- “Muchas gracias”
- “Si no te llego a ayudar, todavía sigues en la estación” dijo sonriendo.
- “Pues sí, no estaba prestando atención porque me había quedado leyendo un libro, de verdad, muchas gracias” Y fue entonces cuando enarboló una preciosa sonrisa. Él se quedó absorto, como cuando la había visto por primera vez. Los latidos se atropellaban y le costó articular palabra.
- “De nada, ha sido un placer” Sus caminos se separaron, ella sacó su billete y sin mirarlo si quiera, entró al vagón de la izquierda, él al de la derecha.
- “Parece que este es mi asiento” dijo ella señalando a la butaca contigua a la suya. “Qué casualidad ¿eh?”
- “Sí, sí”
- “Me llamo Silvia, antes ni siquiera nos ha dado tiempo a presentarnos.”
- “Encantado, Silvia, yo soy Ismael” respondió mientras se afanaba en retirar la pesada maleta con la que había ocupado su sitio para subirla a la parte de arriba. En cuanto la colocó, pensó “Gracias, destino”.
- “¿Y adónde vas?” preguntó Ismael como si no hubieran dejado de hablar.
- “Ismael, Ismael” repitió Fer, uno de sus mejores amigos. “¿Qué te pasa? Estás alelado últimamente... Incluso más que de costumbre”
- “No llama... ¿Y sabes? No llamará.”
- “¿Que no llamará quién?”
- “Ella...”
- “¡Anda, que Isma ha ligado esta semana!” dijo, casi gritando, a la vez que le golpeó el hombro con la mano.
- “¡Silvia!” Exclamó.
- “Pensé que no te darías cuenta” dijo ella mientras esbozó aquella sonrisa que hacía tambalear las desconfianzas “¿Me dejas que me siente a tu lado? Tengo muchas cosas que contarte” Nada más acabar la frase su sonrisa se esfumó.
- “Por supuesto, siéntate”
- “Disculpa por no haberte llamado... Lo siento, de verdad...” Parecía que de un momento a otro se iba a poner a llorar “Cuando llegué a Madrid me enteré que mi madre había fallecido...” Finalmente se derrumbó “Cuando me recuperé días después ya había perdido la pista del papel con tu número de teléfono...” La costaba retener las lágrimas e Ismael la rodeó con su brazo izquierdo, intentando consolarla.
- “Desde entonces, todos los viernes, venía hasta la estación y te esperaba en el andén por si algún día conseguía encontrarte... ¿Sabes? Nunca me había enamorado a primera vista... Nunca... De hecho, renegaba de ello, no creía que dos personas que se viesen por primera vez fuesen capaces de llegar a quererse el uno al otro... Como la típica película en la que se miran el chico y la chica y no se vuelven a separar...Qué tontos, pensaba, y fíjate, ahora yo soy la protagonista...”
“Damián, mañana a la hora de siempre, en el mismo lugar ¿ok?”
“Esperaré impaciente a que lleguen las cinco de la tarde de mañana.”
Cerró la conversación, deslizó el ratón hasta la esquina inferior izquierda de la pantalla. Un clic. Apagar. Otro clic. Instantáneamente la preciosa vista que presidía el escritorio del ordenador cambió y en su lugar apareció un fondo azul celeste con un mensaje muy simple: “Apagando equipo.” Segundos después, el molesto ruido del ventilador interno de la torre de control cesó. Silencio.
Damián siguió sentado delante de la pantalla ya apagada. Pensaba. Pensaba en alguien que no conocía, en una chica que se había cruzado en su vida sin querer, en una persona misteriosa a quien un buen día encontró en las profundidades de la inmensa red que es internet. Se llamaba Natalia, pese a que él estaba más familiarizado con su nick, y vivía en Murcia a cientos de kilómetros de su Valladolid natal, casi en la otra punta de España.
Cuanto más la conocía, cuantas más palabras intercambiaba con ella, más ganas tenía de verla, de hablar en persona, pero se tenía que contentar únicamente con leer sus mensajes, sus mails o escuchar su voz a través del teléfono. Sentía que si hubiera vivido en su misma ciudad se hubiese podido convertir en una personal especial, en algo más que una amiga.
Una y otra vez le asaltaba el mismo recuerdo mientras no quitaba la mirada de la pantalla del ordenador. Hacía tiempo, un amigo se había reído de él cuando le había dicho que necesitaba encontrar a su media naranja, a la persona que le complementase, a la otra pieza de un puzle compuesto únicamente por dos. Cuando su amigo terminó de reirse, le puso la mano derecha en su hombro. Su expresión cambió, dejando a un lado la mueca burlona. Se puso moderadamente serio y le preguntó. “¿De verdad crees que todos tenemos a alguien predestinado para nosotros?”
“Creo que sí...” Respondió Damián algo inseguro.
“¿De verdad?” Insistió su amigo. Viendo que asentía con la cabeza volvió a formular una pregunta. “¿Y si la persona que está hecha para ti vive en un lugar remoto? ¿Qué pasa si no la encuentras en toda tu vida? ¿Te conformarás con otra que no esté hecha a tu medida?”
“La encontraré, estoy seguro.” La energía que depositó en su contestación hizo que la respuesta fuese muy convincente.
“¿Sí? ¿De verdad lo crees?” Se miraron a los ojos y el chico volvió a asentir. “Pues no sé cómo lo vas a hacer...”
“Daré con ella, sea como sea...”
“Prueba a teclear en google 'chica perfecta' y clica en 'voy a tener suerte' a lo mejor te sale algo”
Pero Damián ya no prestaba atención a la enésima burla de su amigo. Divagaba entre sus pensamientos. En cuanto llegó a casa, encendió el ordenador. Cuando se dio cuenta estaba en un buscador de internet y ya había tecleado 'Chica perfecta'. “Qué absurdo” pensó y borró lo que había puesto. Sin embargo, al compás parpadeante del cursor, escribió una palabra muy corta. “Chat”. Y clicó sobre la primera opción que apareció.
Allí fue donde se había iniciado todo. La conocío, intercambiaron números de móvil, correos... y poco a poco, sin él quererlo la fue queriendo. Se había enamorado de una completa desconocida. Había visto fotos suyas, se había quedado prendado de un ideal, le encantaba compartir con ella horas y horas hablando de cualquier cosa. Estaba seguro. Era su otra mitad, la persona que le complementaba y, sin embargo, la lejanía les mantenía separados.
Pasó el tiempo y la fogosidad de sus conversaciones se fue enfriando. Decayó lentamente hasta extinguirse por completo. En unos meses se dió cuenta de que la había perdido definitivamente.
La vida de Damián fue cambiando. Dejó de tener diecisiete años para tener veinte y estar en la universidad. Ya no era el niño que una vez soñó con conocer a Natalia. Después de ella, vinieron muchas. Novias, amigas, chicas de una noche... Pero ninguna consiguió borrar su recuerdo. Con ninguna se repitió el sentimiento que le había poseído cuando la conoció en aquel chat hacía ya tres años. Era extraño pero seguía enloquecidamente 'enamorado'.
Una noche fría de un sábado cualquiera de octubre se despidió de sus amigos. Les dejaba a que se fuesen a tomar la última en un bar de copas cercano. Él estaba agotado y emprendió el camino de vuelta a casa. Se subió la cremallera de su cazadora hasta que le rozó la garganta. Diez grados y un viento gélido le hacían tiritar.
Caminaba prácticamente solo por las céntricas calles de Valladolid. Miraba al suelo a la vez que trataba de ponerse bien los cascos para escuchar algo de música. Se cruzó con una chica. Levantó la vista. Era muy guapa. Regresó a lo suyo. No lograba enchufar el dichoso cable correctamente. Espera un momento.
Miró hacia atrás. “No, no puede ser.” sonrió. Era una locura. Por fin acertó. Presionó la tecla de 'Play'. Los primeros compases de 'Los lunes de octubre' vibraron en sus oídos. Demasiado alto. Bajó el volumen. Se volvió a dar la vuelta.
La chica estaba ya algo lejos, veinte metros, quizá. Estaba a punto de hacer algo absurdo. Desenchufó lo que tanto trabajo le había costado enchufar. Paró la música. Cogió aire. Notó como los nervios estrujaban su corazón como si fuese un puño. Y lo dijo.
“¿Natalia?”. La pregunta resonó en aquella calle vacía de Valladolid. La chica seguía su camino, como si no hubiera escuchado nada. “Al menos no me quedo con la duda” dijo Damián. El color rojo comenzaba a apoderarse de su cara, la vergüenza por haber metido la pata. Se iba a girar cuando la chica, diez segundos después de aquella pregunta, se dió la vuelta. Le miró. “Tierra trágame” pensó, y el color rojo de su rostro se acentuó.
“No, no puede ser.” dijo ella “¿Damián?” Al pronunciar su nombre, Natalia sonrió.
Damián tragó saliva a la vez que se fue acercando, sin querer, hacia ella. La chica también andaba hacia su encuentro.
“¿En serio? ¿Eres Natalia?” Seguía sin creérselo, incrédulo por un azar que de vez en cuando nos sorprende.
Se abrazaron como si se conocieran de toda la vida. Tras darse los dos besos de rigor se sentaron en un banco cercano, entonces Natalia le comenzó a contar su historia, la razón por la cual ahora estaba a su lado.
Tras acabar bachiller, tenía decidido hacer periodismo. Las cosas se complicaron con las notas de corte, demasiado altas como para poder hacer la carrera en Murcia, en ese momento se planteó salir fuera, a otro lugar. Declinó las opciones de Madrid, Sevilla, Valencia o Barcelona impulsada por el morbo de tener una posibilidad real de conocer al 'amor de su infancia', al único chico que le había hecho sentir algo especial. Asi que dejó su vida a orillas del Mediterráneo y viajó rumbo a Valladolid.
Natalia confesó que desde que había llegado allí, cada vez que pisaba la calle, anhelaba ver su cara entre los rostros desconocidos de la gente. A Damián aquello le parecía surrealista, un esfuerzo demasiado grande para tener simplemente la oportunidad de conocer a una persona que conocía tan sumamente bien y con la que hacía años que no hablaba. No sabía si estaba loca de atar o loca por culpa de un sentimiento que se asemejaba mucho al amor.
El caso es que, por muy rocambolesca que fuese la historia, las piezas del puzle por fin habían encajado. La tenía donde había deseado tantas veces tenerla, a su lado, a escasos centímetros. Ella seguía hablando pero hacía tiempo que él se había perdido en el abrir y cerrar de sus labios. La quería. Ahora estaba más que seguro.
Once años después de aquel encuentro, también un frío sábado de octubre, contrajeron matrimonio en una iglesia muy cercana al lugar donde se vieron por primera vez. Dos años después de la boda, nacerían sus dos hijos, mellizos, un chico y una chica. Al primero le pusieron Roberto, casualmente el mismo nombre que tenía el amigo de Damián con el que una vez había discutido sobre la chica perfecta. A la niña la llamaron Esperanza, la esperanza que hizo que Natalia tomase la decisión más alocada de su vida y dejase todo en Murcia para irse a orillas del río Pisuerga y tener así, al menos, la posibilidad de conocer a Damián, la misma esperanza que había hecho que Damián gritase su nombre en una fría noche de octubre en una solitaria y céntrica calle de Valladolid.
Dani Rivera

- “¿Laura?” pregunté aunque estuviera completamente seguro de que era ella.
- “Hola, Mario” dijo tan bajito que me costó escucharla.
- “Déjame hacerte feliz” Ella se zafó de mi brazo derecho para mirarme a los ojos por primera vez en toda la noche.
- “¿Cómo?” Preguntó.
- “Que me dejes demostrarte que no todos somos unos capullos, que yo merezco la pena, déjame hacerte sentir lo que sentirías si estuvieses conmigo, venga, dame una oportunidad”
- “Mario...” Comenzó pero no la dejé terminar.
- “Dame dos horas, solo pido eso. Prestame dos horas de tu valioso tiempo para hacerte ver que podría significar mucho para ti, permíteme entrar en tu vida, abrir las puertas de tu maltrecho corazón de par en par, solo te 'secuestro' hasta las cuatro, de verdad.”
- “Pero es que yo me tengo que ir a las tres...”
- “Me es suficiente ¿Aceptas el reto?” Dije sin mucho convencimiento en mí mismo, pero con unas ganas locas de tener la oportunidad de la que, hasta entonces, había carecido.
- “¿Bailamos?” Nada más terminar de formular la pregunta, sonrió. Sabía que a mí no me gustaba en absoluto bailar. Me conocía muy bien.
- “Pero si tú lo odias...”
- “Bailaría contigo hasta en el centro de un terremoto” Sentencié con rotundidad y ella se quedó sorprendida. Ya no era la misma que hacía escasos segundos, estaba más relajada, parecía haber olvidado, al menos en parte, a aquel cretino que quiso con locura.
- “Yo siempre había sabido que, pese a los terremotos o a las tormentas, estaría bien a tu lado.”
Dani Rivera
Segui @Dani_RiveraRuiz
Foto: Ángel Torres.


Unas milésimas de segundo, unos centímetros, una palabra... Es lo que separa el poder llegar a tener todo a no tener nada. Llevo días comiéndome la cabeza, pensando y dando vueltas para no llegar a ninguna conclusión. Cuantas veces me habré preguntado a mi mismo si cambiaría tanto mi vida si pronunciase un par de palabras...
Pero esas dos palabras pueden hacer que cambien tantas cosas... La diferencia entre serlo todo o ser la nada. A una parte de mí le gustaría probar, anteponer una supuesta satisfacción a los riesgos que conlleva, pero por otra parte...
Creo que no lo haré. Es absurdo intentar cambiar algo cuando la persona que lo debe hacer no quiere. Es como intentar derribar un muro de piedra, tan sólo te puedes hacer daño, pero no consigues nada más, intento tras intento, golpe tras golpe, dolor tras dolor. ¿Cómo va a cambiar si ella no quiere?
Pero esto viene de lejos. No demasiado, unos cuantos meses atrás tan solo. Me gustaba , anda que si me gustaba ella, muchísimo, me atrevería a decir incluso, pero, por unas cosas o por otras jamás me atreví a dirigirla la palabra. Cada vez que la veía, balbuceaba estúpidamente un ligero murmullo, un “Hola” apagado por culpa de mi a veces exagerada timidez. Jamás creí que fuese capaz de hablar bien con ella, más allá de los cordiales saludos, y sin embargo, lo hice.
Fue por su culpa, bueno, mejor dicho, fue gracias a ella. Siempre simpática, por mucho que me enfadase con el mundo, jamás lo podría hacer con ella. La verdad es que nos hicimos amigos muy rápidamente, me caía muy bien. Llevo, desde hace años, mis secretos tatuados a fuego en la piel, pero nunca, hasta ahora, nadie había podido descifrarlos y llegó ella...
Tocaba cambiar, poner un punto y final a una etapa en mi vida que siempre recordaré. Pensaba olvidarla, pasar página y, de hecho, lo hice, pero volvió de nuevo su sonrisa y la triste burbuja donde me hallaba sumergido, se rompió.
Otra vez juntos, otra vez vuelta a hablar, a pensar, a opinar... Y con más fuerza, si cabe, que antes. Me di cuenta de que jamás podría volver a olvidarla, otra vez. Lloré, lo confieso, lloré, porque, sin querer, me enamoré, me enamoré y ahora, por desgracia no sé que hacer...
Sé que yo la necesito, pero ¿ella me necesita a mi también? Sé que la podría dar toda mi sinceridad, mi responsabilidad, mi fidelidad, en definitiva, todo mi amor. Sé que podría arroparla cuando tuviese frío, escucharla cuando necesitase a alguien para contarle sus penas, sus sueños, sus alegrías, sus desilusiones... Pero ¿es lo que está buscando?
Y ahora me encuentro en la bifurcación del camino de mi vida. Arriesgarme a perderlo todo o esperar a que no pase nada. Demasiado que perder y mucho que ganar. Me gustaría no volver a recordarla, que mi corazón no volviese a sufrir por ella, siento un dolor inmenso dentro de mí pecho, por desgracia, no puedo hacer nada.
Todo o nada, arriesgarse o esperar, ganar o perder, reír o llorar...Dos posibilidades, una única solución.
No tengo todo. Claro que no. Me falta mi infancia, el patio, los balones, la charla con mis amigos, el paseo hasta la biblioteca para refugiarse durante unos minutos de la habitual tormenta que hacía acto de presencia en el recreo. Echo de menos a algún profesor, a algún compañero que no he vuelto a ver desde que nuestros caminos se separaron hace ya un año. Echo en falta alguna clase en particular y las carcajadas en los intercambios. Mi mente todavía guarda apilados, en enormes cajas de cartón, folios y apuntes de educación física, historia o lengua.
Tengo la misma sensación que ya he tenido antes, justo cuando llegué a Valladolid y me despedí de mi querida Medina, solo que ahora ese sentimiento es mucho más fuerte, más profundo y duele horrorosamente más, porque sé que, haga lo que haga, el tiempo de colegio pasó, que nunca voy a volver, que es una etapa en mi vida que cerré definitivamente aquella tarde en la que grité de alegría al comprobar que había aprobado, que ya era universitario. Un capítulo acabado o una página en la que ya no caben más palabras. Y, como en todos los finales, lloras.
He de confesar que sé perfectamente que jamás he dejado huella en ningún lado, que nadie me va a echar de menos el día de mañana en aquel colegio en el que pasé tanto tiempo, que ninguna persona va a llorar si dentro de algún tiempo desaparezco, porque nunca le importé a nadie, a nadie, salvo a mis amigos. Es triste, lo sé, pero toca asumirlo.
Asumir que eres un mero ladrillo de un magnífico monumento, un minúsculo grano de arena en una bella playa o una fría gota de agua en la inmensidad del océano. Pero también te das cuenta de que sin ese simple ladrillo, el monumento se derrumbaría, que sin ese minúsculo grano de arena, la playa podría perder su belleza o que sin esa fría gota de agua, tal vez quizás, el océano ya no sería tan inmenso.
He estado ojeando la revista del colegio de este año. En las páginas centrales ya no estábamos nosotros, como hace un curso, no conocía a nadie excepto a una sola persona con la que hace meses que no hablo. Es la misma sensación. Sentir que la vida es como la inmensa playa a la que me refería, que a cada paso que das, se borra la huella del anterior, que no dejas ningún recuerdo tuyo más allá de una orla que perdurará durante años en el pasillo que te vio crecer.
No he marcado un antes y un después en ningún sitio. Soy excesivamente normal, arrebatadoramente tímido, demasiado introvertido. Nadie nunca se ha fijado en mí y ha creído ver un futuro prometedor o un presente maravilloso detrás de mis pupilas. Yo no habré dejado huella en el colegio, pero desde luego yo llevo el colegio tatuado a fuego en el corazón.



