aquel frío de septiembre. Esas noches, que ahora parecen tan lejanas, pasaban preocupantemente deprisa y yo intentaba guardar en mi memoria, todos y cada uno de los momentos que pasaba junto a ella, junto a la que fue durante unas semanas, la piedra que sostenía los cimientos de mi vida.

Podrá pasar el tiempo, años y años, pero jamás olvidaré aquel primer beso. Avergonzados, sintiéndonos extraños junto a una persona a la que conocíamos perfectamente, con los nervios a flor de piel, nos acercamos lentamente, sin prisa, como si la noche fuese única y exclusivamente para nosotros y cuando la luz de la luna dibujaba el horizonte llegó uno de los momentos que con más pudor y a la vez, con más orgullo, guardo en un cajón del rincón de mi mente.

Bien está lo que bien acaba y por eso, ahora, puedo sonreír sabiendo que la sigo teniendo a mi lado, por eso puedo esbozar una amplia sonrisa cada vez que la veo, por eso es y será mi mejor amiga...

Y ella... se llama Laura...

Dani Rivera