Alcanzar una meta es siempre dejar de luchar. Llegar a tu objetivo significa saborear la victoria, una victoria cimentada a base de un esfuerzo proporcional a la satisfacción lograda.
Por eso jamás digo 'Te quiero'.
Porque no deja de ser la señal para bajar los brazos, para coger una bocanada reparadora de aire, tirarse al suelo y dejarse llevar. La respuesta a un 'Te quiero' precipitado siempre es un 'Te hiero' sin intención.
Por eso nunca deberíais desenfundar un 'Te quiero' sin saber que tu rival tiene un 'Te amo' en la punta de la lengua. Porque un 'Te quiero', al fin y al cabo, otorga a tu contrincante la capacidad de destruirte, porque un 'Te quiero' verdadero es enseñar las cartas en mitad de una partida sin concluir.
Dani Rivera
@Dani_RiveraRuiz || @DaniRivera4S
Imagen: Quiéreme si te atreves
Por eso jamás digo 'Te quiero'.
Porque no deja de ser la señal para bajar los brazos, para coger una bocanada reparadora de aire, tirarse al suelo y dejarse llevar. La respuesta a un 'Te quiero' precipitado siempre es un 'Te hiero' sin intención.
Por eso nunca deberíais desenfundar un 'Te quiero' sin saber que tu rival tiene un 'Te amo' en la punta de la lengua. Porque un 'Te quiero', al fin y al cabo, otorga a tu contrincante la capacidad de destruirte, porque un 'Te quiero' verdadero es enseñar las cartas en mitad de una partida sin concluir.
Dani Rivera
@Dani_RiveraRuiz || @DaniRivera4S
Imagen: Quiéreme si te atreves
Ha pasado tanto tiempo y todavía recuerdo el primer día que la vi. Desde aquel momento me declaré fan de su sonrisa, desde aquel instante llevo colgado de sus palabras y todavía no sé cómo voy a bajarme de esta pared. Ha pasado tanto tiempo y todo sigue tan intacto. Todo, cada vez que la veo, es más, cada vez que la vislumbro en la lejanía, cada vez que quedamos y aguarda impaciente mi llegada, sigo sintiendo que dejo de ser yo para volver a ser aquel chaval inocente que se perdió en un cruce de miradas con la chica de sus sueños.
Ha pasado tanto tiempo y todo en ella ha cambiado. Dejó de ser una niña para convertirse en una mujer, dejó de tener su corazón abierto para tenerlo destrozado, una más de las que se enamora de aquel que no debió. Ha pasado tanto tiempo y sigo sintiendo los puñeteros nervios de una cita especial, de la cita con la que llevas meses esperando, justo desde que quedaste con ella por última vez. Ha pasado tanto tiempo...
Pero aprendí a vivir sin más aspiraciones que verla cada cuatro o cinco semanas, mientras me sonríe amparada por aquella cerveza que tanto ella como yo sabemos que no se acabará. No, porque mientras hablamos deja la compañía del liviano alcohol para encender un cigarrillo. Y entre calada y calada, historia e historia, se la olvidará y esa caña terminará semi acabada en la bandeja de un servicial camarero que no la ha tirado los tejos porque ha visto que estaba yo. Y mientras emprende el regreso a la barra, piensa que ojalá la vea algún sábado por la noche y no esté trabajando para que quizá surja algo. Y yo me quedo con las ganas de decirle que se ponga a la cola, que llevo más de un lustro gritándola en silencio que '¡Eh! Fíjate en mí' pero nunca se fija.
Y volvemos a la conversación. Bueno, en realidad sigue hablando ella, yo me perdí en la tercera palabra observando el movimiento sensual de sus labios. Y sonríe y deja de hablar mientras regresa al lado de su amigo el tabaco. Me cede cortésmente el turno de palabra y yo dejo mi mundo, que en realidad es el suyo, para contarla lo primero que se me pasa por la cabeza aguardando que termine la calada y continúe hablando de cómo se ligó a aquel chico que parecía imposible. Hace tiempo que preferí no escucharla. Imagino que no sabe lo mucho que duele escuchar las aventuras y desventuras de un romance como el que yo quiero tener con ella pero que nunca llega. Es más, lo daría todo porque respondiese con un breve '¡Sí!' a una sencilla pregunta que la formularía mientras su corazón y el mío comienzan a desbocarse. Pero nunca sucede.
Sí. Sé que soy la persona más afortunada del mundo por tenerla a mi lado. Y sí. También sé que soy el hombre más desdichado de la faz de la tierra que, aún sabiendo lo que quiere, no puede tenerlo y que, además, debe convivir con ello todos y cada uno de los días. Y ya van cinco años.
Si ella supiera que la quiero, si de una vez por todas me dejase de bobadas y me atreviese a confesárselo. Si después de tanto tiempo me tragase el orgullo para morder sus labios. Si derramase la cerveza al abalanzarse sobre mí tras susurrarla lo que siento, si dejase la compañía de ese cigarrillo que cree que la hace tan irresistible para estar conmigo, si abandonase a tipos como ese camarero que después de levantarnos de la mesa se quedó observándola como si fuera un póster de la última tia buena y semi desnuda de turno. Y si... Y si dejase de ser un cobarde quizá perdería lo único que tengo ahora. Y si fuese un valiente quizá ganaría lo único que no tengo ahora. Lo único que sé de todo esto es que la quiero. Y creo que es suficiente.
Dani Rivera
Imagen vía Flickr
Nunca me han gustado los helados. Jamás. Esa sensación en los dientes... Es algo que me gustaría que quedase claro.
Seguramente de haber tenido allí un helado, se habría derretido antes de que hubiese podido terminarlo. La chimenea crepitaba como pocas veces antes había visto y yo, sentado en la alfombra de terciopelo rojo, a su orilla, abría la caja que nunca me hubiese gustado abrir.
Cincuenta días sin ella. Se decía pronto, pero se me habían hecho eternos. Cincuenta besos de 'Buenas noches' que jamás iba a recuperar. Cincuenta 'Buenos días' perdidos que me hacían recordar los que tuve. María nunca fue una más, siempre quise que fuera la última. Antes de conocerle había dejado de creer en el amor... Y entonces llegó ella y me recordó que quizá el amor se siente tan pocas veces que tendemos a olvidar esa sensación, a veces angustiosa, ese latido profundo en el pecho al pensar en ella, ese suspiro de 'Ojalá estuviera aquí', esa mirada caída que trataba de recordar cada centímetro de su piel aunque estuvieras danzando al molesto vaivén de un viejo cercanías.
Al desdoblar una de las solapas de la caja de cartón, el polvo, a la vez que el vetusto recuerdo, hizo acto de presencia. Aquel momento era tan radicalmente diferente al que un día soñé, que se me pasó por la cabeza parar justo ahí y devolver el polvoriento arca al lugar del que quizá no debería haber sido rescatado. Siempre pensé que en ese momento ella estaría a mi lado, a la vera de la chimenea, tumbados en la confortable alfombra y luciendo una de mis antiguas camisetas que la hacían tan sumamente irresistible. Nos reiríamos mientras yo sacaba, uno a uno, los particulares trofeos que había ido recolectando desde el día en que le conocí. Pero ahora estaba solo y, de hecho, ella no volvería a estar allí en una fría noche de invierno.
Esa sensación de que me faltaba algo se fue acrecentando a medida que revolvía los objetos de la caja. De pronto encontré la entrada de la película que significó nuestra primera cita. No fue una cita al uso, dicho sea de paso, porque jamás quedé con ella en ese angosto cine del centro de Madrid. Yo acababa de mudarme allí y con apenas tres días de estancia en la capital decidí irme a dar una vuelta. Perderse al principio es la mejor forma de encontrarse después, es algo que siempre tuve muy claro. Mientras trataba de perderme, me di de bruces con la entrada de un cine que parecía recién teletrasportado de la década de los ochenta. Tenía algo de encanto. También humedades que la desidia de los propietarios había permitido expandirse por la fachada. Siempre me han gustado los edificios así, lóbregos, como si tuvieran que ocultar algún pasaje tenebroso de su pasado menos reciente.
El caso es que aún desconozco el porqué terminé comprando una entrada para la última película romántica de Hugh Grant. Tal vez me sentía demasiado solo, puede ser que añorase tanto una relación de pareja que me contentase con ver que a otros les iba bien. Aunque en realidad todo fuera ficción.
No compré palomitas. Tampoco lo hice nunca y no era plan de aumentar aún más la vergüenza que sentía al entrar en un filme romántico. Apenas éramos cuatro cuando el acomodador cerró la puerta de acceso a la sala. Una pareja, ávida de amor que no tenían reparos en mostrar al mundo lo felices que eran. Pocas cosas hay que más deteste. Y una chica en mi misma fila. Una chica sola. Y con palomitas.
A mitad de la película, cuando en uno de esos giros predecibles la novia deja al novio, la chica de al lado se echó a llorar. Nunca he podido disfrutar en medio del dolor ajeno, así que me fui acercando, lentamente, hasta su butaca. Susurré a su oído un “¿Estás bien?” tan estúpido que me dieron ganas de darme cabezazos contra el respaldo, ¿cómo iba a estar bien?. No sé qué tipo de poder tendrán los susurros, pero sientes unas cosquillitas que te calman por dentro. Es prácticamente un remedio mágico. Y ese remedio, a mi enferma, le sentó genial.
Giró la cara, me miró y sonrió. Rimmel corrido. Enseguida supe diagnosticar su enfermedad. Mal de amores, sin lugar a dudas, me dije. “Me llamo Dani” seguí susurrando, intentaba que me cogiese confianza y además usé el diminutivo de mi nombre, una forma más coloquial, más de amigos. Lo bordé. “Yo María”, respondió. Ella enseguida se sintió cómoda a mi lado. Y creo que ya no me acuerdo de la otra mitad de la película. Por algo sería. Pasamos hablando todo el rato, tratando de no molestar a la parejita feliz, que por otra parte, no parecía demasiado concentrada en tratar de comprender la enrevesada historia de amor del pobre Hugh Grant.
A María le había dejado el último chico del que se enamoró. Un gilipollas integral, por supuesto. Las chicas tienen la facultad de escoger siempre al tonto de turno mientras que tipos como yo, dispuestos a hacerlas feliz, teníamos que sufrir en soledad que la señorita de la que siempre estuvimos enamorados entregue su corazón para que se lo terminen rompiendo. Y chicos como yo, claro, teníamos que tener a mano las veinticuatro horas del día el superglue. Restaurador de corazones rotos, debería añadir en mi currículum.
Dejé la entrada en la alfombra roja. Volví a revolver, valga la redundancia, la caja ya de por sí desordenada. Un diario que no me atreví a abrir para evitar males mayores, el número de teléfono de un amor adolescente y una tarrina de helado. Por amor se hace cualquier cosa.
Nunca me ha gustado el helado. Creo que ya quedó claro. Aún así, en mi segunda cita con María, la primera oficial, asentí como un tonto a la pregunta “¿Te apetece un helado?”. Por amor se hace cualquier cosa, reitero.
Y allí, en una heladería de imitación italiana, con banderitas 'tricolore' por todo el establecimiento, nos sentamos. Leche merengada con canela... Imaginé por un momento lo que debía pensar María de mí. En nuestra primera cita me encontró solo en una película excesivamente ñoña y en la segunda me pido una tarrina de leche merengada. Y añadí a la simpática dependienta, “écheme un poco más de canela, por favor”. Sonaba algo ridículo. Y digo algo para no herir mis propios sentimientos.
Sea como fuere, allí estábamos. Con el suave sonido procedente de la granizadora, con una dulce música italiana resonando por un establecimiento vacío. Por un momento pensé que de verdad estaba en Italia, al siguiente instante me esforcé para que el frío de mi leche merengada no se traspasase a mis dientes. Odiaba esa sensación. Nos quedamos en silencio por miedo a estropear aquello. Y entonces lo rompí.
“Te hielo” le dije con una sonrisa en la boca “Te hielo mucho”, repetí.
La carcajada que soltó hizo que mi 'Te quiero' pasase a ser un 'Te amo', un 'Déjame hacerte feliz, por favor'. Desde pequeño fui muy precoz para manifestar mi sentimientos. Iba demasiado rápido, a veces únicamente hablaba la necesidad de tener a alguien, y en ocasiones terminé por chocarme contra algún que otro muro. Esta vez no quería estropearlo, así que me callé.
Coloqué la tarrina con sumo cuidado a la orilla de la entrada de cine que nunca me arrepentí de comprar. Regresé a la caja. Una llave resplandecía más que cualquier otro objeto y atrajo mi atención aunque yo traté desde el principio en ignorarle. Aquella llave abría la puerta de los momentos que nunca querría haber vuelto a recordar. En realidad, simplemente era la llave de su casa, su regalo de nuestro primer aniversario.
Ojalá nunca hubiera pasado por mi mente hacerla aquella sorpresa. Siempre me afané en mantener intacta la llama, en sorprenderle cada día, en tenerla feliz cometiendo locuras que a un ex cuerdo como yo nunca se le habían pasado por la cabeza. Aquel día, el peor día de mi vida, decidí prepararle una cena romática de viernes noche, a la luz de las velas y al sonido de una suave melodía de Extremoduro, nuestro grupo común favorito.
Aquel día, el peor de mi vida, ella regresó de trabajar. En cuanto escuché un par de golpes en el pasillo, me parapeté en el sofá. Los golpes se sucedieron hasta que por fin logró abrir la puerta. Aquel día, el peor de mi vida, 'Stand by' no fue la banda sonora de la noche, aquel día, sin lugar a dudas el peor en mis veintiocho años, la banda sonora fueron los gemidos provocados por otro que no era yo. Ella, por desgracia, sí era ella.
Me derrumbé. Toda mi ira se fue con la corbata que desanudé y le lancé a la cara. Esta vez no era el rimmel, esta vez era el pintalabios el que estaba corrido. Restauré un corazón roto para que me le rompiesen a mí, cruel ironía de la vida. “Nunca me quiso, nunca me quiso” me repetí a mí mismo, una y otra vez, una y otra vez, mientras descendía las escaleras a toda prisa.
Cuando dejé la llave al lado de la tarrina y la entrada, sonreí. Cincuenta días después comprendí que la herida comenzaba a suturar. Reí. Una carcajada de alivio. De entender por fin la clave. “El amor que nunca terminó de ser” pensé “es el que siempre será”. Ese “será” en futuro, en un futuro en el que olvidaré la llave y recordaré con nostalgia la historia de la tarrina y de la entrada de cine. Y eso que yo siempre odié los helados.
Dani Rivera
“Todas las chicas quieren a un chico
bueno, un príncipe azul, que siempre esté ahí y que nunca les haga
daño”.
Y una mierda.
Exploté tras leer la vomitiva última
línea de un artículo cualquiera. Es algo que tenía muy claro. De
hecho, incluso me había permitido elaborar una teoría que yo creía
muy correcta. El amor, en realidad, es un juego de celos, celos que
deben estar compensados porque nada más desequilibrarse, la relación
termina por romperse. Por eso los chicos buenos eramos el arquetipo
menos adecuado para ello, por esta razón, las chicas siempre
preferían a los que las hicieran sufrir. Por eso, las chicas nunca
elegirían a tipos como yo.
He de confesar que tras elaborar esta
hipótesis, cambié de camino. Perdí práctica en hacer mi cama,
porque todas las noches deshacía las ajenas, aprendí a pedir
números de teléfono con el whisky de escudero y a mentir por robar
besos. Dejé de ser el ingenuo creyente de algo que nunca había
visto, amor lo llamaban, a buscar otra soledad para que acompañase a
la mía durante unas horas y me licencié en decir las palabras
exactas que toda chica desencantada quería oír.
Y entonces llegaste tú para cambiar mi
trayectoria. En la hora que acepté tus instrucciones y me hice la
ilusión de terminar andando juntos. Puto camino de la amargura.
Cambié romper sueños porque me destrozara el corazón la primera
chica irreverente que me enamoró.
Y ahora, me río con estas carcajadas
histriónicas que son capaces de desvelar al vecindario mientras
cierro la revista con aquel absurdo artículo. Mientras, escribo en
un papel cualquiera...
“Prometo no volver a enamorarme nunca
Firmado: El tonto que ya firmó esto
mismo antes de conocerte”.
Tenía el corazón en venta porque nadie quiso comprarlo. De vez en cuando lo alquilaba para una noche a tipos cuyos nombres no recordaba a la mañana siguiente. Tenía un par de tacones marginados en un rincón aguardando a que regresasen las ganas de fiesta y un pintalabios rojo que esperaba marcar de nuevo las mejillas del último chico que arrugará sus sábanas. Tenía un móvil mudo que nunca sonaba y un par de entradas para una película romántica a la que nadie jamás la acompañó. Tenía pañuelos de papel para secar el desencanto que a menudo usaba para borrar las lágrimas de su recuerdo. El recuerdo de alguien que un día salió, cerró la puerta y nunca más la volvió a abrir.
Hacía tiempo, ya un par de años, de la última vez que vio a Edu. Desde entonces no tecleaba en su viejo Nokia un 8330778844433777666 para sellar un mensaje de texto. Y tampoco nadie se lo mandaba a ella. Desde entonces Sole estaba sola. Sola como la esposa que espera paciente a que regrese a su lado la voz que un disparó acalló en Irak. La soledad de un paraguas sin su lluvia, de una playa sin olas, de un camino sin caminantes o de una mañana de domingo sin un 'Buenos días, princesa'.
Y el calendario nunca ayudaba. El reloj tampoco. El tiempo pasaba, las horas corrían y los días se esfumaban y todo seguía igual. Seguía siendo la princesa destronada de una cama que una vez fue suya, la desheredada de unos 'Te quieros' que antes la hacían la persona más feliz del mundo y la cenicienta que aguarda expectante a que su príncipe la devuelva el zapato de cristal.
Sábado noche en Barcelona. Con la luna de farola desfilaba sobre la acera encharcada por una breve lluvia de otoño. La minifalda apenas tapaba sus ganas de que terminase la noche. Sus amigas, como siempre, tenían la culpa de que los hombres volvieran a girarse cuando pasaba. No la apetecía visitar discotecas, hablar a gritos, estaba cansada de 'Perdón, ¿estás sola?', de inventar números falsos porque aquel chico de la camisa azul no la terminaba de convencer y de beber para que el tiempo se pasase más rápido y de fingir que lo pasaba bien. Nunca había sido de noches locas que no tuviesen lugar debajo de unas sábanas, ella era de noches en el sofá, al abrigo de unos brazos que la supiesen arropar, de tardes de invierno jugueteando en la alfombra, frente a la chimenea, y de paseos en primavera en los que el paisaje dejaba de cobrar protagonismo para que lo hiciesen los besos fugaces aquellos que tanto la gustaban.
Pero ahora estaba atrapada entre unos incómodos tacones, un llamativo pintalabios rojos y un sujetador que empezaba a resultar muy molesto. 'Odio fingir ser una persona que no soy' pensó mientras contemplaba como sus amigas comenzaban a acercarse a un grupo de chicos. 'Ya van por la tercera copa' Sole volvió a entablar una conversación silenciosa con su mente mientras se apoyaba en la barra de aquel bar. Aquella tercera copa marcaba el límite entre la vergüenza y el atrevimiento, el límite tras el que se decidían a lanzarse después de elegir minuciosamente la víctima.
- “Si acierto lo que estás pensando ¿me dejas invitarte a una copa?”- “¿Perdón?” dijo, sorprendida, mientras se giraba para comprobar el destino de la voz.
- “Me llamo Pablo, encantado” respondió, tendiéndola la mano. “Bueno, ¿me permites que te invite a una copa si adivino lo que estás pensando?”
Sole sonrió nerviosa. Hacía tiempo, mucho tiempo que no se encontraba en una situación similar. Hizo memoria. Desde el día que conoció a Edu, quizá.
- “Tomaré esa preciosa sonrisa por un sí” continuó él, haciendo caso omiso al silencio “Creo que te estás preguntando qué haces aquí, si esto no te pega, estás cansada de ver como tus amigas te cambian por el primer chico que las invita a una copa ¿me equivoco?”- “Pues un cosmopolitan, por favor” añadió mientras comenzaba a reírse “¿Tan previsible soy?”
La conversación derivó por los cauces más extraños. Él la propuso dar una vuelta entre el centro de su ciudad, ella aceptó la invitación. Los ecos de sus risas era lo único que rompía el silencio de las tres de la madrugada. Pablo echó un vistazo al reloj, sabedor de que su tiempo allí se agotaba y frenó en seco. No quería que pasase ni un segundo más.
Y entonces Sole supo que todo volvería a salir bien. Regresaban, de nuevo, sus añorados 'Buenos días', los sms de amor y las conversaciones interminables, se mudaba por fin de la calle del olvido. Y entonces, en la noche en la que menos esperó su llegada, la princesa recuperó su trono.
Texto: Dani Rivera (@Dani_RiveraRuiz)
Algún día te cansarás de ir a doscientos kilómetros por hora y verás que la velocidad ha impedido que te dieses cuenta de todo lo que dejabas atrás y yo seré en tu carretera esa intrascendente señal de stop que nunca viste y que se convertirá en crucial en el momento justo en el que aquel coche se cruce en tu camino.
Dani Rivera
Tremendamente arrebatadora. Apasionada
y apasionante. Princesa amenazante de caballeros andantes. A
diferencia de muchas, ama la sinceridad y detesta la mentira. Vital y
soñadora, que diría.
Extraordinariamente extraña. Ella es
amiga aunque sea de un equipo rival. Y no cualquier amiga, la amiga
que todo amigo desea y la que cualquier persona anhela encontrar.
Qué más da lo que la gente diga si
solo con lo que diga ella basta. Emocionalmente desordenada, nunca la
ordenes nada, que se lo pierdes. Tan inestable como un castillo de
naipes pero tan fuerte como los de las películas de vaqueros.
Ubicua, omnipresente, quizá más que
el mismísimo Dios. Tiene el don y la virtud de estirar el tiempo y a
la vez, cuando estás con ella, de que la aguja del reloj tenga que
parar cada cinco minutos para coger aire.
Imprescindible, casi tanto o más como
el mar en su Gijón. Imaginar un Valladolid sin ella o un mes sin
verla es meramente desalentador. Imprescindible porque, por mucho que
ella se empeñe en desaparecer, siempre hay gente que la necesita.
Eterna. Mucho más que Roma, cittá
eterna. Millones de veces más. Eso sí, italianos no, que no les
soporta, italiano sí, qué tendrá ese idioma que le hace tan
irresistible. Eternamente enamorada de las películas de amor,
eternamente desencantada de la vida real. Eternamente ella.
Romeo y Julieta quizá no existieron
pero un amor así no tardará en llegar. Y la llegará. Quizá hoy,
quizá mañana, o quizá hace dos años cuando conoció a aquel
chaval. Quizá sea aquel, quizá éste o quizá sea el de más allá.
Ojalá sea el segundo . Está tranquila porque ella de momento no le
espera, pero llegado el momento le esperará.
Ojalá nunca llegue el día en el que,
al doblar la esquina, la pierda para siempre de vista. Ojalá siempre
esté ahí, al otro lado. Donde lleva años estando y de donde espero
que, ojalá, no se vuelva a marchar.
Dani Rivera
¡Buenos días, princesa!
He soñado toda la noche contigo, íbamos al cine y tú llevabas aquel vestido rosa que me gusta tanto...
Sólo pienso en ti, princesa... ¡Pienso siempre en ti!
Escucha el fragmento
- “No existen los amores para siempre” dijo ella, atrincherada tras una taza humeante.
- “Que sí, Lucía” apuntó él, echando un vistazo a la mojada calle tras los cristales de aquel café “Hazme caso ¿cuándo te he mentido yo?”
- “¿Y por qué lo sabes?”
Nico sonrió fugazmente,
dejó de mirarla a los ojos y echó un vistazo a la mesa donde
reposaban sus dos cafés, ideal para días lluviosos y fríos como
era aquel. Mentalmente repasó los pros y contras de su próxima
frase y, como no tenía nada que perder, se lanzó como un kamikaze,
sin paracaídas y sin plan B.
- “Porque llevo enamorado de ti siete años...” Nico no se atrevió a mirarla a los ojos, asi que optó por juguetear con su taza “Sé que no es un desde siempre, pero sí un desde bastante.”
El silencio fue la peor
elección. Él hubiese preferido que le dijera algo, aunque no
hubiera sido agradable, antes que aquella tensa espera para que sus
labios volviesen a hablar.
- “Nico...” comenzó a decir. Ella tampoco le miraba a los ojos “¿por qué hoy?”
- “Creo que esa no es la pregunta, la pregunta es por qué no hace siete años”
De nuevo su respuesta fue
el silencio. Él paso por alto su reacción y decidió seguir
hablando.
- “¿Sabes? Me he arrepentido mucho de no habértelo dicho mucho antes, porque lo sé desde la primera vez que me miraste a los ojos ¿Te acuerdas? Era una tarde como esta, de mayo, llovía muchísimo, todavía no sé como te atreviste a salir a la calle así, te estabas empapando” rió y retomó la historia “Entonces me encontré contigo en un paso de cebra y te tendí mi paraguas, aun recuerdo aquel sincero 'gracias' y tu mirada...”
Dio un reconfortante
sorbo a su café, Lucía, por fin, le miraba a los ojos. Allí
estaba. Aquella mirada inocente y cautivadora, aquella mirada con la
que había soñado aun sin soñar, aquella mirada que recordaba
cuando pasaba por aquel cruce cada día de lluvia.
- “Pasaron las semanas y aquel chico que conociste en una de tus muchas noches de fiesta, te pidió salir.” Diluviaba en la calle y se comenzó a oír el primer atisbo de tormenta. “Ahí estuvo mi error, dejarte escapar. Y después de ese, vinieron otros, pero nunca yo. Y yo, tonto de mí, nunca te conseguí olvidar, siempre aguardé mi oportunidad, una oportunidad que había perdido en aquel paso de cebra hace ahora ya siete años...”
Otro reparador sorbo y
notó como la bebida caliente se deslizaba por su garganta. Le sirvió
para reunir el suficiente ánimo como para continuar con aquella
historia.
- “Y no sé por qué me he decidido a decírtelo hoy, Lucía, no tengo ni la más remota idea. Lo último que sé de ti es que ahora estás con alguien, de nuevo, quizá si pudiésemos volver al pasado, a aquel paso en el que jamás te debí dejar cruzar en verde sin decirte que me había enamorado de tu pelo empapado, de tu mirada pulcra, de esos labios que todavía hoy me siguen volviendo loco, de ti...”
Se terminó el café.
Seguía sin hablar y aquello le dolía mucho. Rebuscó entre sus
pantalones hasta encontrar su cartera, cogió un billete y le dejó
sobre la mesa.
- “Cuando te canses de amores de un rato, de 'Te quiero' con fecha de caducidad y de besos baratos, llámame. Si es que algún día te cansas, claro. Estaré esperando, impaciente, otra oportunidad...”
Cogió su cazadora y
salió rápidamente, como si huyera de alguien o de algo, quizá de
su pasado. Lucía no habló, ni una mísera palabra. En cuanto pisó
la acera se arrepintió de no haber llevado paraguas a la cita, en
tres pasos su pelo ya estaba tan mojado como si acabase de salir de
la ducha. Tampoco le importó, acababa de perder a su mejor amiga en
una mesa de un café cualquiera.
Semáforo rojo. Se detuvo
en un paso de cebra. El tráfico intenso de un día de lluvia le
impedía cruzar pese a que no se había puesto en verde. Necesitaba
llegar a casa lo más rápido posible, quitarse la ropa empapada y
tirarse en la cama. De repente dejó de llover, miró hacia arriba y
se topó con un paraguas.
- “Gracias” susurró alguien tras él. “Gracias por abrirme tu corazón pero creo que no necesitaré tu número...”
Miró hacia atrás. Era
Lucía. Lucía y la mirada que le había robado el corazón hacía
siete años.
- “Te quiero, Nico, te quiero desde esa tarde de mayo, te quiero aunque nunca me haya atrevido a decírtelo...”
Semáforo verde. La rodeó
con sus brazos por la cintura. Apartó su pelo inquieto de la cara.
Todo lo que quería estaba debajo de un paraguas amarillo en un
lluvioso y vacío paso de cebra del centro de Valladolid. Esta vez no
dejaría que cruzase sin decirla lo que sentía. Esta vez sería la
primera vez de una eternidad. Ambos sonrieron en aquel dulce instante
que precede al momento más importante de la vida. Y la besó.
Dani Rivera
“Yo no quiero un amor
civilizado, con recibos y...” La canción de Sabina quedó
incompleta por el ruido de un golpe seco, excesivamente brusco. “Yo
no quiero que viajes al pasado...” De nuevo la suave melodía se
vio interrumpida, esta vez por un gemido, un grito ahogado que
prontamente se vio sofocado.
Él había subido a su
casa con el pretexto de echar un vistazo a la vasta colección de CDs
que la joven de sempiterna sonrisa, de la que se había enamorado en
el último bar, guardaba con demasiado esmero en un lugar secreto de
su piso de soltera. Ambos sabían que aquello no iba a terminar tras
la copa de rigor, que lo que había comenzado con un vulgar pero
acertado piropo acabaría a la mañana siguiente con una ducha rápida
y un 'Ya nos llamaremos'.
Ella puso delicadamente
el primer disco que encontró en una desfasada minicadena mientras
los latidos de él comenzaban a multiplicarse. Cuando la mano se
perdió en la frontera que separa lo racional de lo irracional,
prometieron no usar sus nombres, llamarse, simplemente, por un
neutral 'Tú' que ayudase a simplificar las cosas. Cuando el hoy
moría y arrancaba el mañana, dejaron los sentimientos aparcados por
una sola noche en la que únicamente tendría lugar reservado el
placer.
Sus manos se fueron
deslizando hacia su cadera. Hasta que dejó de ser cadera. Sus labios
convenientemente húmedos se juntaron por primera vez en toda la
noche y solo se separarían el tiempo justo para coger aire. Los
corazones de ambos, desbocados, hacían que todo fuese excesivamente
rápido. Él recorrió con la mano derecha el rebelde pelo castaño
que hacía apenas treinta minutos le había llamado la atención en
un rincón de un bar del que ahora ni siquiera recordaba su nombre.
Ella comenzaba a desabrochar los botones de su camisa hasta que su
paciencia se agotó y terminó por arrancar los dos últimos con un
hábil tirón.
La tendió suavemente
sobre su cama. “... Porque el amor cuando no muere, mata, porque
amores que matan nunca mueren...” La voz de Joaquín Sabina todavía
resonaba con claridad desde el salón, pero hacía ya mucho tiempo
que ellos no prestaban atención. Un sendero de besos unió su cuello
con su ombligo. Ella volvió a dejar escapar un grito de
satisfacción. Estaba en el camino correcto.
Trataba de coger aire lo
más rápido posible para no perderse ningún detalle, ningún
suspiro de aprobación, ningún movimiento de la mano izquierda de la
chica que ahora se enredaba entre su pelo. Adoraban ese momento.
Prácticamente cualquier persona del mundo lo desearía y ellos lo
estaban viviendo. Eso sí, como quedó pactado al comienzo de la
noche, aquello no podía ir a mayores, no podía volver a repetirse.
Y al compás de la luna,
se perdieron entre la noche que alguna vez habían deseado en sus
sueños, entre suspiros de placer y sábanas blancas, entre un
persona desconocida y un colchón que aquel día sería el único
testigo de un delito que nunca fue tal. Lo pasaron bien.
Excesivamente bien.
Por eso, a la mañana
siguiente, él no salió huyendo hacia la ducha para marcharse lo
antes posible de aquel lugar, por eso, a la mañana siguiente, ella
no se tapó enseguida al ver que el desconocido no identificado aún
seguía en su cama. Por eso, aquella mañana, él dejó de ser él
para convertirse en Álvaro, por eso, aquella mañana ella dejó de
ser ella para volver a ser Nadia. Por eso, en aquel cálido amanecer
de abril, él y ella dejaron de ser él y ella para convertirse en
ellos.
Dani Rivera
PD: Contigo, el título de este relato, es también el nombre de la canción de Joaquín Sabina que retumba en las paredes de la habitación de Nadia.








