Sígueme

La vida de Raúl Astray transcurre por los derroteros habituales hasta que el traumático divorcio de sus padres hace que se precipiten los cambios. De pronto y sin él quererlo se verá envuelto en un oscuro caso en el que tendrá que ejercer de detective improvisado. Amor, intriga y misterio se dan cita en la primera 'novela tuitera' que se dividirá en capítulos publicados periódicamente en este blog y que se podrán comentar en Twitter con el hastag #laslucesdelaoscuridad, bajo el cual se podrá dar el punto de vista o, incluso, sugerir continuaciones para la novela.




Tomó aire. Lo necesitaba. Echó un fugaz vistazo al reloj, lo había logrado. Bajo elevado techo de la estación de tren de Valladolid, recogió su mochila del suelo, se la colgó en el hombro izquierdo y volvió a emprender una marcha que se había visto pausada por culpa de su forma física. Llevaba corriendo algunos minutos, necesitaba coger ese tren, el haberlo perdido hubiese significado tener que quedarse otra noche más en aquella gélida ciudad. Y llegó.

No estaba lejos de casa, con suerte en apenas cuarenta y cinco minutos el tren se detendría en los andenes de su estación. Estaba feliz, radiante, atrás dejaba una semana plagada de trabajo, de idas y venidas, de llamadas telefónicas estériles, de gritos, de discusiones, de soledad al llegar a casa. En el fondo la echaba de menos, a sus veinticinco años había pasado seis de ellos a su lado, pero sabía que la culpa había sido única y exclusivamente suya, de la mujer a la que había amado desde que la pidió salir después de un tímido “Me gustas” allá en un lejano 2005.

Tenía ganas de coger las llaves de la casa de sus padres, abrir la puerta y pasar un fin de semana alejado de todo aquel recuerdo que le hacía pensar en ella. Hacía tiempo que no les visitaba, un par de meses, una semana antes de que ella hiciese las maletas y se largase a no se dónde con no se quién, un tipo que, por cierto, había aprendido a hacerla feliz.

Llegaba puntual, pese a las prisas, a su cita con el tren. Esperó un par de minutos a que el morro del Media Distancia apareciese en la lejanía en un andén repleto, lleno a rebosar de lágrimas de despedida, de maletas de ida y vuelta, de sentimientos encontrados, de esperanzas y de nervios, de últimos besos y de adioses de esos que encharcan las pupilas. Todos parecían tener alguien de quien despedirse o alguien a quien esperar, todos menos él y una chica que no dejaba de apartar la mirada de un libro que parecía interesarla tanto que ni se dio cuenta de que su tren acababa de soltar el resoplido de alivio y se había detenido a su lado, milésimas de segundo antes de que comenzase el alboroto, el ir y venir, el mirar el número de vagón, las puertas de las que no cesan de salir gente.

Se despreocupó de ella pese a que se había quedado ensimismado contemplándola. Necesitaba buscar su asiento, necesitaba descansar de la carrera que se había echado para llegar a tiempo. Cuando paró de salir gente, comenzó la lucha por entrar en las primeras posiciones. Él esperó a que todos subiesen, sin meterse en peleas absurdas.

No había posado ni siquiera el pie en el primer escalón de la escalerilla metálica del tren cuando alguien le golpeó. Miró hacia atrás aguardando alguna explicación cuando se dio cuenta de que era ella. Se le acababa de caer una voluminosa maleta que no había podido controlar por culpa de su exceso de equipaje. Queriéndola ayudar, la tendió la mano y ella le fue pasando las tres bolsas que descansaban sobre el cemento del andén. Justo cuando subió al tren, el pitido aviso de que las puertas comenzaban a cerrarse.

  • “Muchas gracias”
  • “Si no te llego a ayudar, todavía sigues en la estación” dijo sonriendo.
  • “Pues sí, no estaba prestando atención porque me había quedado leyendo un libro, de verdad, muchas gracias” Y fue entonces cuando enarboló una preciosa sonrisa. Él se quedó absorto, como cuando la había visto por primera vez. Los latidos se atropellaban y le costó articular palabra.
  • “De nada, ha sido un placer” Sus caminos se separaron, ella sacó su billete y sin mirarlo si quiera, entró al vagón de la izquierda, él al de la derecha.

Se cerraron las puertas después de que las cruzase y fue consciente de que había perdido la oportunidad. “¿Un placer?” Pensó “¿Un placer cargar con tus maletas? Así no ligaré en la vida, de verdad, estoy tonto”.

Comenzaba el tren a acelerar, dejando poco a poco atrás a Valladolid, los fríos edificios quedaban desfilaban y de pronto desaparecieron por completo dejando solo campo. Sus ojos miraban el paisaje sin prestar demasiada atención, aún seguía pensando en lo que debería haber dicho, le daban ganas de pegarse cabezazos contra la ventanilla y mientras gritar “Estúpido, estúpido” pero respiró, se puso los cascos, cerró los ojos y dio al 'play'.

Justo un minuto después, alguien perturbó su tranquilidad. Con dos pequeños golpes en su hombro derecho bastó. Se sobresaltó. ¿Era ella? ¿Ella otra vez? Preguntó en cuanto vio su cara.

  • “Parece que este es mi asiento” dijo ella señalando a la butaca contigua a la suya. “Qué casualidad ¿eh?”
  • “Sí, sí”
  • “Me llamo Silvia, antes ni siquiera nos ha dado tiempo a presentarnos.”
  • “Encantado, Silvia, yo soy Ismael” respondió mientras se afanaba en retirar la pesada maleta con la que había ocupado su sitio para subirla a la parte de arriba. En cuanto la colocó, pensó “Gracias, destino”.

Sin embargo apenas hablaron. Cada uno se puso a hacer una cosa diferente. Él trataba de pensar en un tema de conversación mientras observaba, impotente, cómo el paisaje pasaba y el tiempo se iba agotando. Ella seguía ensimismada con la lectura de su libro. Cuando apenas le quedaban diez minutos de viaje para llegar a su destino, Silvia cerró el libro y lo guardó delicadamente en un bolso. Aprovechó la ocasión para pasar a la acción.

  • “¿Y adónde vas?” preguntó Ismael como si no hubieran dejado de hablar.

Ese fue el comienzo de una conversación breve pero intensa. Ella se marchaba a Madrid durante unos días para pasar algo de tiempo con sus padres, aunque vivía en Valladolid donde hacía tres años había conseguido encontrar un buen trabajo como diseñadora de interiores. Al principio la resultó difícil separarse de su familia, pero con el paso del tiempo se fue aclimatando a las tardes de lluvia, las mañanas de niebla y el frío que solía imperar a primeras horas de la mañana. Ahora le encantaba Valladolid, de hecho se había comprado piso propio, que obviamente había decorado ella misma. Salvo a sus padres y a su hermana, que vivía en un apartamento del paseo de la Castellana madrileño, todo lo tenía en Valladolid, amigos, trabajo, casa... Todo salvo a un chico que la soportase y al que soportar. Acababa de cumplir veinticuatro años y comenzaba a sentir que el tiempo pasaba y ella, sin embargo, no avanzaba.

No se dio cuenta. Por los altavoces sonó una preciosa voz de mujer anunciando la siguiente parada, la suya. Fue un acto reflejo. Ismael se levantó, arrancó un trozo de hoja de un cuaderno de su mochila, cogió un boli azul y apuntó rápidamente su número de teléfono. Cuando terminó de anotarlo, se lo tendió. Ella sonrió y lo cogió. “Por si acaso te entran más ganas de hablar en cuanto regreses de Madrid” la dijo.

Se dieron los dos besos de rigor y desapareció entre la multitud nada más apearse del tren. Entre las idas y las venidas, él se detuvo en mitad del andén a rebosar. Necesitaba verla una última vez para acordarse y grabar cada detalle de su rostro en su falible memoria. Cuando se giró, únicamente vio el final del tren. Sabía que los días se le harían eternos, justo al contrario que cualquier fin de semana en el pueblo que le vio crecer.

Los segundos no pasaban, la aguja del minutero parecía haberse quedado quieta. Las horas se estiraban y se estiraban hiciese lo que hiciese. A cada milésima, echaba un vistazo al móvil, por si a ella se le hubiese ocurrido darle un toque para que él también pudiera guardar su número de teléfono. Pero nada. Ahora que lo pensaba más en frío parecía algo estúpido. “¿Cómo se iba a poder enamorar una chica de mí en apenas sesenta kilómetros?” pensaba.

Llegó el lunes y no le llamó. Ni el martes, ni el miércoles. Pasó la semana entera y no tenía ninguna noticia suya. Desistió. En el trabajo estaba fuera de cobertura, pensativo y todos lo notaron.

  • “Ismael, Ismael” repitió Fer, uno de sus mejores amigos. “¿Qué te pasa? Estás alelado últimamente... Incluso más que de costumbre”
  • “No llama... ¿Y sabes? No llamará.”
  • “¿Que no llamará quién?”
  • “Ella...”
  • “¡Anda, que Isma ha ligado esta semana!” dijo, casi gritando, a la vez que le golpeó el hombro con la mano.

La mirada que le dirigió hizo que bajar el tono de voz casi de inmediato. Nadie lo entendía y nadie lo entendería. A él le daba igual. Necesitaba volver a verla, urgentemente. Pero aquel día nunca llegó, jamás descolgó el teléfono y comprobó, exultante, que al otro lado de la línea estaba ella, era su anhelada voz.

Pasó el tiempo y el recuerdo de aquella chica pronto quedó enterrado entre montañas de ligues de una noche, de novias sin compromisos y de relaciones sin futuro. Ocho meses después de que se subiese a aquel tren que trastocó su vida momentáneamente, regresó a la escena del crimen, como ya había vuelto cada fin de semana desde ese día que parecía tan lejano.

Llegó asfixiado por las prisas a la estación. Como siempre. Respiró y subió al tren. Ni siquiera ojeó el billete y se paró en el primer asiento que vio libre, dejó a su lado el poco equipaje que llevaba y se sentó a contemplar la ventana, deseoso de que el tren emprendiese su camino cuanto antes para llegar a casa lo más pronto posible.

Comenzaba a quedarse dormido acunado por la suave melodía de 'Brothers in arms' cuando dos golpes muy leves, prácticamente imperceptibles, le hicieron sobresaltarse. Rápidamente abrió los ojos y sin apenas fijarse, buscó con viveza el billete, creyendo que era el revisor. Cuando levantó la cara tuvo ante sí algo que le resultaba familiar. Aquella sonrisa descarada, los ojos que le evocaban un mar en calma, la melena perfectamente cuidada que apenas llegaba a la altura de los hombros... Tardó unos segundos en darse cuenta. Era ella.

  • “¡Silvia!” Exclamó.
  • “Pensé que no te darías cuenta” dijo ella mientras esbozó aquella sonrisa que hacía tambalear las desconfianzas “¿Me dejas que me siente a tu lado? Tengo muchas cosas que contarte” Nada más acabar la frase su sonrisa se esfumó.
  • “Por supuesto, siéntate”
  • “Disculpa por no haberte llamado... Lo siento, de verdad...” Parecía que de un momento a otro se iba a poner a llorar “Cuando llegué a Madrid me enteré que mi madre había fallecido...” Finalmente se derrumbó “Cuando me recuperé días después ya había perdido la pista del papel con tu número de teléfono...” La costaba retener las lágrimas e Ismael la rodeó con su brazo izquierdo, intentando consolarla.

Se quedaron en silencio. Ella seguía llorando aunque a medida que transcurrían los minutos parecía mejorar y los sollozos fueron a menos. Continuaban agarrados en un vagón vacío. Cuando se secó las últimas lágrimas y mirando al suelo, incapaz de cruzar su mirada con la de Ismael, retomó la conversación.

  • “Desde entonces, todos los viernes, venía hasta la estación y te esperaba en el andén por si algún día conseguía encontrarte... ¿Sabes? Nunca me había enamorado a primera vista... Nunca... De hecho, renegaba de ello, no creía que dos personas que se viesen por primera vez fuesen capaces de llegar a quererse el uno al otro... Como la típica película en la que se miran el chico y la chica y no se vuelven a separar...Qué tontos, pensaba, y fíjate, ahora yo soy la protagonista...”

Entonces subió la vista y sus miradas se cruzaron por primera vez. Los azules ojos vidriosos se clavaron en sus pupilas. La mano de Ismael recorrió su cuerpo hasta llegar a la cara. Respiraron profundamente y los corazones comenzaron a latir al unísono. Por fin se volvió a dibujar en el rostro la sonrisa que tanto le gustaba. Aquel día, después de recorrer los sesenta kilómetros, no se apeó sólo del tren. Aquel fue el primero de infinitos viajes, juntos.

Dani Rivera
  • “Damián, mañana a la hora de siempre, en el mismo lugar ¿ok?”

  • “Esperaré impaciente a que lleguen las cinco de la tarde de mañana.”

Cerró la conversación, deslizó el ratón hasta la esquina inferior izquierda de la pantalla. Un clic. Apagar. Otro clic. Instantáneamente la preciosa vista que presidía el escritorio del ordenador cambió y en su lugar apareció un fondo azul celeste con un mensaje muy simple: “Apagando equipo.” Segundos después, el molesto ruido del ventilador interno de la torre de control cesó. Silencio.


Damián siguió sentado delante de la pantalla ya apagada. Pensaba. Pensaba en alguien que no conocía, en una chica que se había cruzado en su vida sin querer, en una persona misteriosa a quien un buen día encontró en las profundidades de la inmensa red que es internet. Se llamaba Natalia, pese a que él estaba más familiarizado con su nick, y vivía en Murcia a cientos de kilómetros de su Valladolid natal, casi en la otra punta de España.


Cuanto más la conocía, cuantas más palabras intercambiaba con ella, más ganas tenía de verla, de hablar en persona, pero se tenía que contentar únicamente con leer sus mensajes, sus mails o escuchar su voz a través del teléfono. Sentía que si hubiera vivido en su misma ciudad se hubiese podido convertir en una personal especial, en algo más que una amiga.


Una y otra vez le asaltaba el mismo recuerdo mientras no quitaba la mirada de la pantalla del ordenador. Hacía tiempo, un amigo se había reído de él cuando le había dicho que necesitaba encontrar a su media naranja, a la persona que le complementase, a la otra pieza de un puzle compuesto únicamente por dos. Cuando su amigo terminó de reirse, le puso la mano derecha en su hombro. Su expresión cambió, dejando a un lado la mueca burlona. Se puso moderadamente serio y le preguntó. “¿De verdad crees que todos tenemos a alguien predestinado para nosotros?”


  • “Creo que sí...” Respondió Damián algo inseguro.

  • “¿De verdad?” Insistió su amigo. Viendo que asentía con la cabeza volvió a formular una pregunta. “¿Y si la persona que está hecha para ti vive en un lugar remoto? ¿Qué pasa si no la encuentras en toda tu vida? ¿Te conformarás con otra que no esté hecha a tu medida?”

  • “La encontraré, estoy seguro.” La energía que depositó en su contestación hizo que la respuesta fuese muy convincente.

  • “¿Sí? ¿De verdad lo crees?” Se miraron a los ojos y el chico volvió a asentir. “Pues no sé cómo lo vas a hacer...”

  • “Daré con ella, sea como sea...”

  • “Prueba a teclear en google 'chica perfecta' y clica en 'voy a tener suerte' a lo mejor te sale algo”


Pero Damián ya no prestaba atención a la enésima burla de su amigo. Divagaba entre sus pensamientos. En cuanto llegó a casa, encendió el ordenador. Cuando se dio cuenta estaba en un buscador de internet y ya había tecleado 'Chica perfecta'. “Qué absurdo” pensó y borró lo que había puesto. Sin embargo, al compás parpadeante del cursor, escribió una palabra muy corta. “Chat”. Y clicó sobre la primera opción que apareció.


Allí fue donde se había iniciado todo. La conocío, intercambiaron números de móvil, correos... y poco a poco, sin él quererlo la fue queriendo. Se había enamorado de una completa desconocida. Había visto fotos suyas, se había quedado prendado de un ideal, le encantaba compartir con ella horas y horas hablando de cualquier cosa. Estaba seguro. Era su otra mitad, la persona que le complementaba y, sin embargo, la lejanía les mantenía separados.


Pasó el tiempo y la fogosidad de sus conversaciones se fue enfriando. Decayó lentamente hasta extinguirse por completo. En unos meses se dió cuenta de que la había perdido definitivamente.


La vida de Damián fue cambiando. Dejó de tener diecisiete años para tener veinte y estar en la universidad. Ya no era el niño que una vez soñó con conocer a Natalia. Después de ella, vinieron muchas. Novias, amigas, chicas de una noche... Pero ninguna consiguió borrar su recuerdo. Con ninguna se repitió el sentimiento que le había poseído cuando la conoció en aquel chat hacía ya tres años. Era extraño pero seguía enloquecidamente 'enamorado'.


Una noche fría de un sábado cualquiera de octubre se despidió de sus amigos. Les dejaba a que se fuesen a tomar la última en un bar de copas cercano. Él estaba agotado y emprendió el camino de vuelta a casa. Se subió la cremallera de su cazadora hasta que le rozó la garganta. Diez grados y un viento gélido le hacían tiritar.


Caminaba prácticamente solo por las céntricas calles de Valladolid. Miraba al suelo a la vez que trataba de ponerse bien los cascos para escuchar algo de música. Se cruzó con una chica. Levantó la vista. Era muy guapa. Regresó a lo suyo. No lograba enchufar el dichoso cable correctamente. Espera un momento.


Miró hacia atrás. “No, no puede ser.” sonrió. Era una locura. Por fin acertó. Presionó la tecla de 'Play'. Los primeros compases de 'Los lunes de octubre' vibraron en sus oídos. Demasiado alto. Bajó el volumen. Se volvió a dar la vuelta.


La chica estaba ya algo lejos, veinte metros, quizá. Estaba a punto de hacer algo absurdo. Desenchufó lo que tanto trabajo le había costado enchufar. Paró la música. Cogió aire. Notó como los nervios estrujaban su corazón como si fuese un puño. Y lo dijo.


“¿Natalia?”. La pregunta resonó en aquella calle vacía de Valladolid. La chica seguía su camino, como si no hubiera escuchado nada. “Al menos no me quedo con la duda” dijo Damián. El color rojo comenzaba a apoderarse de su cara, la vergüenza por haber metido la pata. Se iba a girar cuando la chica, diez segundos después de aquella pregunta, se dió la vuelta. Le miró. “Tierra trágame” pensó, y el color rojo de su rostro se acentuó.


  • “No, no puede ser.” dijo ella “¿Damián?” Al pronunciar su nombre, Natalia sonrió.

Damián tragó saliva a la vez que se fue acercando, sin querer, hacia ella. La chica también andaba hacia su encuentro.


  • “¿En serio? ¿Eres Natalia?” Seguía sin creérselo, incrédulo por un azar que de vez en cuando nos sorprende.

Se abrazaron como si se conocieran de toda la vida. Tras darse los dos besos de rigor se sentaron en un banco cercano, entonces Natalia le comenzó a contar su historia, la razón por la cual ahora estaba a su lado.


Tras acabar bachiller, tenía decidido hacer periodismo. Las cosas se complicaron con las notas de corte, demasiado altas como para poder hacer la carrera en Murcia, en ese momento se planteó salir fuera, a otro lugar. Declinó las opciones de Madrid, Sevilla, Valencia o Barcelona impulsada por el morbo de tener una posibilidad real de conocer al 'amor de su infancia', al único chico que le había hecho sentir algo especial. Asi que dejó su vida a orillas del Mediterráneo y viajó rumbo a Valladolid.


Natalia confesó que desde que había llegado allí, cada vez que pisaba la calle, anhelaba ver su cara entre los rostros desconocidos de la gente. A Damián aquello le parecía surrealista, un esfuerzo demasiado grande para tener simplemente la oportunidad de conocer a una persona que conocía tan sumamente bien y con la que hacía años que no hablaba. No sabía si estaba loca de atar o loca por culpa de un sentimiento que se asemejaba mucho al amor.


El caso es que, por muy rocambolesca que fuese la historia, las piezas del puzle por fin habían encajado. La tenía donde había deseado tantas veces tenerla, a su lado, a escasos centímetros. Ella seguía hablando pero hacía tiempo que él se había perdido en el abrir y cerrar de sus labios. La quería. Ahora estaba más que seguro.


Once años después de aquel encuentro, también un frío sábado de octubre, contrajeron matrimonio en una iglesia muy cercana al lugar donde se vieron por primera vez. Dos años después de la boda, nacerían sus dos hijos, mellizos, un chico y una chica. Al primero le pusieron Roberto, casualmente el mismo nombre que tenía el amigo de Damián con el que una vez había discutido sobre la chica perfecta. A la niña la llamaron Esperanza, la esperanza que hizo que Natalia tomase la decisión más alocada de su vida y dejase todo en Murcia para irse a orillas del río Pisuerga y tener así, al menos, la posibilidad de conocer a Damián, la misma esperanza que había hecho que Damián gritase su nombre en una fría noche de octubre en una solitaria y céntrica calle de Valladolid.


Dani Rivera



Escuché el leve rumor de una conversación entre susurros demasiado próxima a mí. Me pasé la mano por la cara y, bostezando, me incorporé. Era de noche y comenzaba a hacer mucho frío, esa sensación que se repite cada vez que cae el sol en septiembre y que hace que un agudo escalofrío recorra la columna vertebral en orden ascendente, segundos después, suele comenzar una tiritona que convulsiona todo el cuerpo.

Dormir en un banco resultaba algo incómodo pero, increíblemente, estaba bastante descansado. Recapitulé. Recordaba pocas cosas, bajar unos escalones oscuros, un bar coronado por una anticuada bola recubierta de pequeños espejitos, un par de cervezas, unos labios rojo carmín, una mano recorriendo mi espalda hasta detenerse en mi cintura, ese sudor frío que precede momentos clave, acercarse mucho a una chica cuyo rostro me era imposible recordar, la puerta de unos lavabos... Para, me dije a mí mismo. No, no, no quiero seguir. Me aterra todo aquello, me da miedo ver en lo que me había convertido, en un sonámbulo de una vida que ya no me pertenecía, en un ciego guiado por la tristeza y el alcohol, una burda copia barata de alguien al que habían roto el corazón, un espectro al que el recuerdo le había condenado al olvido.

Todo es por ella. Su sonrisa me caló hondo desde el primer día que la vi, con un 'Hola' había derrumbado las altas paredes de la timidez, había roto mis esquemas y les lanzó al fuego. Era ella. Siempre creí que cuando apareciese la chica ideal lo sabría. Y lo supe.

No dejábamos de hablar, ni de reir, de contarnos nuestros secretos y de recuperar el tiempo que habíamos perdido por no habernos conocido antes. Yo no dejaba de enamorarme más y más cada día, sin embargo, para ella, siempre fui simplemente un buen amigo. No dejaba de ir y de venir, de llegar sola y marcharse bien acompañada, de coleccionar besos interesados, de naufragar en noches eternas compartiendo cama.

Volví a la realidad. Había pasado un año desde que decidiese olvidarla y me seguía doliendo como si me hubiese hecho la profunda herida ayer mismo. Miré el reloj. Las dos. Todavía era pronto, pensé, pero no me apetecía volver a encontrarme con mis amigos asi que me levanté definitivamente del banco de madera, me situé y marché rumbo a casa.

Cuando apenas llevaba cinco minutos andando, entre botellas rotas y cigarillos humeantes, me topé con una chica, con el rostro tapado por sus manos, que parecía llorar sentada en un banco de una plaza bastante iluminada. Estaba completamente sola, cerca de la parada de un bus al que le quedaban veinte minutos para llegar. Sin saber por qué, algo me dijo que me acercase y yo, despacio, paso a paso lo hice.

Cuando me escuchó, asustada, me miró. Tuvieron que pasar unos segundos para que nos diésemos cuenta de lo que estaba pasando. Era ella, era ella. Ambos tardamos en reaccionar.

  • “¿Laura?” pregunté aunque estuviera completamente seguro de que era ella.
  • “Hola, Mario” dijo tan bajito que me costó escucharla.

Me senté a su lado y la pregunté que la pasaba. Ahí fue cuando se desbordó, cuando comenzó a llorar de nuevo, porque el rimmel corrido que encharcaba sus ojos daba fe de que no era la primera vez que derramaba lágrimas ese mismo día. Me comenzó a contar la historia, siempre mirando al suelo, como si la avergonzase clavar sus pupilas en las mías.

Me contó que hacía unas semanas que había comenzado a salir, medio en serio medio en broma, con un chico que la gustaba. Le pareció guapo, simpático, gracioso, en fin, todo lo que cualquier mujer busca en un hombre y tras tontear durante una noche de viernes, el sábado siguiente la pidió salir.

Ella, embelesada, le dijo que sí, aunque hacía mucho tiempo que no tenía una relación seria, asqueada por sus anteriores experiencias con los hombres. Todo marchaba perfectamente bien, ella le quería, y él parecía quererla hasta que aquella misma noche, hacía escasos minutos, le había visto amparado por la oscuridad de un rincón de discoteca, jurando a otra el mismo amor eterno que hace tres semanas le juraba a ella.

Cuando paró definitivamente tomó aliento. Un suspiro que sonó a lamento. Me acerqué a ella y ella viéndome apoyó su cabeza sobre mi hombro. Estaba seguro. O ahora, o nunca. Asi que rodeándola con mis brazos, protegiéndola de una noche que ya era fría, se lo confesé.

  • “Déjame hacerte feliz” Ella se zafó de mi brazo derecho para mirarme a los ojos por primera vez en toda la noche.
  • “¿Cómo?” Preguntó.
  • “Que me dejes demostrarte que no todos somos unos capullos, que yo merezco la pena, déjame hacerte sentir lo que sentirías si estuvieses conmigo, venga, dame una oportunidad”
  • “Mario...” Comenzó pero no la dejé terminar.
  • “Dame dos horas, solo pido eso. Prestame dos horas de tu valioso tiempo para hacerte ver que podría significar mucho para ti, permíteme entrar en tu vida, abrir las puertas de tu maltrecho corazón de par en par, solo te 'secuestro' hasta las cuatro, de verdad.”
  • “Pero es que yo me tengo que ir a las tres...”
  • “Me es suficiente ¿Aceptas el reto?” Dije sin mucho convencimiento en mí mismo, pero con unas ganas locas de tener la oportunidad de la que, hasta entonces, había carecido.

Pensé rápidamente. ¿Qué podía hacer? Y se me ocurrió. La sequé las lágrimas de la cara cuidadosamente y la tendí la mano. Ese era el momento clave pero para mi alegría, ella también me dio la suya. Andamos rápidamente hasta la primera discoteca que conocía. Un “No tengo muchas ganas” no fue capaz de disuadirme. Era el instante que llevaba un año esperando. Nada podía fallar.

Cada escalón que bajábamos hacia el local parecía relajar a Laura que se limitaba a seguirme a escasos centímetros. Llegamos a la pista de baile y acercándome a su oído para que me escuchase bien entre todo el caos de la música, la dije:

  • “¿Bailamos?” Nada más terminar de formular la pregunta, sonrió. Sabía que a mí no me gustaba en absoluto bailar. Me conocía muy bien.
  • “Pero si tú lo odias...”
  • “Bailaría contigo hasta en el centro de un terremoto” Sentencié con rotundidad y ella se quedó sorprendida. Ya no era la misma que hacía escasos segundos, estaba más relajada, parecía haber olvidado, al menos en parte, a aquel cretino que quiso con locura.

Me acerqué a ella, lentamente y rodeé con mis brazos su cintura. Tocaba una canción lenta. “Mejor” pensé. Ella hizo lo propio, y acabamos abrazados, en medio de una gran pista de baile, medio vacía. Levanté la vista y la pillé mirándome, casi furtivamente. Trató de disimular pero era imposible. El suelo comenzaba a temblar, los gritos de pánico comenzaron a retumbar por las paredes del local, una enorme grieta nos separó del resto de la gente. Ella se asió más fuerte, apretando su cadera y acercaba cada vez más, milímetro a milímetro, su boca contra la mía. El rimmel corrido no hacía más que resaltar su belleza. El movimiento comenzaba a ser brusco, las copas caían alrededor nuestro, las personas huían despavoridas por las salidas de emergencia. Nosotros no. Seguímos fundidos. Nada nos importaba. Sus labios ya se rozaban con los míos, sentía su humedad. Un enorme cascote se desplomó a escasos metros de donde estábamos, pero no nos inmutamos. Antes de que dejasemos de ser dos para ser solo uno, cuando escasos milímetros separaban nuestras lenguas, dijo algo que me marcó para siempre.

  • “Yo siempre había sabido que, pese a los terremotos o a las tormentas, estaría bien a tu lado.”

Y aunque a nuestro alrededor reinaba la locura, permanecimos juntos, sin alterarnos lo más mínimo, en la mitad de unas ruinas que solo existían en nuestra imaginación. No queríamos abrir los ojos, continuábamos con los labios unidos, bailando un lento vals, intentando girar la manecilla de su reloj para que jamás llegasen las tres. Tenía la certeza de que la había encontrado, por fin. Y ella, por primera y única vez en su vida, también lo sintió. Fuimos dos personas perdidas que se encontraron en el epicentro de un terremoto y jamás nos volvimos a separar.

Dani Rivera



Foto: Ángel Torres.

Una, dos, tres... Ninguna. Sólo ella. ¿A quién quiero engañar? ¿A mí mismo? ¿A mi mente caprichosa que no cesa en el empeño de dibujar su cara en el rostro de las personas distantes que comienzan a perfilarse en el horizonte? ¿A mi subconsciente suicida que no deja de soñar con ella? ¿A quién?

La quise sin querer. Sin darme cuenta. Un día la vi, como la veía todos los días pero ya no era la misma, no, al menos no para mi. Era diferente, extrañamente diferente. No la conocía, no tenía el placer, pero algo me decía que era ella, ella y solo ella.

Más de un año después sigo pensando exactamente igual, pero por desgracia me he llevado innumerables desilusiones y muy pocas alegrías. Mil y una veces he jurado no volver a hablarla, olvidarme de ella, pero mil y una veces he roto mi promesa. Es una droga y creo que yo estoy enganchado. Colgado de su sonrisa, prendado de su pelo, juro que no quiero pero cuando menos me lo espero, recaigo. Y con ella vuelve el dolor, el sufrimiento y la amarga indiferencia.

He de reconocer que me encanta pasear por la noche, de regreso a casa. Mucha gente me dice que por qué no cojo el bus, que tardo menos y no me toca andar. No, no, prefiero cientos de veces más el caminar completamente solo, alejándome del bullicio habitual del centro, mientras escucho cada paso que doy o a los coches que pasan por mi lado con cuentagotas, es lo más parecido al silencio. Un silencio que solo me gustaría que fuese rasgado por su voz, una soledad que solo me gustaría que fuese rota por su presencia.

Ayer, después de jurarme de nuevo que no volvería a tropezar por su culpa, la vi, en un rincón oscuro de una noche peculiarmente iluminada por culpa de la luna llena. Ojalá nunca la hubiese visto, ojalá.

Dice el tópico que en ese mismo instante sientes como un puñal te atraviesa el corazón, pero es mentira. Es más bien un alfiler, un diminuto alfiler que se queda clavado casi de por vida impidiendo que la herida tarde en cerrarse. Litros de alcohol y algún que otro pintalabios rojo pasión tatuado en la boca harán falta para que acabe por cicatrizar.

Algún día tendré que visitar al psicólogo, o quizás, mejor, al médico del corazón. No, no, no hablo de un cardiólogo, hablo de un médico del corazón, así, tal cual. ¿Sabéis si existe?

Dani Rivera


Capítulo 1: Las sombras de su recuerdo.

Viernes noche en Madrid. La juventud comenzaba a adueñarse de la ciudad. La gente, ya adulta, regresaba a sus casas aún cuando los último rayos de sol todavía iluminaban el centro de la capital. Era verano, un caluroso anochecer estival. Cogí las llaves, salí de casa y cerré cuidadosamente la puerta.

Comencé a andar pensando en otras cosas, reflexionando sobre mi vida, sobre los últimos días. Divagaba por las calles casi desiertas de un barrio del centro de la capital, caminaba, sin darme cuenta hacia dónde, sin tomar una dirección, sin dirigirme hacia ningún sitio en especial.

No tenía nada mejor que hacer. Estaba cansado de estar tumbado en el sofá mientras veía como los minutos pasaban en un viejo reloj de pared. Estaba cansado de que todos los días fueran un calco de los anteriores, de que las semanas se vieran abocadas a la más tediosa de la rutina. Estaba aburrido de mi propia vida, de una vida que acababa de empecezar, de mi nueva vida sin ella.

Paso tras paso, la luz del sol fue desapareciendo. Las farolas se iluminaron pese a que no tenían nadie a quien alumbrar. Caminaba solo. Sin rumbo. Perdido en mi propia ciudad. Apático. Andaba para entretenerme, porque no tenía otra cosa mejor que hacer. No quería llamar a nadie, ni siquiera a mis amigos, no quería salir, no quería entrar en discotecas ni en bares, ni beber algo que calmase ese dolor que llevaba días perforando mi pecho. Simplemente, caminaba.

No sé como llegué allí, a su calle, a aquel lugar por donde había paseado agarrado de la mano, feliz. Eran otros tiempos. Lejanos ya. Al notar mi gravísimo error me giré, mi cabeza guió a mis pies para que cambiasen de dirección, para que se alejaran del dolor.

Dos pasos después, cuando ya daba la espalda a aquellos recuerdos que perforaban mi mente, en un acto inconsciente, pero consciente a la vez, en un momento kamikaze, suicida, miré hacia atrás. Deseaba no volver a verla jamás, pero también soñaba con volver a verla.

Miré hacia atrás, sin querer... Y vi su imagen. Y recordé...

Y recordé su voz, bromeando en las tardes, diciendome “¿Qué harás si hay un cambio de planes?”. Y recordé su sonrisa, brillando mágicamente en la oscuridad de la habitación. Y recordé sus ojos, su mirada penetrante, sus tacones violetas, su risa contagiosa, su rojo de labios. Recordé las noches en vela, la pasión desenfrenada y su morena melena. Recordé el principio del final, los gintonics de más y las lágrimas cuando todo iba mal. Vi su imagen... Y la recordé.

Salí huyendo de allí, perseguido por los fantasmas de un pasado demasiado reciente. Crucé la acera e hice lo que llevaba haciendo un par de semanas, la traté de olvidar. La intenté apartar de mi mente, marginar su recuerdo. Pero fue en vano. Volví caminando. Regresé a la soledad de mi casa y tiré las llaves, como si fuese suya toda la culpa. Me desprendí de mis zapatos, de mi camisa. Arrojé los pantalones a la penumbra del salón e intenté dormir, deshaciendo con rapidez la cama.

Unas milésimas de segundo, unos centímetros, una palabra... Es lo que separa el poder llegar a tener todo a no tener nada. Llevo días comiéndome la cabeza, pensando y dando vueltas para no llegar a ninguna conclusión. Cuantas veces me habré preguntado a mi mismo si cambiaría tanto mi vida si pronunciase un par de palabras...

Pero esas dos palabras pueden hacer que cambien tantas cosas... La diferencia entre serlo todo o ser la nada. A una parte de mí le gustaría probar, anteponer una supuesta satisfacción a los riesgos que conlleva, pero por otra parte...

Creo que no lo haré. Es absurdo intentar cambiar algo cuando la persona que lo debe hacer no quiere. Es como intentar derribar un muro de piedra, tan sólo te puedes hacer daño, pero no consigues nada más, intento tras intento, golpe tras golpe, dolor tras dolor. ¿Cómo va a cambiar si ella no quiere?

Pero esto viene de lejos. No demasiado, unos cuantos meses atrás tan solo. Me gustaba , anda que si me gustaba ella, muchísimo, me atrevería a decir incluso, pero, por unas cosas o por otras jamás me atreví a dirigirla la palabra. Cada vez que la veía, balbuceaba estúpidamente un ligero murmullo, un “Hola” apagado por culpa de mi a veces exagerada timidez. Jamás creí que fuese capaz de hablar bien con ella, más allá de los cordiales saludos, y sin embargo, lo hice.

Fue por su culpa, bueno, mejor dicho, fue gracias a ella. Siempre simpática, por mucho que me enfadase con el mundo, jamás lo podría hacer con ella. La verdad es que nos hicimos amigos muy rápidamente, me caía muy bien. Llevo, desde hace años, mis secretos tatuados a fuego en la piel, pero nunca, hasta ahora, nadie había podido descifrarlos y llegó ella...

Tocaba cambiar, poner un punto y final a una etapa en mi vida que siempre recordaré. Pensaba olvidarla, pasar página y, de hecho, lo hice, pero volvió de nuevo su sonrisa y la triste burbuja donde me hallaba sumergido, se rompió.

Otra vez juntos, otra vez vuelta a hablar, a pensar, a opinar... Y con más fuerza, si cabe, que antes. Me di cuenta de que jamás podría volver a olvidarla, otra vez. Lloré, lo confieso, lloré, porque, sin querer, me enamoré, me enamoré y ahora, por desgracia no sé que hacer...

Sé que yo la necesito, pero ¿ella me necesita a mi también? Sé que la podría dar toda mi sinceridad, mi responsabilidad, mi fidelidad, en definitiva, todo mi amor. Sé que podría arroparla cuando tuviese frío, escucharla cuando necesitase a alguien para contarle sus penas, sus sueños, sus alegrías, sus desilusiones... Pero ¿es lo que está buscando?

Y ahora me encuentro en la bifurcación del camino de mi vida. Arriesgarme a perderlo todo o esperar a que no pase nada. Demasiado que perder y mucho que ganar. Me gustaría no volver a recordarla, que mi corazón no volviese a sufrir por ella, siento un dolor inmenso dentro de mí pecho, por desgracia, no puedo hacer nada.

Todo o nada, arriesgarse o esperar, ganar o perder, reír o llorar...Dos posibilidades, una única solución.
Acabó. Terminó el primer año, el de la resaca post PAU, el año de aclimatación a una nueva vida, a la universidad, a una forma distinta de trabajar. Y la verdad no me puedo quejar, a veces, incluso, me pregunto si no soy un niño demasiado mimado, si no tengo ya todo lo que quiero. Pero siempre llegó a la misma conclusión.

No tengo todo. Claro que no. Me falta mi infancia, el patio, los balones, la charla con mis amigos, el paseo hasta la biblioteca para refugiarse durante unos minutos de la habitual tormenta que hacía acto de presencia en el recreo. Echo de menos a algún profesor, a algún compañero que no he vuelto a ver desde que nuestros caminos se separaron hace ya un año. Echo en falta alguna clase en particular y las carcajadas en los intercambios. Mi mente todavía guarda apilados, en enormes cajas de cartón, folios y apuntes de educación física, historia o lengua.

Tengo la misma sensación que ya he tenido antes, justo cuando llegué a Valladolid y me despedí de mi querida Medina, solo que ahora ese sentimiento es mucho más fuerte, más profundo y duele horrorosamente más, porque sé que, haga lo que haga, el tiempo de colegio pasó, que nunca voy a volver, que es una etapa en mi vida que cerré definitivamente aquella tarde en la que grité de alegría al comprobar que había aprobado, que ya era universitario. Un capítulo acabado o una página en la que ya no caben más palabras. Y, como en todos los finales, lloras.

He de confesar que sé perfectamente que jamás he dejado huella en ningún lado, que nadie me va a echar de menos el día de mañana en aquel colegio en el que pasé tanto tiempo, que ninguna persona va a llorar si dentro de algún tiempo desaparezco, porque nunca le importé a nadie, a nadie, salvo a mis amigos. Es triste, lo sé, pero toca asumirlo.

Asumir que eres un mero ladrillo de un magnífico monumento, un minúsculo grano de arena en una bella playa o una fría gota de agua en la inmensidad del océano. Pero también te das cuenta de que sin ese simple ladrillo, el monumento se derrumbaría, que sin ese minúsculo grano de arena, la playa podría perder su belleza o que sin esa fría gota de agua, tal vez quizás, el océano ya no sería tan inmenso.

He estado ojeando la revista del colegio de este año. En las páginas centrales ya no estábamos nosotros, como hace un curso, no conocía a nadie excepto a una sola persona con la que hace meses que no hablo. Es la misma sensación. Sentir que la vida es como la inmensa playa a la que me refería, que a cada paso que das, se borra la huella del anterior, que no dejas ningún recuerdo tuyo más allá de una orla que perdurará durante años en el pasillo que te vio crecer.

No he marcado un antes y un después en ningún sitio. Soy excesivamente normal, arrebatadoramente tímido, demasiado introvertido. Nadie nunca se ha fijado en mí y ha creído ver un futuro prometedor o un presente maravilloso detrás de mis pupilas. Yo no habré dejado huella en el colegio, pero desde luego yo llevo el colegio tatuado a fuego en el corazón.

Dicen que cada segundo que pase,
es uno menos para llegar al final.
Dicen que cuando el muñequito verde se enciende,
tienes permiso para soñar.
Dicen que cuando una puerta se abre,
otra se debe cerrar.
Dicen que la poesía ya no se escribe,
que tarde o temprano agonizará.
Dicen que la libertad oprime
y que impide imaginar.
Dicen que cada oportunidad que pase,
es una menos por aprovechar...

Dicen que los abrazos son eternos si estoy a tu lado,
que no existiría sujeto sin predicado...
Dicen que en tus labios se para el minutero,
que a cada minuto que pasa, te echo de menos...
Dicen tantas verdades que no son verdad...
La única certeza que ahora tengo es que jamás te voy a dejar...

Dicen que las relaciones no son para siempre,
que te cansas
Dicen que el amor se muere
y la llama se apaga
Pero... ¿Y si tengo una caja de cerillas lista para usar?

Era una mañana de finales de septiembre. Una espesa neblina se cernía sobre el río Pisuerga dotándolo de un aspecto fantástico, casi mágico y, sin apenas prestar atención al halo de irrealismo que desprendía el apacible agua, un autobús blanquiazul rasgó velozmente la densa niebla y cruzó el puente en escasos segundos.

Estaba nervioso, muy nervioso. Era mi primer día de clase en mi facultad. El simple nombre de Universidad hacía que pareciera mayor de lo que me creía, me hacía pensar que ya no era tan niño y que la hora de jugar y reír había quedado, hace tiempo, atrás. El pulso se me disparaba por momentos y trataba de borrar de mi frente un sudor imaginario que me parecía recorrer todo el cuerpo. Sentía que cada minuto que pasaba me ahogaba un poco más, intentaba coger una bocanada profunda de aire, pero no daba resultado, así que me limité a buscar algo con lo que poder distraerme, durante unos escasos segundos, al otro lado de la ventana de aquel renqueante bus.

Cada metro era uno menos para llegar, cada parada que se quedaba atrás era una menos para llegar a mi destino final, cada latido de mi inquieto corazón era uno menos que restaba para acabar en aquella facultad, en esa vieja Escuela Universitaria que poseía aquel aspecto elegante que le confería la inmensa fachada marmórea.

Me abstraje durante los escasos segundos que tardé en llegar hasta allí, después de bajarme en la parada más cercana del bus y sin darme cuenta, estaba andando hacia un gran edificio de color ocre con unas ventanas verdes que se encargaban de poner el toque llamativo. No sentía nada, por unos momentos la sorpresa se dibujó en mi cara, preguntándome a dónde habrían ido aquellos latidos tan sonoros que retumbaban en mi pecho, por unos instantes no tuve miedo, ni temor, ni respeto, durante un breve periodo de tiempo, me invadió un sentimiento positivo que me hacía creer que podía hacer todo lo que me propusiera... Por desgracia, pasados diez segundos, toda aquel despliegue de sentimientos cruzados, cesó.

Allí estaba. Apoyado sobre una columna, intentando no mezclarme con todos los que a partir de entonces serían mis compañeros, aparentando ser una isla solitaria en el inmenso océano, nunca jamás me ha importado estar sólo, es más, a veces, incluso, se agradece y por esto, el tiempo que transcurrió entre mi llegada y que saliera el último grupo de chicas de la clase anterior del aula, pareció pasarse con bastante celeridad.

No recuerdo a nadie en especial, pero cuando la puerta de entrada a aquella gran sala repleta de mesas se convirtió en un embudo, me fijé, detenidamente y una por una en todas las personas que la cruzaban. Andaba perdido, muy perdido...

Después, no recuerdo nada, oscuridad, es como si hubiera olvidado todo, como si estuviera en un túnel vacío, sin una luz de un tren a lo lejos, tan oscuro como un enero en soledad... Todo lo que me queda de aquel día no tan lejano es un breve reguero de imágenes que no me llevan a ningún sitio, y que terminan por desembocar en aquel rostro, en su cara, en aquellos ojos, en su mirada, en aquella sonrisa, en sus labios...

Y pasaron los días y terminamos hablando y pasaron los días y cada vez me sentía más próximo a ella. Me encantaba levantarme todas las mañanas pensando que tenía un motivo por el que hacer aquel esfuerzo sobrehumano, me alegraba la simple idea de que quizás ese día habláramos durante un largo rato que para mí siempre acababa demasiado pronto y por ella, por su culpa cometía tantas estupideces al cabo del día.

Me levantaba todos los días antes de que sonara el molesto despertador. Rápidamente, hacía todo lo que debía hacer y como una exhalación, me dirigía a la parada del autobús. A simple vista, todo parecía normal, pero sin embargo, estaba todo planeado. Todos y cada uno de los largos días de la semana cogía el bus que pasaba veinte minutos antes del que en realidad debería coger, tan sólo para coincidir “espontáneamente” con ella en el tramo final de camino a la facultad y todos y cada uno de los cinco días, perdía el bus que tendría que coger, simplemente para acompañarla durante unos escasos metros y que, al final de estos, cuando me daba la vuelta para encauzar mi camino, me dedicase aquella sonrisa, aquella sonrisa que, sin saber por qué, tan feliz me hacía.

Me fui enamorando, poco a poco, de ella, me fui quedando colgado de sus ojos, prendado de su risa, fui cayendo, sin darme cuenta, en lo más profundo de su mirada. Sin embargo, cada día me sentía peor, tenía miedo al rechazo, tenía miedo de depender tanto de ella y no sabía que hacer, si arriesgarme a que me rompiera el corazón o alejarme de su sonrisa.

Aquel día todo me iba bien, mi visión más pesimista de mi vida parecía oculta detrás de una densa y ficticia capa de felicidad, era capaz de morir por estar durante un par de segundos abrazado a ella, cada segundo que pasaba aún la quería más, pero fui un cobarde o quizás una persona sensata al no darla el menor indicio de que me gustaba, pero aquel lluvioso día, en que el calor del interior de aquella clase hacía que los cristales se tornaran opacos, por culpa del vapor, algo cambió, todavía no sé si fue mi culpa o tal vez se debiera a su inconsciencia, a su nulo conocimiento de mis sentimientos.

Todo desembarcó en la puerta principal de entrada a aquel vestíbulo presidido por una especie de figurita de plomo pequeña, que coronaba la escalinata. Ya era hora de irnos y parecía de noche aún siendo mediodía, las nubes oscuras no dejaban entrever ningún viso de mejora, no aparecía ni un solo claro entre toda aquella masa grisácea que encapotaba un cielo otrora azul. La sujeté su carpeta verde mientras ella se afanaba por encontrar su paraguas entre todas sus pertenencias esparcidas sin ningún tipo de orden aparente por aquel bolso turquesa. Mientras intentaba hallar algo en el fondo de semejante caos, la contemplaba sonriente. Cada poco tiempo, se echaba la mano al pelo, intentando recolocar lo que su energía impetuosa despeinaba, deslizando el dedo pulgar por su frente muy suavemente. La amaba, me encantaba verla resoplar y despeinarse y que alzase la vista tras algunos segundos sumergida en las profundidades de su bolso y me mirara con cara de: “¿Qué hacemos si no le encuentro?”.

Tras pasar algo más de un minuto, se dio por vencida. Se lo debía haber dejado en la entrada de su apartamento de estudiantes, la que entre semana, era su casa. Y me miró y empezamos a reírnos, preguntándonos cómo lo haríamos para no mojarnos con la incesante lluvia torrencial. Ni siquiera nos paramos a barajar la opción de quedarnos a esperar en aquel amplio vestíbulo hasta que amainase, decididos, abrimos la primera de las dos puertas de la entrada y, con cuidado de no resbalarnos por culpa de aquel suelo ennegrecido y húmedo por las pisadas constantes de los estudiantes que no dejaban de entrar, nos detuvimos ante la segunda, la puerta que daba al exterior, la que nos separaba de un más que probable catarro, la que nos distanciaba de cometer una de esas locuras que jamás se olvidan.

Quince minutos, quince angustiosos y a la vez divertidos minutos en la que las gotas penetraron, a cada paso, por entre toda nuestra ropa. Quince largos minutos en los que no pude dejar de mirarla, riéndose, como una niña pequeña que estrena botas katiuskas un día de lluvia, saltando en cada charco, divirtiéndose como si estuviese en un patio de recreo, abrazándome mientras corríamos a una velocidad no muy rápida entre las facultades y los edificios más cercanos.

Y la acompañé hasta su portal. Vivía en uno de esos bloques de edificios que no destacan ente la multitud, esos pisos de ladrillo rojizo, con una terraza con verjas grises. Ese era su pequeño mundo, en el que le tocaba hacer su vida, al menos, durante los cinco días lectivos que tenía cada semana.

Su pelo empapado mojaba, gota a gota, el suelo de aquel portal de baldosas grises. Me fui a despedir, como siempre hacía, pronunciando un tímido adiós y dándome la vuelta, de regreso a mi triste vida porque sin ella no era nada, sin ella era un chico diferente que vivía amargado y al que le agobiaba pensar en un futuro en el que ella no estuviera, aquella chica me convertía cada mañana, en alguien especial, en alguien distinto, en una persona graciosa, amable, simpática, pero tras cada tímido adiós, tras verla girar y contemplar su sonrisa por última vez, volvía a mi vida gris.

Y allí, frente a frente, todavía riéndonos e intentando recuperar un aliento derrochado en aquella alocada carrera, nos miramos a los ojos. Nunca me había fijado en el color tan profundo de sus pupilas, según se mirase tenía los ojos color miel o bien de un tono verdoso, aquella mirada hacía que algo en mi pecho fuera a estallar, aquella mirada que me enamoró me devolvía cada día a mi triste realidad, pero en aquel momento...

Su sonrisa se fue apagando lentamente, yo no sabía que hacer, si despedirme e irme, de nuevo corriendo entre las calles solitarias y encharcadas o quedarme, porque sentía que ella tenía dudas, no hablaba, simplemente, se limitaba a mirarme a los ojos hasta que su sonrisa se transformó en una mueca extraña.

Lentamente, poco a poco, iba sintiendo su respiración más cercana. Cogía aire profundamente, tratandome de tranquilizar, algo que fue completamente inútil. Seguíamos sin apartar la vista de los ojos del otro, pero, paso a paso, nos acercábamos a nuestro final. Era preciosa, su pelo mojado centelleaba con la luz azul de tonalidades moradas de la bombilla del portal y sus labios dibujaban la amplia sonrisa de la que me enamoré instantáneamente aquel primer día. Traté de no romper la solemnidad del momento y suavemente y casi sin que lo notara, fui bajando mis manos hasta rodearla por la cintura y ella hizo lo propio, entremezclando sus brazos con los míos, fundiéndonos a fuego lento en aquel mediodía pasado por agua.

Aún me acuerdo del sabor de aquel primer beso, el dulzor de su perfume que, desde entonces me trae tan buenos recuerdos, el toque sutil del amargor de su pintalabios rojo apagado, la suavidad de sus labios, de su piel... Recorrí con mi mano izquierda lentamente su espalda, hasta llegar a su pelo negro azabache y noté como unas juguetonas gotas de agua, que seguían impregnadas entre su cabello, me resbalaban, zigzagueando, por mis dedos...

Aquel día dejé olvidada mi apatía, aquel día me encontré a mi mismo, aquel lluvioso mediodía conseguí, por fin, abandonar el intrincado caos en el que me hallaba sumergido, aquel esperanzador día, huí, para siempre, del cruel laberinto de la amargura.

Dani Rivera