Sígueme


Dicen que el romanticismo languidece por momentos, que se pierde, que llegará un día en el que definitivamente se extinguirá, que ahora todo se reduce a una mezcla imperfecta de alcohol, noche y descontrol, de deslices, de Te quieros con fecha de caducidad, de hasta luegos definitivos. Ojalá las rosas nunca mueran y siempre sirvan para expresar lo que, a veces, las palabras nunca alcanzan a describir, porque...

¡Que vivan los románticos! Los que aún creen en un 'Para siempre', aquellos a los que se les acelera el pulso cada vez que la ven, a ella, a la única. Que nunca mueran los besos kamikazes, los que desvelan sentimientos que nadie sabía, los que conquistan medias naranjas.

Que vivan los que creen en lo imposible, porque no hay nada más imposible que aquello que nunca se creyó posible. Y que desaparezcan los agoreros, los del 'Tú y ella no pegáis', los que se ríen de los ramos de flores y de las declaraciones de amor.

Que vivan los que aún aguardan el momento ideal para lanzarse y los que ya lo hicieron. Seguro que se han dado cuenta de que mereció la pena aquel amargo trago de saliva para reunir el suficiente valor como para soltar un 'Te amo'. Que vivan los que en el juego del amor alguna vez perdieron porque como diría aquel “Prefiero haber amado y perdido que jamás haber amado”.

Que vivan los que no se impacientan porque saben que en algún lugar del mundo está esperando su alma gemela. Y también aquellos que arrojaron la toalla, cansados de esperar, porque tarde o temprano se darán cuenta de que por fin la han encontrado.

Que viva el amor porque sin él no habría románticos. Que vivan los románticos porque sin ellos no habría amor.

Dani Rivera

- “Necesito necesitarte”
- “Lo sé”
- “¿Lo sabes?”
- “Sí” ella sonrió como sonríe un niño que acaba de cometer una travesura
- “Necesito decirte que te quiero”
- “Lo sabía.”
- “¿También?”
- “Sí” repitió, calcando hasta el detalle más mínimo, su anterior sonrisa.
- “Pues que sepas, si no lo sabes ya, que necesito compartir los domingos por la mañana contigo, enredarnos entre las sábanas rogando que regrese la noche, que necesito intercambiar miradas de esas que lo dicen todo sin decir nada, que necesito susurrarte al oído que si algún día no estoy a tu lado es porque te espero en un cercano más allá, que necesito que me cortes la respiración cada vez que te veo porque sino no tiene sentido seguir respirando, que necesito que hables del futuro en primera persona del plural, que necesito darme cuenta de que por fin he encontrado lo que llevo media vida buscando, que necesito saber que jamás habrá más nuncas, que a partir de ahora todo serán para siempres.”
- “Lo sabía.”
- “¿Y qué opinas al respecto?”
- “Que yo también.”
- “¿Que tú también qué?”
- “Que yo también necesito necesitarte.”

Dani Rivera

Te odio porque no puedo dejar de mirarte. Sí, sé que aún no te has dado cuenta. Te odio porque tengo la certeza de que lo nuestro nunca podría funcionar. Te odio porque me encanta tu perfume, ese aroma que te envuelve y que te hace aún más irresistible. Te odio porque me imagino a tu lado dentro de unos años y de repente todo se esfuma. Y eso duele. Te odio porque Dios nos hizo tan iguales y a la vez tan distintos. Te odio porque todo en esta maldita vida me recuerda a ti.

Te odio porque aún guardo un montón de fotografías que ya no sirven de nada. Te odio porque para ti las noches no tienen fin. Te odio porque te pierdes entre las sábanas de otros. Desearía que fuesen las mías. Te odio porque te fuiste y dejaste prendida en mi corazón una llama que nunca se apaga. Creo que, por desgracia, jamás se apagará. Te odio por tu sonrisa imperecedera. Te odio porque me he dicho mil y una veces que ya te había olvidado y mil y una veces me mentí. Te odio porque buscamos cosas distintas y sin embargo yo aún espero encontrarte. Te odio porque al marcharte y cerrar la puerta dejaste el silencio que provoca tu ausencia. Te odio porque no logro encontrar un restaurador de corazones rotos. Y no he dejado de buscar. Te odio porque añoro tu locura infantil. Te odio porque hoy nos separan treinta centímetros. Te odio porque esa distancia nunca será cero. Te odio porque jamás llegará el día que espero desde que te conocí. Te odio porque desde que te conocí, te espero.

Te odio porque tu pintalabios rojo carmín aún espera que regreses. Y no es el único. Te odio porque cada vez que te veo trato de disimular que no siento nada. No sabes lo mucho que me cuesta. Te odio porque me conformé con amistad y ahora deseo amor. Te odio porque me cuesta pensar en alguien que no seas tú. Te odio porque sé que en alguna de tus aventuras encontrarás a quien andas buscando. Y no seré yo. Te odio porque llegará el día en el que reciba una invitación de boda. Y será tuya. Te odio porque nunca conoceré a nadie como tú. Te odio porque sé que nunca me escribirías algo así. Te odio porque parece que hay miles de chicas y te odio porque únicamente hay una.

Te odio porque en realidad me odio a mi mismo. Te odio porque nunca me he atrevido a decirte 'Te amo'. Te odio porque me encantas. Te odio porque te quiero.

Dani Rivera

“¿Qué te pasa?” Preguntó, queriendo leer el rostro afligido de la persona que tenía enfrente, mientras llevaba su mano derecha al vaso.

“¿Que qué me pasa, Marta? Que llevo cinco años enamorado de ti y no lo soporto más, cinco largos años en los que he esperado cada día a que el olvido borrase la huella de tu presencia, cinco años en los que he tenido que soportar tus romances, cada noche loca, cinco años en los que no he podido decirte 'Te quiero' y ni siquiera insinuar que te amaba, que deseaba estar a tu lado, cinco años en los que he aguantado que besases al primero que te invitaba a una copa, cinco insoportables años en los que me he querido separar de ti pero en los que, por desgracia, mi corazón no quería distanciarse ni un milímetro, cinco años he esperado a dejar de sentir que eres especial ¿Y sabes qué? Sigo enamorado como aquel mediodía de septiembre en el que te conocí...”

Hizo una pausa y tragó saliva. Había ensayado aquel discurso una y otra vez pero jamás hubiese pensado que estaría haciendo aquello allí, en medio de un bar prácticamente vacío, nunca pensó que se atrevería a decirle a la cara a la persona que amaba todo lo que acababa de recitar. Ella había agachado la cabeza desde ese “enamorado de ti” que se había convertido en una flecha que ahora yacía en alguna parte de su corazón.

“Dudo que puedas hacerte una idea de las noches que he soñado con despertarme a tu lado, con apartarte el pelo de la cabeza cuando el sol comenzaba a colarse por la ventana, de llevarte el desayuno a la cama, de agarrarte furtivamente la mano en el cine, de besarte...”

Volvió a parar. Lo necesitaba. Cogió aire. Tampoco comprendía aquel arrebato de valentía que se había apoderado de él. Levantó la mirada de la mesa y la miró. Aún continuaba con los ojos clavados en aquel vaso sin apenas líquido. Alguna lágrima esporádica había hecho correr su rimmel. No pronunció ni una sola palabra, simplemente continuó callada.

“¿Y sabes qué?” preguntó retóricamente, como si esperase respuesta “Que sé que yo no soy lo que buscas y sé, con toda certeza, que tú tampoco eres lo que busco, que yo quiero sentar la cabeza y pasar de los sábados por la noche cuando tú, justamente, deseas todo lo contrario y eso hace que sea aún más doloroso...”

Por primera vez desde que había comenzado a hablar, Marta le miró. Temía su reacción, temía que se marchase sin más y que jamás le volviese a dirigir la palabra, sin embargo, sonrió.

“¿Y sabes qué?” Dijo ella y aguardó hasta que la miró “Creo que por fin ha llegado la hora de cambiar.”

Dani Rivera@Dani_RiveraRuiz

La vida de Raúl Astray transcurre por los derroteros habituales hasta que el traumático divorcio de sus padres hace que se precipiten los cambios. De pronto y sin él quererlo se verá envuelto en un oscuro caso en el que tendrá que ejercer de detective improvisado. Amor, intriga y misterio se dan cita en la primera 'novela tuitera' que se dividirá en capítulos publicados periódicamente en este blog y que se podrán comentar en Twitter con el hastag #laslucesdelaoscuridad, bajo el cual se podrá dar el punto de vista o, incluso, sugerir continuaciones para la novela.




Tomó aire. Lo necesitaba. Echó un fugaz vistazo al reloj, lo había logrado. Bajo elevado techo de la estación de tren de Valladolid, recogió su mochila del suelo, se la colgó en el hombro izquierdo y volvió a emprender una marcha que se había visto pausada por culpa de su forma física. Llevaba corriendo algunos minutos, necesitaba coger ese tren, el haberlo perdido hubiese significado tener que quedarse otra noche más en aquella gélida ciudad. Y llegó.

No estaba lejos de casa, con suerte en apenas cuarenta y cinco minutos el tren se detendría en los andenes de su estación. Estaba feliz, radiante, atrás dejaba una semana plagada de trabajo, de idas y venidas, de llamadas telefónicas estériles, de gritos, de discusiones, de soledad al llegar a casa. En el fondo la echaba de menos, a sus veinticinco años había pasado seis de ellos a su lado, pero sabía que la culpa había sido única y exclusivamente suya, de la mujer a la que había amado desde que la pidió salir después de un tímido “Me gustas” allá en un lejano 2005.

Tenía ganas de coger las llaves de la casa de sus padres, abrir la puerta y pasar un fin de semana alejado de todo aquel recuerdo que le hacía pensar en ella. Hacía tiempo que no les visitaba, un par de meses, una semana antes de que ella hiciese las maletas y se largase a no se dónde con no se quién, un tipo que, por cierto, había aprendido a hacerla feliz.

Llegaba puntual, pese a las prisas, a su cita con el tren. Esperó un par de minutos a que el morro del Media Distancia apareciese en la lejanía en un andén repleto, lleno a rebosar de lágrimas de despedida, de maletas de ida y vuelta, de sentimientos encontrados, de esperanzas y de nervios, de últimos besos y de adioses de esos que encharcan las pupilas. Todos parecían tener alguien de quien despedirse o alguien a quien esperar, todos menos él y una chica que no dejaba de apartar la mirada de un libro que parecía interesarla tanto que ni se dio cuenta de que su tren acababa de soltar el resoplido de alivio y se había detenido a su lado, milésimas de segundo antes de que comenzase el alboroto, el ir y venir, el mirar el número de vagón, las puertas de las que no cesan de salir gente.

Se despreocupó de ella pese a que se había quedado ensimismado contemplándola. Necesitaba buscar su asiento, necesitaba descansar de la carrera que se había echado para llegar a tiempo. Cuando paró de salir gente, comenzó la lucha por entrar en las primeras posiciones. Él esperó a que todos subiesen, sin meterse en peleas absurdas.

No había posado ni siquiera el pie en el primer escalón de la escalerilla metálica del tren cuando alguien le golpeó. Miró hacia atrás aguardando alguna explicación cuando se dio cuenta de que era ella. Se le acababa de caer una voluminosa maleta que no había podido controlar por culpa de su exceso de equipaje. Queriéndola ayudar, la tendió la mano y ella le fue pasando las tres bolsas que descansaban sobre el cemento del andén. Justo cuando subió al tren, el pitido aviso de que las puertas comenzaban a cerrarse.

  • “Muchas gracias”
  • “Si no te llego a ayudar, todavía sigues en la estación” dijo sonriendo.
  • “Pues sí, no estaba prestando atención porque me había quedado leyendo un libro, de verdad, muchas gracias” Y fue entonces cuando enarboló una preciosa sonrisa. Él se quedó absorto, como cuando la había visto por primera vez. Los latidos se atropellaban y le costó articular palabra.
  • “De nada, ha sido un placer” Sus caminos se separaron, ella sacó su billete y sin mirarlo si quiera, entró al vagón de la izquierda, él al de la derecha.

Se cerraron las puertas después de que las cruzase y fue consciente de que había perdido la oportunidad. “¿Un placer?” Pensó “¿Un placer cargar con tus maletas? Así no ligaré en la vida, de verdad, estoy tonto”.

Comenzaba el tren a acelerar, dejando poco a poco atrás a Valladolid, los fríos edificios quedaban desfilaban y de pronto desaparecieron por completo dejando solo campo. Sus ojos miraban el paisaje sin prestar demasiada atención, aún seguía pensando en lo que debería haber dicho, le daban ganas de pegarse cabezazos contra la ventanilla y mientras gritar “Estúpido, estúpido” pero respiró, se puso los cascos, cerró los ojos y dio al 'play'.

Justo un minuto después, alguien perturbó su tranquilidad. Con dos pequeños golpes en su hombro derecho bastó. Se sobresaltó. ¿Era ella? ¿Ella otra vez? Preguntó en cuanto vio su cara.

  • “Parece que este es mi asiento” dijo ella señalando a la butaca contigua a la suya. “Qué casualidad ¿eh?”
  • “Sí, sí”
  • “Me llamo Silvia, antes ni siquiera nos ha dado tiempo a presentarnos.”
  • “Encantado, Silvia, yo soy Ismael” respondió mientras se afanaba en retirar la pesada maleta con la que había ocupado su sitio para subirla a la parte de arriba. En cuanto la colocó, pensó “Gracias, destino”.

Sin embargo apenas hablaron. Cada uno se puso a hacer una cosa diferente. Él trataba de pensar en un tema de conversación mientras observaba, impotente, cómo el paisaje pasaba y el tiempo se iba agotando. Ella seguía ensimismada con la lectura de su libro. Cuando apenas le quedaban diez minutos de viaje para llegar a su destino, Silvia cerró el libro y lo guardó delicadamente en un bolso. Aprovechó la ocasión para pasar a la acción.

  • “¿Y adónde vas?” preguntó Ismael como si no hubieran dejado de hablar.

Ese fue el comienzo de una conversación breve pero intensa. Ella se marchaba a Madrid durante unos días para pasar algo de tiempo con sus padres, aunque vivía en Valladolid donde hacía tres años había conseguido encontrar un buen trabajo como diseñadora de interiores. Al principio la resultó difícil separarse de su familia, pero con el paso del tiempo se fue aclimatando a las tardes de lluvia, las mañanas de niebla y el frío que solía imperar a primeras horas de la mañana. Ahora le encantaba Valladolid, de hecho se había comprado piso propio, que obviamente había decorado ella misma. Salvo a sus padres y a su hermana, que vivía en un apartamento del paseo de la Castellana madrileño, todo lo tenía en Valladolid, amigos, trabajo, casa... Todo salvo a un chico que la soportase y al que soportar. Acababa de cumplir veinticuatro años y comenzaba a sentir que el tiempo pasaba y ella, sin embargo, no avanzaba.

No se dio cuenta. Por los altavoces sonó una preciosa voz de mujer anunciando la siguiente parada, la suya. Fue un acto reflejo. Ismael se levantó, arrancó un trozo de hoja de un cuaderno de su mochila, cogió un boli azul y apuntó rápidamente su número de teléfono. Cuando terminó de anotarlo, se lo tendió. Ella sonrió y lo cogió. “Por si acaso te entran más ganas de hablar en cuanto regreses de Madrid” la dijo.

Se dieron los dos besos de rigor y desapareció entre la multitud nada más apearse del tren. Entre las idas y las venidas, él se detuvo en mitad del andén a rebosar. Necesitaba verla una última vez para acordarse y grabar cada detalle de su rostro en su falible memoria. Cuando se giró, únicamente vio el final del tren. Sabía que los días se le harían eternos, justo al contrario que cualquier fin de semana en el pueblo que le vio crecer.

Los segundos no pasaban, la aguja del minutero parecía haberse quedado quieta. Las horas se estiraban y se estiraban hiciese lo que hiciese. A cada milésima, echaba un vistazo al móvil, por si a ella se le hubiese ocurrido darle un toque para que él también pudiera guardar su número de teléfono. Pero nada. Ahora que lo pensaba más en frío parecía algo estúpido. “¿Cómo se iba a poder enamorar una chica de mí en apenas sesenta kilómetros?” pensaba.

Llegó el lunes y no le llamó. Ni el martes, ni el miércoles. Pasó la semana entera y no tenía ninguna noticia suya. Desistió. En el trabajo estaba fuera de cobertura, pensativo y todos lo notaron.

  • “Ismael, Ismael” repitió Fer, uno de sus mejores amigos. “¿Qué te pasa? Estás alelado últimamente... Incluso más que de costumbre”
  • “No llama... ¿Y sabes? No llamará.”
  • “¿Que no llamará quién?”
  • “Ella...”
  • “¡Anda, que Isma ha ligado esta semana!” dijo, casi gritando, a la vez que le golpeó el hombro con la mano.

La mirada que le dirigió hizo que bajar el tono de voz casi de inmediato. Nadie lo entendía y nadie lo entendería. A él le daba igual. Necesitaba volver a verla, urgentemente. Pero aquel día nunca llegó, jamás descolgó el teléfono y comprobó, exultante, que al otro lado de la línea estaba ella, era su anhelada voz.

Pasó el tiempo y el recuerdo de aquella chica pronto quedó enterrado entre montañas de ligues de una noche, de novias sin compromisos y de relaciones sin futuro. Ocho meses después de que se subiese a aquel tren que trastocó su vida momentáneamente, regresó a la escena del crimen, como ya había vuelto cada fin de semana desde ese día que parecía tan lejano.

Llegó asfixiado por las prisas a la estación. Como siempre. Respiró y subió al tren. Ni siquiera ojeó el billete y se paró en el primer asiento que vio libre, dejó a su lado el poco equipaje que llevaba y se sentó a contemplar la ventana, deseoso de que el tren emprendiese su camino cuanto antes para llegar a casa lo más pronto posible.

Comenzaba a quedarse dormido acunado por la suave melodía de 'Brothers in arms' cuando dos golpes muy leves, prácticamente imperceptibles, le hicieron sobresaltarse. Rápidamente abrió los ojos y sin apenas fijarse, buscó con viveza el billete, creyendo que era el revisor. Cuando levantó la cara tuvo ante sí algo que le resultaba familiar. Aquella sonrisa descarada, los ojos que le evocaban un mar en calma, la melena perfectamente cuidada que apenas llegaba a la altura de los hombros... Tardó unos segundos en darse cuenta. Era ella.

  • “¡Silvia!” Exclamó.
  • “Pensé que no te darías cuenta” dijo ella mientras esbozó aquella sonrisa que hacía tambalear las desconfianzas “¿Me dejas que me siente a tu lado? Tengo muchas cosas que contarte” Nada más acabar la frase su sonrisa se esfumó.
  • “Por supuesto, siéntate”
  • “Disculpa por no haberte llamado... Lo siento, de verdad...” Parecía que de un momento a otro se iba a poner a llorar “Cuando llegué a Madrid me enteré que mi madre había fallecido...” Finalmente se derrumbó “Cuando me recuperé días después ya había perdido la pista del papel con tu número de teléfono...” La costaba retener las lágrimas e Ismael la rodeó con su brazo izquierdo, intentando consolarla.

Se quedaron en silencio. Ella seguía llorando aunque a medida que transcurrían los minutos parecía mejorar y los sollozos fueron a menos. Continuaban agarrados en un vagón vacío. Cuando se secó las últimas lágrimas y mirando al suelo, incapaz de cruzar su mirada con la de Ismael, retomó la conversación.

  • “Desde entonces, todos los viernes, venía hasta la estación y te esperaba en el andén por si algún día conseguía encontrarte... ¿Sabes? Nunca me había enamorado a primera vista... Nunca... De hecho, renegaba de ello, no creía que dos personas que se viesen por primera vez fuesen capaces de llegar a quererse el uno al otro... Como la típica película en la que se miran el chico y la chica y no se vuelven a separar...Qué tontos, pensaba, y fíjate, ahora yo soy la protagonista...”

Entonces subió la vista y sus miradas se cruzaron por primera vez. Los azules ojos vidriosos se clavaron en sus pupilas. La mano de Ismael recorrió su cuerpo hasta llegar a la cara. Respiraron profundamente y los corazones comenzaron a latir al unísono. Por fin se volvió a dibujar en el rostro la sonrisa que tanto le gustaba. Aquel día, después de recorrer los sesenta kilómetros, no se apeó sólo del tren. Aquel fue el primero de infinitos viajes, juntos.

Dani Rivera
  • “Damián, mañana a la hora de siempre, en el mismo lugar ¿ok?”

  • “Esperaré impaciente a que lleguen las cinco de la tarde de mañana.”

Cerró la conversación, deslizó el ratón hasta la esquina inferior izquierda de la pantalla. Un clic. Apagar. Otro clic. Instantáneamente la preciosa vista que presidía el escritorio del ordenador cambió y en su lugar apareció un fondo azul celeste con un mensaje muy simple: “Apagando equipo.” Segundos después, el molesto ruido del ventilador interno de la torre de control cesó. Silencio.


Damián siguió sentado delante de la pantalla ya apagada. Pensaba. Pensaba en alguien que no conocía, en una chica que se había cruzado en su vida sin querer, en una persona misteriosa a quien un buen día encontró en las profundidades de la inmensa red que es internet. Se llamaba Natalia, pese a que él estaba más familiarizado con su nick, y vivía en Murcia a cientos de kilómetros de su Valladolid natal, casi en la otra punta de España.


Cuanto más la conocía, cuantas más palabras intercambiaba con ella, más ganas tenía de verla, de hablar en persona, pero se tenía que contentar únicamente con leer sus mensajes, sus mails o escuchar su voz a través del teléfono. Sentía que si hubiera vivido en su misma ciudad se hubiese podido convertir en una personal especial, en algo más que una amiga.


Una y otra vez le asaltaba el mismo recuerdo mientras no quitaba la mirada de la pantalla del ordenador. Hacía tiempo, un amigo se había reído de él cuando le había dicho que necesitaba encontrar a su media naranja, a la persona que le complementase, a la otra pieza de un puzle compuesto únicamente por dos. Cuando su amigo terminó de reirse, le puso la mano derecha en su hombro. Su expresión cambió, dejando a un lado la mueca burlona. Se puso moderadamente serio y le preguntó. “¿De verdad crees que todos tenemos a alguien predestinado para nosotros?”


  • “Creo que sí...” Respondió Damián algo inseguro.

  • “¿De verdad?” Insistió su amigo. Viendo que asentía con la cabeza volvió a formular una pregunta. “¿Y si la persona que está hecha para ti vive en un lugar remoto? ¿Qué pasa si no la encuentras en toda tu vida? ¿Te conformarás con otra que no esté hecha a tu medida?”

  • “La encontraré, estoy seguro.” La energía que depositó en su contestación hizo que la respuesta fuese muy convincente.

  • “¿Sí? ¿De verdad lo crees?” Se miraron a los ojos y el chico volvió a asentir. “Pues no sé cómo lo vas a hacer...”

  • “Daré con ella, sea como sea...”

  • “Prueba a teclear en google 'chica perfecta' y clica en 'voy a tener suerte' a lo mejor te sale algo”


Pero Damián ya no prestaba atención a la enésima burla de su amigo. Divagaba entre sus pensamientos. En cuanto llegó a casa, encendió el ordenador. Cuando se dio cuenta estaba en un buscador de internet y ya había tecleado 'Chica perfecta'. “Qué absurdo” pensó y borró lo que había puesto. Sin embargo, al compás parpadeante del cursor, escribió una palabra muy corta. “Chat”. Y clicó sobre la primera opción que apareció.


Allí fue donde se había iniciado todo. La conocío, intercambiaron números de móvil, correos... y poco a poco, sin él quererlo la fue queriendo. Se había enamorado de una completa desconocida. Había visto fotos suyas, se había quedado prendado de un ideal, le encantaba compartir con ella horas y horas hablando de cualquier cosa. Estaba seguro. Era su otra mitad, la persona que le complementaba y, sin embargo, la lejanía les mantenía separados.


Pasó el tiempo y la fogosidad de sus conversaciones se fue enfriando. Decayó lentamente hasta extinguirse por completo. En unos meses se dió cuenta de que la había perdido definitivamente.


La vida de Damián fue cambiando. Dejó de tener diecisiete años para tener veinte y estar en la universidad. Ya no era el niño que una vez soñó con conocer a Natalia. Después de ella, vinieron muchas. Novias, amigas, chicas de una noche... Pero ninguna consiguió borrar su recuerdo. Con ninguna se repitió el sentimiento que le había poseído cuando la conoció en aquel chat hacía ya tres años. Era extraño pero seguía enloquecidamente 'enamorado'.


Una noche fría de un sábado cualquiera de octubre se despidió de sus amigos. Les dejaba a que se fuesen a tomar la última en un bar de copas cercano. Él estaba agotado y emprendió el camino de vuelta a casa. Se subió la cremallera de su cazadora hasta que le rozó la garganta. Diez grados y un viento gélido le hacían tiritar.


Caminaba prácticamente solo por las céntricas calles de Valladolid. Miraba al suelo a la vez que trataba de ponerse bien los cascos para escuchar algo de música. Se cruzó con una chica. Levantó la vista. Era muy guapa. Regresó a lo suyo. No lograba enchufar el dichoso cable correctamente. Espera un momento.


Miró hacia atrás. “No, no puede ser.” sonrió. Era una locura. Por fin acertó. Presionó la tecla de 'Play'. Los primeros compases de 'Los lunes de octubre' vibraron en sus oídos. Demasiado alto. Bajó el volumen. Se volvió a dar la vuelta.


La chica estaba ya algo lejos, veinte metros, quizá. Estaba a punto de hacer algo absurdo. Desenchufó lo que tanto trabajo le había costado enchufar. Paró la música. Cogió aire. Notó como los nervios estrujaban su corazón como si fuese un puño. Y lo dijo.


“¿Natalia?”. La pregunta resonó en aquella calle vacía de Valladolid. La chica seguía su camino, como si no hubiera escuchado nada. “Al menos no me quedo con la duda” dijo Damián. El color rojo comenzaba a apoderarse de su cara, la vergüenza por haber metido la pata. Se iba a girar cuando la chica, diez segundos después de aquella pregunta, se dió la vuelta. Le miró. “Tierra trágame” pensó, y el color rojo de su rostro se acentuó.


  • “No, no puede ser.” dijo ella “¿Damián?” Al pronunciar su nombre, Natalia sonrió.

Damián tragó saliva a la vez que se fue acercando, sin querer, hacia ella. La chica también andaba hacia su encuentro.


  • “¿En serio? ¿Eres Natalia?” Seguía sin creérselo, incrédulo por un azar que de vez en cuando nos sorprende.

Se abrazaron como si se conocieran de toda la vida. Tras darse los dos besos de rigor se sentaron en un banco cercano, entonces Natalia le comenzó a contar su historia, la razón por la cual ahora estaba a su lado.


Tras acabar bachiller, tenía decidido hacer periodismo. Las cosas se complicaron con las notas de corte, demasiado altas como para poder hacer la carrera en Murcia, en ese momento se planteó salir fuera, a otro lugar. Declinó las opciones de Madrid, Sevilla, Valencia o Barcelona impulsada por el morbo de tener una posibilidad real de conocer al 'amor de su infancia', al único chico que le había hecho sentir algo especial. Asi que dejó su vida a orillas del Mediterráneo y viajó rumbo a Valladolid.


Natalia confesó que desde que había llegado allí, cada vez que pisaba la calle, anhelaba ver su cara entre los rostros desconocidos de la gente. A Damián aquello le parecía surrealista, un esfuerzo demasiado grande para tener simplemente la oportunidad de conocer a una persona que conocía tan sumamente bien y con la que hacía años que no hablaba. No sabía si estaba loca de atar o loca por culpa de un sentimiento que se asemejaba mucho al amor.


El caso es que, por muy rocambolesca que fuese la historia, las piezas del puzle por fin habían encajado. La tenía donde había deseado tantas veces tenerla, a su lado, a escasos centímetros. Ella seguía hablando pero hacía tiempo que él se había perdido en el abrir y cerrar de sus labios. La quería. Ahora estaba más que seguro.


Once años después de aquel encuentro, también un frío sábado de octubre, contrajeron matrimonio en una iglesia muy cercana al lugar donde se vieron por primera vez. Dos años después de la boda, nacerían sus dos hijos, mellizos, un chico y una chica. Al primero le pusieron Roberto, casualmente el mismo nombre que tenía el amigo de Damián con el que una vez había discutido sobre la chica perfecta. A la niña la llamaron Esperanza, la esperanza que hizo que Natalia tomase la decisión más alocada de su vida y dejase todo en Murcia para irse a orillas del río Pisuerga y tener así, al menos, la posibilidad de conocer a Damián, la misma esperanza que había hecho que Damián gritase su nombre en una fría noche de octubre en una solitaria y céntrica calle de Valladolid.


Dani Rivera



Escuché el leve rumor de una conversación entre susurros demasiado próxima a mí. Me pasé la mano por la cara y, bostezando, me incorporé. Era de noche y comenzaba a hacer mucho frío, esa sensación que se repite cada vez que cae el sol en septiembre y que hace que un agudo escalofrío recorra la columna vertebral en orden ascendente, segundos después, suele comenzar una tiritona que convulsiona todo el cuerpo.

Dormir en un banco resultaba algo incómodo pero, increíblemente, estaba bastante descansado. Recapitulé. Recordaba pocas cosas, bajar unos escalones oscuros, un bar coronado por una anticuada bola recubierta de pequeños espejitos, un par de cervezas, unos labios rojo carmín, una mano recorriendo mi espalda hasta detenerse en mi cintura, ese sudor frío que precede momentos clave, acercarse mucho a una chica cuyo rostro me era imposible recordar, la puerta de unos lavabos... Para, me dije a mí mismo. No, no, no quiero seguir. Me aterra todo aquello, me da miedo ver en lo que me había convertido, en un sonámbulo de una vida que ya no me pertenecía, en un ciego guiado por la tristeza y el alcohol, una burda copia barata de alguien al que habían roto el corazón, un espectro al que el recuerdo le había condenado al olvido.

Todo es por ella. Su sonrisa me caló hondo desde el primer día que la vi, con un 'Hola' había derrumbado las altas paredes de la timidez, había roto mis esquemas y les lanzó al fuego. Era ella. Siempre creí que cuando apareciese la chica ideal lo sabría. Y lo supe.

No dejábamos de hablar, ni de reir, de contarnos nuestros secretos y de recuperar el tiempo que habíamos perdido por no habernos conocido antes. Yo no dejaba de enamorarme más y más cada día, sin embargo, para ella, siempre fui simplemente un buen amigo. No dejaba de ir y de venir, de llegar sola y marcharse bien acompañada, de coleccionar besos interesados, de naufragar en noches eternas compartiendo cama.

Volví a la realidad. Había pasado un año desde que decidiese olvidarla y me seguía doliendo como si me hubiese hecho la profunda herida ayer mismo. Miré el reloj. Las dos. Todavía era pronto, pensé, pero no me apetecía volver a encontrarme con mis amigos asi que me levanté definitivamente del banco de madera, me situé y marché rumbo a casa.

Cuando apenas llevaba cinco minutos andando, entre botellas rotas y cigarillos humeantes, me topé con una chica, con el rostro tapado por sus manos, que parecía llorar sentada en un banco de una plaza bastante iluminada. Estaba completamente sola, cerca de la parada de un bus al que le quedaban veinte minutos para llegar. Sin saber por qué, algo me dijo que me acercase y yo, despacio, paso a paso lo hice.

Cuando me escuchó, asustada, me miró. Tuvieron que pasar unos segundos para que nos diésemos cuenta de lo que estaba pasando. Era ella, era ella. Ambos tardamos en reaccionar.

  • “¿Laura?” pregunté aunque estuviera completamente seguro de que era ella.
  • “Hola, Mario” dijo tan bajito que me costó escucharla.

Me senté a su lado y la pregunté que la pasaba. Ahí fue cuando se desbordó, cuando comenzó a llorar de nuevo, porque el rimmel corrido que encharcaba sus ojos daba fe de que no era la primera vez que derramaba lágrimas ese mismo día. Me comenzó a contar la historia, siempre mirando al suelo, como si la avergonzase clavar sus pupilas en las mías.

Me contó que hacía unas semanas que había comenzado a salir, medio en serio medio en broma, con un chico que la gustaba. Le pareció guapo, simpático, gracioso, en fin, todo lo que cualquier mujer busca en un hombre y tras tontear durante una noche de viernes, el sábado siguiente la pidió salir.

Ella, embelesada, le dijo que sí, aunque hacía mucho tiempo que no tenía una relación seria, asqueada por sus anteriores experiencias con los hombres. Todo marchaba perfectamente bien, ella le quería, y él parecía quererla hasta que aquella misma noche, hacía escasos minutos, le había visto amparado por la oscuridad de un rincón de discoteca, jurando a otra el mismo amor eterno que hace tres semanas le juraba a ella.

Cuando paró definitivamente tomó aliento. Un suspiro que sonó a lamento. Me acerqué a ella y ella viéndome apoyó su cabeza sobre mi hombro. Estaba seguro. O ahora, o nunca. Asi que rodeándola con mis brazos, protegiéndola de una noche que ya era fría, se lo confesé.

  • “Déjame hacerte feliz” Ella se zafó de mi brazo derecho para mirarme a los ojos por primera vez en toda la noche.
  • “¿Cómo?” Preguntó.
  • “Que me dejes demostrarte que no todos somos unos capullos, que yo merezco la pena, déjame hacerte sentir lo que sentirías si estuvieses conmigo, venga, dame una oportunidad”
  • “Mario...” Comenzó pero no la dejé terminar.
  • “Dame dos horas, solo pido eso. Prestame dos horas de tu valioso tiempo para hacerte ver que podría significar mucho para ti, permíteme entrar en tu vida, abrir las puertas de tu maltrecho corazón de par en par, solo te 'secuestro' hasta las cuatro, de verdad.”
  • “Pero es que yo me tengo que ir a las tres...”
  • “Me es suficiente ¿Aceptas el reto?” Dije sin mucho convencimiento en mí mismo, pero con unas ganas locas de tener la oportunidad de la que, hasta entonces, había carecido.

Pensé rápidamente. ¿Qué podía hacer? Y se me ocurrió. La sequé las lágrimas de la cara cuidadosamente y la tendí la mano. Ese era el momento clave pero para mi alegría, ella también me dio la suya. Andamos rápidamente hasta la primera discoteca que conocía. Un “No tengo muchas ganas” no fue capaz de disuadirme. Era el instante que llevaba un año esperando. Nada podía fallar.

Cada escalón que bajábamos hacia el local parecía relajar a Laura que se limitaba a seguirme a escasos centímetros. Llegamos a la pista de baile y acercándome a su oído para que me escuchase bien entre todo el caos de la música, la dije:

  • “¿Bailamos?” Nada más terminar de formular la pregunta, sonrió. Sabía que a mí no me gustaba en absoluto bailar. Me conocía muy bien.
  • “Pero si tú lo odias...”
  • “Bailaría contigo hasta en el centro de un terremoto” Sentencié con rotundidad y ella se quedó sorprendida. Ya no era la misma que hacía escasos segundos, estaba más relajada, parecía haber olvidado, al menos en parte, a aquel cretino que quiso con locura.

Me acerqué a ella, lentamente y rodeé con mis brazos su cintura. Tocaba una canción lenta. “Mejor” pensé. Ella hizo lo propio, y acabamos abrazados, en medio de una gran pista de baile, medio vacía. Levanté la vista y la pillé mirándome, casi furtivamente. Trató de disimular pero era imposible. El suelo comenzaba a temblar, los gritos de pánico comenzaron a retumbar por las paredes del local, una enorme grieta nos separó del resto de la gente. Ella se asió más fuerte, apretando su cadera y acercaba cada vez más, milímetro a milímetro, su boca contra la mía. El rimmel corrido no hacía más que resaltar su belleza. El movimiento comenzaba a ser brusco, las copas caían alrededor nuestro, las personas huían despavoridas por las salidas de emergencia. Nosotros no. Seguímos fundidos. Nada nos importaba. Sus labios ya se rozaban con los míos, sentía su humedad. Un enorme cascote se desplomó a escasos metros de donde estábamos, pero no nos inmutamos. Antes de que dejasemos de ser dos para ser solo uno, cuando escasos milímetros separaban nuestras lenguas, dijo algo que me marcó para siempre.

  • “Yo siempre había sabido que, pese a los terremotos o a las tormentas, estaría bien a tu lado.”

Y aunque a nuestro alrededor reinaba la locura, permanecimos juntos, sin alterarnos lo más mínimo, en la mitad de unas ruinas que solo existían en nuestra imaginación. No queríamos abrir los ojos, continuábamos con los labios unidos, bailando un lento vals, intentando girar la manecilla de su reloj para que jamás llegasen las tres. Tenía la certeza de que la había encontrado, por fin. Y ella, por primera y única vez en su vida, también lo sintió. Fuimos dos personas perdidas que se encontraron en el epicentro de un terremoto y jamás nos volvimos a separar.

Dani Rivera



Foto: Ángel Torres.

Una, dos, tres... Ninguna. Sólo ella. ¿A quién quiero engañar? ¿A mí mismo? ¿A mi mente caprichosa que no cesa en el empeño de dibujar su cara en el rostro de las personas distantes que comienzan a perfilarse en el horizonte? ¿A mi subconsciente suicida que no deja de soñar con ella? ¿A quién?

La quise sin querer. Sin darme cuenta. Un día la vi, como la veía todos los días pero ya no era la misma, no, al menos no para mi. Era diferente, extrañamente diferente. No la conocía, no tenía el placer, pero algo me decía que era ella, ella y solo ella.

Más de un año después sigo pensando exactamente igual, pero por desgracia me he llevado innumerables desilusiones y muy pocas alegrías. Mil y una veces he jurado no volver a hablarla, olvidarme de ella, pero mil y una veces he roto mi promesa. Es una droga y creo que yo estoy enganchado. Colgado de su sonrisa, prendado de su pelo, juro que no quiero pero cuando menos me lo espero, recaigo. Y con ella vuelve el dolor, el sufrimiento y la amarga indiferencia.

He de reconocer que me encanta pasear por la noche, de regreso a casa. Mucha gente me dice que por qué no cojo el bus, que tardo menos y no me toca andar. No, no, prefiero cientos de veces más el caminar completamente solo, alejándome del bullicio habitual del centro, mientras escucho cada paso que doy o a los coches que pasan por mi lado con cuentagotas, es lo más parecido al silencio. Un silencio que solo me gustaría que fuese rasgado por su voz, una soledad que solo me gustaría que fuese rota por su presencia.

Ayer, después de jurarme de nuevo que no volvería a tropezar por su culpa, la vi, en un rincón oscuro de una noche peculiarmente iluminada por culpa de la luna llena. Ojalá nunca la hubiese visto, ojalá.

Dice el tópico que en ese mismo instante sientes como un puñal te atraviesa el corazón, pero es mentira. Es más bien un alfiler, un diminuto alfiler que se queda clavado casi de por vida impidiendo que la herida tarde en cerrarse. Litros de alcohol y algún que otro pintalabios rojo pasión tatuado en la boca harán falta para que acabe por cicatrizar.

Algún día tendré que visitar al psicólogo, o quizás, mejor, al médico del corazón. No, no, no hablo de un cardiólogo, hablo de un médico del corazón, así, tal cual. ¿Sabéis si existe?

Dani Rivera


Capítulo 1: Las sombras de su recuerdo.

Viernes noche en Madrid. La juventud comenzaba a adueñarse de la ciudad. La gente, ya adulta, regresaba a sus casas aún cuando los último rayos de sol todavía iluminaban el centro de la capital. Era verano, un caluroso anochecer estival. Cogí las llaves, salí de casa y cerré cuidadosamente la puerta.

Comencé a andar pensando en otras cosas, reflexionando sobre mi vida, sobre los últimos días. Divagaba por las calles casi desiertas de un barrio del centro de la capital, caminaba, sin darme cuenta hacia dónde, sin tomar una dirección, sin dirigirme hacia ningún sitio en especial.

No tenía nada mejor que hacer. Estaba cansado de estar tumbado en el sofá mientras veía como los minutos pasaban en un viejo reloj de pared. Estaba cansado de que todos los días fueran un calco de los anteriores, de que las semanas se vieran abocadas a la más tediosa de la rutina. Estaba aburrido de mi propia vida, de una vida que acababa de empecezar, de mi nueva vida sin ella.

Paso tras paso, la luz del sol fue desapareciendo. Las farolas se iluminaron pese a que no tenían nadie a quien alumbrar. Caminaba solo. Sin rumbo. Perdido en mi propia ciudad. Apático. Andaba para entretenerme, porque no tenía otra cosa mejor que hacer. No quería llamar a nadie, ni siquiera a mis amigos, no quería salir, no quería entrar en discotecas ni en bares, ni beber algo que calmase ese dolor que llevaba días perforando mi pecho. Simplemente, caminaba.

No sé como llegué allí, a su calle, a aquel lugar por donde había paseado agarrado de la mano, feliz. Eran otros tiempos. Lejanos ya. Al notar mi gravísimo error me giré, mi cabeza guió a mis pies para que cambiasen de dirección, para que se alejaran del dolor.

Dos pasos después, cuando ya daba la espalda a aquellos recuerdos que perforaban mi mente, en un acto inconsciente, pero consciente a la vez, en un momento kamikaze, suicida, miré hacia atrás. Deseaba no volver a verla jamás, pero también soñaba con volver a verla.

Miré hacia atrás, sin querer... Y vi su imagen. Y recordé...

Y recordé su voz, bromeando en las tardes, diciendome “¿Qué harás si hay un cambio de planes?”. Y recordé su sonrisa, brillando mágicamente en la oscuridad de la habitación. Y recordé sus ojos, su mirada penetrante, sus tacones violetas, su risa contagiosa, su rojo de labios. Recordé las noches en vela, la pasión desenfrenada y su morena melena. Recordé el principio del final, los gintonics de más y las lágrimas cuando todo iba mal. Vi su imagen... Y la recordé.

Salí huyendo de allí, perseguido por los fantasmas de un pasado demasiado reciente. Crucé la acera e hice lo que llevaba haciendo un par de semanas, la traté de olvidar. La intenté apartar de mi mente, marginar su recuerdo. Pero fue en vano. Volví caminando. Regresé a la soledad de mi casa y tiré las llaves, como si fuese suya toda la culpa. Me desprendí de mis zapatos, de mi camisa. Arrojé los pantalones a la penumbra del salón e intenté dormir, deshaciendo con rapidez la cama.