
Era otoño y lo recuerdo como si fuese ayer. Me vienen a la cabeza las tardes paseando sobre aquel tapiz de hojas en el que se convertía el suelo cada vez que llegaba el final de septiembre.
Y cada paso que daba, aquel inquietante chasquido me acompañaba. Caminaba solo entre los árboles de aquel parque, como he hecho tantas veces. El atardecer anaranjado me recordaba que tenía poco tiempo para que anocheciese, así que aceleré mi marcha de vuelta a casa.
Aquella noche salí. Era un sábado de octubre, así que había que aprovecharlo. En pocos minutos pasé de entrar en casa a cambiarme a salir duchado y vestido, preparado para otra larga noche.
Llevaba algo más de un año sin encontrar un verdadero amor y eso era lo que necesitaba pero a la vez, extrañamente, lo rechazaba. Cuando cortamos, cuando cortó conmigo la chica que me ha perturbado el sueño durante un largo año, decidí tomarme un tiempo sin nadie, andar entre la nieve, las flores o las hojas, daba igual que fuese invierno, primavera, verano u otoño, solo, yo solo, como creía que estaba mejor, pero sin querer y sin saberlo me estaba mintiendo a mi mismo.
Durante ese periodo de tiempo, durante ese tedioso pero necesario año, me aislé, aderezando mi añorada soledad con una pequeña dosis de amigos. Y allí estaba, en nuestro lugar, donde todos los viernes y los sábados solíamos quedar para ir a dar una vuelta o para echar un billar, pero aquel día todo fue diferente...
Llegamos a nuestro bar, allí entre la oscuridad y la suave música de fondo, relatábamos las últimas aventuras o nos contábamos nuestras confidencias, pero sea como fuere la forma de comenzar la conversación, siempre acabábamos hablando de chicas o de fútbol, hasta que todo degeneraba de tal forma que optábamos por irnos a otro sitio.
Aquella noche bromeamos y reímos como cualquier otra. Todo iba según lo planeado, hasta que decidimos cambiar de rumbo y por un extraño juego del destino acabamos en la siniestra puerta negra de aquel bar.
Entramos. Por un momento, la espesa negrura de aquel lugar hizo que no viésemos nada, pero tras unos segundos de acomodo, los ojos empezaron a funcionar como debían. Nos sentamos al fondo del bar, en una mesa libre repleta de vasos sucios con restos de una bebida que, desde luego, no parecía agua.
Y entonces surgió, un amigo y yo mismo empezamos con la típica broma de los sábados por la noche y, cuando una pregunta comienza por “¿A que no hay...?” El desenlace nunca suele ser del todo bueno.
Y ese día tocó retarnos a un duelo. ¿Quién sería capaz de ligarse a más chicas en toda una noche? Y nos dividimos y no supe más de él o de mis amigos en toda la noche.
Entré a dos chicas que estaban en la barra de aquel bar, apoyadas con una cerveza en la mano. Me gustó mucho la de la derecha. Era alta, llevaba tacones, su pelo moreno la caía hasta llegar a sus hombros y su mirada penetrante hizo que sintiese algo que jamás me ha vuelto ha pasar. Cuando sus ojos se clavaron en los míos, una extraña sensación de frío me rasgó la espalda, como si alguien deslizase un hielo, recorriendome el cuerpo de arriba a abajo. Y palabra tras palabra me fui olvidando de la apuesta que había hecho escasos minutos antes.
No consigo recordar cuando huyó su amiga. He intentado forzar mi memoria para averiguar el momento justo en el que su sombra se deslizó y se perdió entre oscuridad y la gente de aquel bar, pero todos los intentos y todo mi esfuerzo han sido en vano.
Llegó un momento de la noche, después de llevar más de una hora conversando acerca de nuestras pasiones y desventuras la agarré de la mano derecha y la arrastré hasta la salida.
Anduvimos un rato entre botellas rotas y besos de quita y pon, entre romances de unas horas y esperanzas perdidas. Era aún sábado por la noche, aunque ya se empezaba a confundir con el domingo por la mañana y aquello no era más que el comienzo de una larga resaca.
Nos sentamos en un banco de una céntrica plaza. Estaba cansada de caminar y los tacones ya habían empezado a dejar huella en sus talones.
Bajo la estrellas, desoyendo los ecos lejanos de otra noche de fiesta sin leyes, me acerqué lentamente a ella, con un cierto cuidado, por miedo a que se deslizara y se escabullese rápidamente de mi. Pero sin embargo esperó. Cerró los ojos y se dejó llevar por la locura que reina los sábados por la noche y por el desenfreno causado por el alcohol, pero había algo en ella que me decía que quería algo más que un romance casual, un amor de ida y el olvido de vuelta.
Entonces fue cuando caí en la cuenta, mientras besaba aquellos labios que significaron mi salvación y mi redención, fue mi punto y aparte, me olvidé de lo que había pasado durante ese año, porque... Ella era la luz que necesitaba, una pequeña llama resplandeciente entre la oscuridad que, lejos de apagarse, me indicaba la salida de mi particular infierno.
Y aquel día mi amigo consiguió vencerme... Pero yo gané algo que aún no he perdido y que es mi tesoro más querido.... yo la conseguí y no sé que será de mi si ella me falta... Aunque me puedo hacer una idea. Mi futuro sin ella estaría abocado al más largo de los olvidos, estaría andando perdido por mi propia vida, vencido y derrotado entre las paredes grises de un largo y oscuro túnel llamado soledad.
Dani Rivera
"Vacío, como un túnel sin tren expreso..."
PRIMERA PARTE : UN BREVE "TE QUIERO".
Habían pasado dos largos años en mi vida y todavía la sigo recordando. Cada vez que estoy solo, tumbado en la cama en mi habitación, sin nada mejor que hacer que pararme a reflexionar, a hablar conmigo mismo, el recuerdo al que más temo siempre regresa...
Parece que fue ayer y ya han pasado dos años. Estaba esperando al bus en aquella parada en frente de la Universidad, con mis apuntes, recopilados y ordenados adecuadamente en mi mano derecha. Una moto para a escasos metros de donde estaba. Una chica de pelo moreno y mirada profunda, se apeó de la scooter y se quitó delicadamente su casco rosa.
No recuerdo el por qué lo hice, pero ¿acaso el amor entiende a razones? Solo sé que me enamoré en cuestión de segundos. Y no pude apartar la mirada de su cara, quería, si, porque me temía que alguien o incluso ella misma se diese cuenta de que la estaba observando furtivamente, pero en lo más profundo de mi interior algo, no sé el qué, me impedía dejar de hacerlo.
Y sucedió lo que creí que sucedería, se giró bruscamente y no me dió tiempo a fijar mi vista en otra parte, durante unos segundos que me parecieron horas, nos miramos fijamente. Una sensación extraña me recorrió la columna vertebral, era como si sus profundos ojos marrones me estuviesen analizando, parecía como si ella supiese lo que estaba pensando y, lentamente, se fue acercando hacia mí.
Tras los dos besos de cortesía y las oportunas presentaciones empezamos a hablar, mi mente apenas puede recordar sobre qué tema o lo nervioso que estaba. Y los vagos recuerdos que aún conservo de aquellos minutos me conducen unas semanas después.
Terminamos siendo amigos, muy buenos amigos,juntos pasamos los buenos y los malos ratos, compartimos risas y llantos, horas de estudio y películas de cine. Jamás me atreví a decirla lo que sentía por ella, preferí tener una amiga a arriesgarme a perderla así que oculte mis sentimientos y me tragué mi orgullo, si hubiese sabido lo que ocurriría después, quizás nunca hubiese hecho esto último. Pasaron los años, los dos famosos años y yo aún seguía siendo el guardian de sus secretos más íntimos pero algo cambió...
Llevaba tiempo notándola rara, quizás desde hacía dos semanas más o menos, no nos veíamos desde hace tiempo y casi apenas hablabamos. Nunca he llegado a comprender que la pudo pasar, si acaso fue algo mío que la molestó, pero su punto de vista hacía mi, su mejor amigo, cambió radicalemente.
Me olvidó, ahora estoy seguro de que lo hizo, empezó a salir con un grupo de chicos y de chicas algo mayor que ella y hasta ahora.
Hacía un mes que no la veía, que no la veía, pero es curioso porque la sigo queriendo, aún más si cabe que la primera vez que la vi y sin embargo...
Me sentía tan sólo, no tenía a nadie ¿merece la pena seguir cuando me han quitado todo lo que me importa?
Decidí olvidarme de ella, salir a aguar mis penas entre litros de alcohol, entre chicas que me quisiesen o que, al menos, me hiciesen no recordar.
Diez horas después de haber empezado otra larga noche, estoy en mi cama, en una residencia de estudiantes que hace ya tiempo que se convirtió en mi hogar. A mi lado, una chica, preciosa, quizás más bella que la chica del casco rosa, creo que voy por buen camino, porque ya ni siquiera la llamo mi mejor amiga...pero...
Siempre hay un pero, por muy guapa que sea la chica con la que comparto generosamente mi cama, no la olvido... ¡ No la olvido ! ¿Si yo no soy capaz de hacerlo como ella si que pudo? ¿Quizás es que me tenía poco cariño? ¿Quizás jamás la importé?
Y ahora, poco a poco, me voy consumiendo, sin ella, sin la chica a la que nunca volví a ver...
Y durante muchos años me pregunté porque no fui capaz de decirselo, porque no fui capaz nunca de pronuciar un breve: "Te quiero."
SEGUNDA PARTE: LÁGRIMAS DE SOLEDAD.
En cada paso de cebra, a cada autobús que subo, a cada bar que entro, en cada momento, la busco.
Cuatro años hacen ya que no la veo, cuatro largos y vacíos años sin ella, en los que irremediablamente han pasado tantas cosas... Sigo solo, contentándome con tener una mujer cada noche que me caliente la cama, una ayuda para dejar definitivamente de recordarla. Todas las noches, con cada amanecer, me asalta una duda "¿ Qué habrá sido de ella?" me pregunto.
Acabé la carrera, mi amarga carrera de historia y me puse rápidamente a buscar trabajo, en parte me daba igual de que, tan sólo quería alejarme de mi ciudad rápidamente para que su fantasma no me volviera a perseguir , en un golpe de azar y fortuna a partes iguales, encontré uno que se ajustaba perfectamente a mis peticiones.
En pocos días me trasladé a vivir a Inverness, capital del condado escocés de Highland donde requerían mis servicios en el museo de la Batalla de Culloden, así que presto a salir por patas de España, huí sin importarme nada, corriendo, tratando de dejar atrás el fantasma del pasado.
La primera vez que regresé a mi ciudad, a Valladolid fue cuando mi apretada agenda me dió un respiro, casi un año después de sumergirme en mi aventura gaélica. Recuerdo subirme a un bus ya en mi ciudad y en un viejo tick de mi juventud, miré hacia el interior, tratando de encontrarla.
"Estúpido" me dije, y me obligé a mi mismo a mirar hacia otra parte.
Bajé del bus en la parada de aquel centro comercial que me traía tan buenos recuerdos. Allí solía quedar con mis amigos o con la novia, por allí solía pasar a la ida y a la vuelta del colegio, nada había cambiado, todo seguía igual, imperturbable aún por mucho que pasase el tiempo.
Crucé por aquel paso de cebra y comencé a jugar a un juego infantil con le que solía divertirme cuando vivía allí. Miraba a cada persona a los ojos, a cada hombre o mujer que pasaba a mi lado, y trataba de reconstruir su vida, sus alegrías y sus penas, sus aciertos y sus errores.
He de admitir que nunca supe si alguna vez acertaba o si fallaba todas, porque jamás me paré a preguntar, pero me lo pasaba bien creyendome el niño que fui.
Me centré en un ejecutivo, traje caro de doble botonadura, reloj de pulsera no precisamente barato y cartera de piel, sin embargo, su mirada decía lo contrario de lo que dejaba entreveer su aspecto, se sentía mal, quizás sólo, estaba triste por algo o por alguien y es que, con el tiempo aprendí, que las apariencias si engañan, y mucho.
Zigzagueé con la mirada, buscando mi próximo objetivo. Iba descartando a las personas que me parecían menos importantes. Y escogí a una chica de pelo moreno y mirada profunda...
La miré, fijamente, a sus hermosos ojos dorados. Esos ojos... esos ojos me recuerdan alguien que fue y que ya no es... Aquella mirada... como si detrás de sus pupilas se escondiese un profundo océano bañado por el sol del atardecer que hace destellear la superficie del agua invadiendo una playa con reflejos dorados...
La tendría a cinco metros de distancia y se iba acercando poco a poco, paso a paso... Una caprichosa lágrima cruzó en aquel momento su rostro, de arriba a abajo, perdiéndose al caer al suelo...
Estaba tan cerca de ella... Un metro, un escaso metro, alcé mi mano derecha y la toqué sutilmente el hombro, ella me miró, de lleno, a mis ojos y recordamos una bonita tarde de verano. Por aquel entonces yo tenía todos mis apuntes cuidadosamente ordenados en mi mano derecha y ella se acababa de desprender elegantemente de su casco rosa...
Me sumergí en una vorágine de recuerdos sin control, hasta que ella me sacó de allí. También se había dado cuenta de quién era y, como aquella lejana tarde de hacía seis años, nos dimos los dos besos de cortesía, aunque prescindimos esta vez de las presentaciones, porque ya nos conocíamos muy bien.
La invité a un bar del que apenas recuerdo el nombre "Sí o sí" creo. Nos sentamos y poco a poco, palabra tras palabra, nos fuimos volviendo a conocer.
Me contó lo que en cada amanecer deseaba saber. Abandonó su carrera de Comercio en la Universidad y huyó lejos con su novio de aquel entonces, el típico macarra de chupa de cuero y corazón vacío. Quería cambiar, dejar todo atrás y afrontar una nueva vida sin apenas responsabilidades y la perdió todo, sin ganar nada. Poco tiempo después su novio se largó y ella se quedó sola, y así hasta ahora...
Y allí estabamos los dos, dos historias muy diferentes pero con un comienzo en común. Dos formas distintas de vivir la vida y ahora, de nuevo, como al principio, nuestro caminos se habían vuelto a cruzar, llamémoslo destino o azar, según os plazca.
Recuperamos el tiempo perdido pero ella tenía que volver a su puesto de trabajo como dependienta en una tienda de ropa juvenil y yo deseaba ver a mi familia asi que la pedí, casi la supliqué que quedasemos antes de que regresase a Inverness. Ella aceptó sin demasiados miramientos y, por primera vez en toda la tarde, una agradable sonrisa se dibujó en su preciosa cara.
Nos volvimos a ver, dos días después, en el aeropuerto, pocas horas antes de que me tocase volver. La invité, como todas las veces que quedamos, a una cerveza con limón en un bar de Villanubla.
Era como antes, todo volvía a ser igual, las mismas sensaciones, las mismas risas, las mismas conversaciones. Y, sin darme cuenta deslicé mi mano derecha hacia mi maleta. Inconscientemente veía que me quedaba poco tiempo y que tenía que facturar las maletas...
Ella se percató del leve movimiento de mi diestra y empezó a dejar de sonreir, se dió cuenta de que me iba, esta vez iba a ser yo quien la dejase, nuestros caminos se desunirían otra vez.
Me agobié solo de pensar en eso, en que quizás haber coincidido en el paso de cebra del centro comercial había sido una suerte, pero que volverla a ver, sin querer, cuando regresase de Inverness para las vacaciones de Navidad, sería, prácticamente un milagro.
Y, con un nudo en la garganta, me atreví a decirla lo que me llevaba seis años rondando por la cabeza. Tragué saliva y...
"Te quiero" la dije " te quiero desde que te vi bajar de la moto en aquella parada de autobus, te amo desesperadamente desde que te quitaste tu casco rosa aquella tarde, deseo estar contigo para siempre desde que tu mirada coincidió con la mía y te acercaste..."
Lentamente, mi voz se fue suavizando hasta desaparecer y los sentimientos encerrados desde ya hacía más de un lustro hicieron que empezase a llorar, que empezase a llorar lágrimas de soledad...
Me cogió la mano que tenía apoyada en aquella fría mesa metálica y sin querer.... empezó ella también a llorar.
" Cuando me di cuenta de mi error, cuando Lucas me abandonó" respiró hondo y trató de continuar "Cuando me di de bruces contra la cruda realidad, empecé a tener pesadillas cada noche, a no poder dormir y hacer de cada noche un infierno. Te recordaba y anhelaba volverte a ver, soñaba que un día, cuando aparcase mi moto enfrente de la parada del autobús, allí estuvieses tú, con tus papeles, con tu sonrisa, con tu mirada siempre fija en mí." Cogió aire, tratando de recuperarse de la llorera y se enjugó las lágrimas con un pañuelo blanco de papel, tras una breve pausa retomó la conversación.
" No te vayas, ahora la que te lo suplico soy yo" me miró y me apretó con fuerza la mano "Quedaté conmigo aquí en Valladolid, juntos, para siempre... "
Mi avión hacia Inverness despegó una hora más tarde. Había dejado mi abultada maleta en Facturación. Guardé el equipaje de mano en el compartimento superior, aunque cogí con delicadeza unos folios plegados escritos de mi puño y letra.
Y me senté en mi asiento, con mis apuntes en mi mano derecha, mi sonrisa, aún si cabe más amplia que habitualmente y mi mirada fija en ella, en mi compañera de viaje....
Despegamos rumbo a Inverness, a las tierras altas escocesas, partimos juntos para jamás volvernos a separar...
Dani Rivera
Habían pasado dos largos años en mi vida y todavía la sigo recordando. Cada vez que estoy solo, tumbado en la cama en mi habitación, sin nada mejor que hacer que pararme a reflexionar, a hablar conmigo mismo, el recuerdo al que más temo siempre regresa...
Parece que fue ayer y ya han pasado dos años. Estaba esperando al bus en aquella parada en frente de la Universidad, con mis apuntes, recopilados y ordenados adecuadamente en mi mano derecha. Una moto para a escasos metros de donde estaba. Una chica de pelo moreno y mirada profunda, se apeó de la scooter y se quitó delicadamente su casco rosa.
No recuerdo el por qué lo hice, pero ¿acaso el amor entiende a razones? Solo sé que me enamoré en cuestión de segundos. Y no pude apartar la mirada de su cara, quería, si, porque me temía que alguien o incluso ella misma se diese cuenta de que la estaba observando furtivamente, pero en lo más profundo de mi interior algo, no sé el qué, me impedía dejar de hacerlo.
Y sucedió lo que creí que sucedería, se giró bruscamente y no me dió tiempo a fijar mi vista en otra parte, durante unos segundos que me parecieron horas, nos miramos fijamente. Una sensación extraña me recorrió la columna vertebral, era como si sus profundos ojos marrones me estuviesen analizando, parecía como si ella supiese lo que estaba pensando y, lentamente, se fue acercando hacia mí.
Tras los dos besos de cortesía y las oportunas presentaciones empezamos a hablar, mi mente apenas puede recordar sobre qué tema o lo nervioso que estaba. Y los vagos recuerdos que aún conservo de aquellos minutos me conducen unas semanas después.
Terminamos siendo amigos, muy buenos amigos,juntos pasamos los buenos y los malos ratos, compartimos risas y llantos, horas de estudio y películas de cine. Jamás me atreví a decirla lo que sentía por ella, preferí tener una amiga a arriesgarme a perderla así que oculte mis sentimientos y me tragué mi orgullo, si hubiese sabido lo que ocurriría después, quizás nunca hubiese hecho esto último. Pasaron los años, los dos famosos años y yo aún seguía siendo el guardian de sus secretos más íntimos pero algo cambió...
Llevaba tiempo notándola rara, quizás desde hacía dos semanas más o menos, no nos veíamos desde hace tiempo y casi apenas hablabamos. Nunca he llegado a comprender que la pudo pasar, si acaso fue algo mío que la molestó, pero su punto de vista hacía mi, su mejor amigo, cambió radicalemente.
Me olvidó, ahora estoy seguro de que lo hizo, empezó a salir con un grupo de chicos y de chicas algo mayor que ella y hasta ahora.
Hacía un mes que no la veía, que no la veía, pero es curioso porque la sigo queriendo, aún más si cabe que la primera vez que la vi y sin embargo...
Me sentía tan sólo, no tenía a nadie ¿merece la pena seguir cuando me han quitado todo lo que me importa?
Decidí olvidarme de ella, salir a aguar mis penas entre litros de alcohol, entre chicas que me quisiesen o que, al menos, me hiciesen no recordar.
Diez horas después de haber empezado otra larga noche, estoy en mi cama, en una residencia de estudiantes que hace ya tiempo que se convirtió en mi hogar. A mi lado, una chica, preciosa, quizás más bella que la chica del casco rosa, creo que voy por buen camino, porque ya ni siquiera la llamo mi mejor amiga...pero...
Siempre hay un pero, por muy guapa que sea la chica con la que comparto generosamente mi cama, no la olvido... ¡ No la olvido ! ¿Si yo no soy capaz de hacerlo como ella si que pudo? ¿Quizás es que me tenía poco cariño? ¿Quizás jamás la importé?
Y ahora, poco a poco, me voy consumiendo, sin ella, sin la chica a la que nunca volví a ver...
Y durante muchos años me pregunté porque no fui capaz de decirselo, porque no fui capaz nunca de pronuciar un breve: "Te quiero."
SEGUNDA PARTE: LÁGRIMAS DE SOLEDAD.
En cada paso de cebra, a cada autobús que subo, a cada bar que entro, en cada momento, la busco.
Cuatro años hacen ya que no la veo, cuatro largos y vacíos años sin ella, en los que irremediablamente han pasado tantas cosas... Sigo solo, contentándome con tener una mujer cada noche que me caliente la cama, una ayuda para dejar definitivamente de recordarla. Todas las noches, con cada amanecer, me asalta una duda "¿ Qué habrá sido de ella?" me pregunto.
Acabé la carrera, mi amarga carrera de historia y me puse rápidamente a buscar trabajo, en parte me daba igual de que, tan sólo quería alejarme de mi ciudad rápidamente para que su fantasma no me volviera a perseguir , en un golpe de azar y fortuna a partes iguales, encontré uno que se ajustaba perfectamente a mis peticiones.
En pocos días me trasladé a vivir a Inverness, capital del condado escocés de Highland donde requerían mis servicios en el museo de la Batalla de Culloden, así que presto a salir por patas de España, huí sin importarme nada, corriendo, tratando de dejar atrás el fantasma del pasado.
La primera vez que regresé a mi ciudad, a Valladolid fue cuando mi apretada agenda me dió un respiro, casi un año después de sumergirme en mi aventura gaélica. Recuerdo subirme a un bus ya en mi ciudad y en un viejo tick de mi juventud, miré hacia el interior, tratando de encontrarla.
"Estúpido" me dije, y me obligé a mi mismo a mirar hacia otra parte.
Bajé del bus en la parada de aquel centro comercial que me traía tan buenos recuerdos. Allí solía quedar con mis amigos o con la novia, por allí solía pasar a la ida y a la vuelta del colegio, nada había cambiado, todo seguía igual, imperturbable aún por mucho que pasase el tiempo.
Crucé por aquel paso de cebra y comencé a jugar a un juego infantil con le que solía divertirme cuando vivía allí. Miraba a cada persona a los ojos, a cada hombre o mujer que pasaba a mi lado, y trataba de reconstruir su vida, sus alegrías y sus penas, sus aciertos y sus errores.
He de admitir que nunca supe si alguna vez acertaba o si fallaba todas, porque jamás me paré a preguntar, pero me lo pasaba bien creyendome el niño que fui.
Me centré en un ejecutivo, traje caro de doble botonadura, reloj de pulsera no precisamente barato y cartera de piel, sin embargo, su mirada decía lo contrario de lo que dejaba entreveer su aspecto, se sentía mal, quizás sólo, estaba triste por algo o por alguien y es que, con el tiempo aprendí, que las apariencias si engañan, y mucho.
Zigzagueé con la mirada, buscando mi próximo objetivo. Iba descartando a las personas que me parecían menos importantes. Y escogí a una chica de pelo moreno y mirada profunda...
La miré, fijamente, a sus hermosos ojos dorados. Esos ojos... esos ojos me recuerdan alguien que fue y que ya no es... Aquella mirada... como si detrás de sus pupilas se escondiese un profundo océano bañado por el sol del atardecer que hace destellear la superficie del agua invadiendo una playa con reflejos dorados...
La tendría a cinco metros de distancia y se iba acercando poco a poco, paso a paso... Una caprichosa lágrima cruzó en aquel momento su rostro, de arriba a abajo, perdiéndose al caer al suelo...
Estaba tan cerca de ella... Un metro, un escaso metro, alcé mi mano derecha y la toqué sutilmente el hombro, ella me miró, de lleno, a mis ojos y recordamos una bonita tarde de verano. Por aquel entonces yo tenía todos mis apuntes cuidadosamente ordenados en mi mano derecha y ella se acababa de desprender elegantemente de su casco rosa...
Me sumergí en una vorágine de recuerdos sin control, hasta que ella me sacó de allí. También se había dado cuenta de quién era y, como aquella lejana tarde de hacía seis años, nos dimos los dos besos de cortesía, aunque prescindimos esta vez de las presentaciones, porque ya nos conocíamos muy bien.
La invité a un bar del que apenas recuerdo el nombre "Sí o sí" creo. Nos sentamos y poco a poco, palabra tras palabra, nos fuimos volviendo a conocer.
Me contó lo que en cada amanecer deseaba saber. Abandonó su carrera de Comercio en la Universidad y huyó lejos con su novio de aquel entonces, el típico macarra de chupa de cuero y corazón vacío. Quería cambiar, dejar todo atrás y afrontar una nueva vida sin apenas responsabilidades y la perdió todo, sin ganar nada. Poco tiempo después su novio se largó y ella se quedó sola, y así hasta ahora...
Y allí estabamos los dos, dos historias muy diferentes pero con un comienzo en común. Dos formas distintas de vivir la vida y ahora, de nuevo, como al principio, nuestro caminos se habían vuelto a cruzar, llamémoslo destino o azar, según os plazca.
Recuperamos el tiempo perdido pero ella tenía que volver a su puesto de trabajo como dependienta en una tienda de ropa juvenil y yo deseaba ver a mi familia asi que la pedí, casi la supliqué que quedasemos antes de que regresase a Inverness. Ella aceptó sin demasiados miramientos y, por primera vez en toda la tarde, una agradable sonrisa se dibujó en su preciosa cara.
Nos volvimos a ver, dos días después, en el aeropuerto, pocas horas antes de que me tocase volver. La invité, como todas las veces que quedamos, a una cerveza con limón en un bar de Villanubla.
Era como antes, todo volvía a ser igual, las mismas sensaciones, las mismas risas, las mismas conversaciones. Y, sin darme cuenta deslicé mi mano derecha hacia mi maleta. Inconscientemente veía que me quedaba poco tiempo y que tenía que facturar las maletas...
Ella se percató del leve movimiento de mi diestra y empezó a dejar de sonreir, se dió cuenta de que me iba, esta vez iba a ser yo quien la dejase, nuestros caminos se desunirían otra vez.
Me agobié solo de pensar en eso, en que quizás haber coincidido en el paso de cebra del centro comercial había sido una suerte, pero que volverla a ver, sin querer, cuando regresase de Inverness para las vacaciones de Navidad, sería, prácticamente un milagro.
Y, con un nudo en la garganta, me atreví a decirla lo que me llevaba seis años rondando por la cabeza. Tragué saliva y...
"Te quiero" la dije " te quiero desde que te vi bajar de la moto en aquella parada de autobus, te amo desesperadamente desde que te quitaste tu casco rosa aquella tarde, deseo estar contigo para siempre desde que tu mirada coincidió con la mía y te acercaste..."
Lentamente, mi voz se fue suavizando hasta desaparecer y los sentimientos encerrados desde ya hacía más de un lustro hicieron que empezase a llorar, que empezase a llorar lágrimas de soledad...
Me cogió la mano que tenía apoyada en aquella fría mesa metálica y sin querer.... empezó ella también a llorar.
" Cuando me di cuenta de mi error, cuando Lucas me abandonó" respiró hondo y trató de continuar "Cuando me di de bruces contra la cruda realidad, empecé a tener pesadillas cada noche, a no poder dormir y hacer de cada noche un infierno. Te recordaba y anhelaba volverte a ver, soñaba que un día, cuando aparcase mi moto enfrente de la parada del autobús, allí estuvieses tú, con tus papeles, con tu sonrisa, con tu mirada siempre fija en mí." Cogió aire, tratando de recuperarse de la llorera y se enjugó las lágrimas con un pañuelo blanco de papel, tras una breve pausa retomó la conversación.
" No te vayas, ahora la que te lo suplico soy yo" me miró y me apretó con fuerza la mano "Quedaté conmigo aquí en Valladolid, juntos, para siempre... "
Mi avión hacia Inverness despegó una hora más tarde. Había dejado mi abultada maleta en Facturación. Guardé el equipaje de mano en el compartimento superior, aunque cogí con delicadeza unos folios plegados escritos de mi puño y letra.
Y me senté en mi asiento, con mis apuntes en mi mano derecha, mi sonrisa, aún si cabe más amplia que habitualmente y mi mirada fija en ella, en mi compañera de viaje....
Despegamos rumbo a Inverness, a las tierras altas escocesas, partimos juntos para jamás volvernos a separar...
Dani Rivera

¿ Spiderman ? ¿ Superman ? ¿ Batman ? No, que va, los verdaderos héroes de la vida real no visten trajes llamativos y ni siquiera tienen superpoderes. Los que de verdad, de verdad, escriben la historia son gente normal, personas anónimas que hacen lo que se debe hacer en el momento adecuado y tratan de dar lo mejor de ellos mismos.
Cualquier persona que consigue levantarse de la cama, aunque lo último que quiera en su triste vida es hacerlo, porque un día perdió la ilusión y por desgracia no la logró encontrar, cualquier persona que vive su vida pensando en los demás, cualquier policía, bombero o médico, cualquier voluntario que pasa su vida ayudando a los niños en África, los propios chavales africanos... Héroes que pasan desapercibidos, a los que no les enfocan con una cámara de televisión, aunque sin ellos, esta ya de por sí, triste vida, sería aún más gris.
Esta es la historia de uno de esos chicos. Una persona normal que viste playeras y vaqueros.
Llevaba dos años saliendo con aquella chica. Era todo lo que siempre había deseado tener, era su mejor amiga, su novia, su confidente y la guardiana de sus secretos.
Era una tarde fría de invierno. El sol no había conseguido abrirse paso entre las nubes durante todo el día y una suave y casi imperceptible neblina se había instalado en aquella ciudad. Comenzaba a llover cuando se despidieron, habían pasado todo el día juntos porque restaban pocos días para Navidad y tenían mucho tiempo libre los dos para pasarlo juntos.
Aquellos días estaban rodeados de un aura muy especial. El ambiente que solo se respira cuando queda menos de tres días para Nochebuena, las luces, los árboles, toda la parafernalia digna de los últimos días del año.
Habían comido juntos en su restaurante preferido, un italiano de la última planta de un centro comercial. Un día perfecto, sobre todo, porque él lo había pasado junto a ella y ella junto a él.
Y la besó en sus labios rojizos, aquellos que tantas veces había anhelado cuando estaba lejos, sin importarle que el pintalabios se los dejara tatuados con carmín. Y la dejó allí, iba a cruzar aquel paso de cebra, la carretera estaba mojada por las primeras gotas que habían caído.
Espero a que el semáforo se pusiese en verde y él, cruzado de brazos, también aguardo a que se perdiese entre los edificios de aquella calle, esperaba a verla cruzar y contemplarla una última vez en aquel lluvioso día.
Ella se giró cuando vió que aquel muñeco verde, que andaba siempre pero que nunca llegaba a ningún sitio, y levantó su mano derecha y el viento, el juguetón viento hizo que ella se despeinase y su diestra se fue, con celeridad, hacia sus labios, lanzandole un beso. Él sonrió, como solo hace un "estúpido" enamorado, embelesado y cegado por su novia.
Y lo vió... y rápidamente su sonrisa se fue transformando en una extraña mueca de peligro. Un destello verde, un coche derrapando a pocos metros de aquel fatídico paso de cebra... Y corrió... corrió hacia ella, hacia lo que más le importaba en este mundo...Ella estaba a escasos pasos de la acera, pero justamente, situada en la trayectoria de aquel Opel Corsa.
Y saltó, saltó como si su propio miedo le persiguiese... Consiguió darla un empujón, a ella, a la persona a la que más quería...
Y rodó hasta la acera, dándose un golpe en el hombro, pero ¿ahora que importaba un simple golpe cuando te estás jugando la vida?
Unas décimas le separaron de la vida... Unos escasos segundos en los que se convirtió en un héroe. Falleció un par de minutos antes de que la ambulancia llegase a aquel paso de cebra, el coche le arrolló, pero murió acompañado, al lado de su chica.
"¿ Estás bien?" la preguntó susurrando.
Ella se llevó la mano a su maltrecho y dolorido hombro.
" Sí..." Lloró... quizás sabía lo que el destino le deparaba a su "amor".
" Entonces.." el chico intentaba hablar, pero cada vez le costaba más, era demasiado esfuerzo... "Entonces" repitió "seré feliz, sabiendo que estás bien..." Cogió aire, suspiró y esbozó una sonrisa " Espero que siempre sepas que te querré... esté donde esté "
Y su luz se apagó, pero una pequeña llama inmortal se encendió... En el Olimpo de los Héroes Desconocidos...
Dani Rivera.
La luna ya se esconde tras aquel lejano horizonte. Los primeros rayos inauguran una fría mañana de septiembre. Otra noche de fiesta y el sol me encuentra donde me encontró ayer, tumbado entre la hierba de un extenso parque, rodeado de unos árboles que me esconden de nadie. Creo que tengo vergüenza, pero no sé de qué.
Estoy solo, preguntándome por qué estoy allí, que he hecho toda la noche e intento buscar pruebas que me ayuden a recordar. Hay una botella a pocos metros de mi pie derecho “Genial” pensé “de nuevo he vuelto a recaer.” En mi brazo derecho llevo tatuado una larga serie de números, escritos con un rotulador de tinta negra, por alguien que, guiándome por los corazones del final, debía ser una chica. Me aventuro a pensar que es un número de teléfono, algo lógico cuando comienza por el 6. “Genial” volví a pensar “definitivamente he vuelto a recaer.”
Desde hace tiempo, estoy perdido, inmerso en maremágnum de alcohol y chicas, cóctel fatal del que quiero, pero no puedo, salir. Sé que no soy un buen chico, que no soy lo que las chicas esperan de mí o lo que andan buscando, y en el fondo, yo también quiero salir de esta absurda dinámica, no quiero más chicas, más bebidas, no quiero no recordar lo que hice ayer, cometer errores una y otra vez y hacer daño cada día a una mujer.
Pasó tiempo, mucho tiempo, años y años y por suerte cambié. Recuerdo que tenía o que creía tener amigos en aquel mundo tan parecido al infierno, algunos murieron por culpa de una sobredosis, por culpa de mezclar alcohol y conducción, por culpa del “ A mí no me pasa eso” o acabaron arruinando la vida a una de las miles de chicas con las que tenían una relación esporádica de una noche.
Tenía veintidós años, era más consciente de lo que era casi cinco años atrás, me sentía bien, pero... No conseguía encontrarla, tenía la certeza de que andaba por allí, de que en algún lugar de aquella ciudad me estaba esperando, de que todas las noches pensaba en mí aún sin conocerme, de qué ella me necesitaba aunque ni supiese ni mi nombre...
Muchas fueron las veces que creí encontrarla, fueron tantas las chicas, fueron tantos los errores, las lágrimas y las desilusiones... Ahora, si me siento a pensar, creo que estaba cegado, cegado por la necesidad de encontrarla cuanto antes, de que cada vez que una chica me mirase en una discoteca el corazón se me acelerase pensando que sería ella, estaba harto de que, inconscientemente, cada mujer que venía de frente por cualquier calle, cada mujer que me sonreía, cada guiño, cada sonrisa, me hiciera creer en algo en lo que ni yo mismo creía.
Pensaba que todos los sábados eran el día en el que la conocería y que, a partir de ahí, jamás volveríamos a separarnos, pero, cada vez que me ocurría eso, la vida me recordaba cruelmente que yo era un estúpido, un simple enamorado de la propia idea del amor, un caminante por el desierto que ve un espejismo a lo lejos...
Aquellos años transcurrieron entre el amor y el desamor, entre el olvido y el recuerdo, entre la ansiedad por encontrarla y el amargo sabor de la desilusión.
Fueron tantas las recaídas, las veces que me desperté con alguien a mi lado, con una chica o con mi amigo el alcohol. Muchas veces me dí cuenta de que ahogar las penas entre litros de ron, no sirve de nada, pero cada poco tiempo me topaba con la realidad y comenzaba el día en un hermoso parque, tirado, con la ropa sucia, pero también, mi alma.
Ahora tengo veinticinco años y sigo como estaba antes, sigo sintiendo lo que sentía cuando era un crío que no sabía diferenciar cuando era la hora de empezar y cuando era mejor terminar y aún estoy sin nadie a mi lado. Aprendí a no agobiarme, asumí que debía esperar pero aún así, cada vez que veía a una pareja besándose, cada vez que me topaba de frente con un corazón tatuado en la corteza de un árbol o con un misterioso candado en un puente, anhelaba estar enamorado, ser como ellos, pero aprendí a convivir con el dolor que me producía siempre ver aquello.
Y si ahora algo me sostiene es el imaginarme el día en el que te encontraré. ¿Vendrás de frente en una estrecha calle del centro? ¿Entrarás en una discoteca en el oportuno momento? Me resigné a esperar y a que el caprichoso destino te condujese hacia mí, y si ahora vivo es porque algo me dice que ese anhelado día llegará.
Dani Rivera.
Estoy solo, preguntándome por qué estoy allí, que he hecho toda la noche e intento buscar pruebas que me ayuden a recordar. Hay una botella a pocos metros de mi pie derecho “Genial” pensé “de nuevo he vuelto a recaer.” En mi brazo derecho llevo tatuado una larga serie de números, escritos con un rotulador de tinta negra, por alguien que, guiándome por los corazones del final, debía ser una chica. Me aventuro a pensar que es un número de teléfono, algo lógico cuando comienza por el 6. “Genial” volví a pensar “definitivamente he vuelto a recaer.”
Desde hace tiempo, estoy perdido, inmerso en maremágnum de alcohol y chicas, cóctel fatal del que quiero, pero no puedo, salir. Sé que no soy un buen chico, que no soy lo que las chicas esperan de mí o lo que andan buscando, y en el fondo, yo también quiero salir de esta absurda dinámica, no quiero más chicas, más bebidas, no quiero no recordar lo que hice ayer, cometer errores una y otra vez y hacer daño cada día a una mujer.
Pasó tiempo, mucho tiempo, años y años y por suerte cambié. Recuerdo que tenía o que creía tener amigos en aquel mundo tan parecido al infierno, algunos murieron por culpa de una sobredosis, por culpa de mezclar alcohol y conducción, por culpa del “ A mí no me pasa eso” o acabaron arruinando la vida a una de las miles de chicas con las que tenían una relación esporádica de una noche.
Tenía veintidós años, era más consciente de lo que era casi cinco años atrás, me sentía bien, pero... No conseguía encontrarla, tenía la certeza de que andaba por allí, de que en algún lugar de aquella ciudad me estaba esperando, de que todas las noches pensaba en mí aún sin conocerme, de qué ella me necesitaba aunque ni supiese ni mi nombre...
Muchas fueron las veces que creí encontrarla, fueron tantas las chicas, fueron tantos los errores, las lágrimas y las desilusiones... Ahora, si me siento a pensar, creo que estaba cegado, cegado por la necesidad de encontrarla cuanto antes, de que cada vez que una chica me mirase en una discoteca el corazón se me acelerase pensando que sería ella, estaba harto de que, inconscientemente, cada mujer que venía de frente por cualquier calle, cada mujer que me sonreía, cada guiño, cada sonrisa, me hiciera creer en algo en lo que ni yo mismo creía.
Pensaba que todos los sábados eran el día en el que la conocería y que, a partir de ahí, jamás volveríamos a separarnos, pero, cada vez que me ocurría eso, la vida me recordaba cruelmente que yo era un estúpido, un simple enamorado de la propia idea del amor, un caminante por el desierto que ve un espejismo a lo lejos...
Aquellos años transcurrieron entre el amor y el desamor, entre el olvido y el recuerdo, entre la ansiedad por encontrarla y el amargo sabor de la desilusión.
Fueron tantas las recaídas, las veces que me desperté con alguien a mi lado, con una chica o con mi amigo el alcohol. Muchas veces me dí cuenta de que ahogar las penas entre litros de ron, no sirve de nada, pero cada poco tiempo me topaba con la realidad y comenzaba el día en un hermoso parque, tirado, con la ropa sucia, pero también, mi alma.
Ahora tengo veinticinco años y sigo como estaba antes, sigo sintiendo lo que sentía cuando era un crío que no sabía diferenciar cuando era la hora de empezar y cuando era mejor terminar y aún estoy sin nadie a mi lado. Aprendí a no agobiarme, asumí que debía esperar pero aún así, cada vez que veía a una pareja besándose, cada vez que me topaba de frente con un corazón tatuado en la corteza de un árbol o con un misterioso candado en un puente, anhelaba estar enamorado, ser como ellos, pero aprendí a convivir con el dolor que me producía siempre ver aquello.
Y si ahora algo me sostiene es el imaginarme el día en el que te encontraré. ¿Vendrás de frente en una estrecha calle del centro? ¿Entrarás en una discoteca en el oportuno momento? Me resigné a esperar y a que el caprichoso destino te condujese hacia mí, y si ahora vivo es porque algo me dice que ese anhelado día llegará.
Dani Rivera.

Es otra tarde de agosto. Los últimos rayos de sol bañaban aquella playa de San Lorenzo inundando la blanca arena con destellos dorados. Quedan pocos valientes que se atrevan a quedarse en la playa después del anochecer, las nubes van ganando terreno y un molesto viento se acaba de levantar. Parece que mañana lloverá.
Disfruto del sonido a pie de playa. Tumbado en mi toalla escucho el leve y constante romper de las olas. Estoy solo, como lo he estado todo el mes de agosto, pero disfruto de mi soledad.
Ella se fue, hace tiempo. Y me dejó abandonado en esta playa asturiana, a mi suerte y yo la intenté olvidar. Amparado en la bebida creí haber cerrado la herida, porque pensé que el alcohol las curaba, pero ahora, mientras observo aquella iglesia, a lo lejos de la bahía, me doy cuenta de que la bebida tan solo fue un absurdo intento, una acción desesperada para pasar página, pero sin querer, rebobiné y estoy de nuevo donde estaba al principio... Sigo enamorado de ti.
Las noches fueron largas, refugiado en la oscuridad, quise beber hasta perder el control, hasta dejar de ser yo mismo y comportarme como el "yo" que me gustaría ser. Muchas chicas pasaron por esta habitación, de la casa que una vez fue nuestra, pero ninguna me hizo olvidar la sensación de despertar a tu lado, de verte mientras dormías, contemplando como los primeros rayos de sol se tatuaban a fuego en tu inmaculada piel.
Si te pudiese olvidar... Si pudiese borrar esas páginas que escribimos juntos... Creo que no lo haría. Ahora, estando tranquilo conmigo mismo, en armonía con la arena y el mar, me estoy dando cuenta de que sería un grave error hacerlo.
Ni siquiera el amargo recuerdo de aquella escena, tu y él entre la oscuridad de la noche, haciendo lo que sólo dos personas que se quieren hacen... Cuantas noches han pasado desde entonces, cuantos amaneceres he visto, cuantos días he pasado en la playa, contemplando la luna y preguntándome ¿por qué?.
¿Por qué me dejaste? ¿Por qué te fuiste con aquel chico que a las dos semanas te olvidó? ¿Por qué? No sé si sabes o supiste que te quería... Me rompiste el corazón y te llevaste parte de él...
Y desde aquella noche pocas cosas recuerdo. Flashes que, caprichosamente, regresan a mi memoria, piezas de un puzzle que siguen sin encajar, noches de ron y whisky, amaneceres de arena y sal.
¿Y cuándo te olvidaré? ¿Aún me queda mucho tiempo para que llegue el anhelado día? Imploro a Dios que me libre de esta amarga agonía... Una vez creí hallar la solución, a lo mejor la forma de olvidarte era conociendo a otra chica, alguien que me enamorase como lo hiciste tú aquella mañana de otoño... Pero es absurdo, la búsqueda fue en vano y yo me sigo consumiendo.
Y mientras tanto, a pocos metros, perdida entre las retorcidas calles de esta ciudad asturiana quizás esté mi chica pero aún sigo perdido hasta que no la encuentre.
Y ahora, a lo lejos, el sonido de las olas me acuna en un profundo sueño de otra larga noche de agosto.
Dani Rivera.

La luna llena se reflejaba en las tranquilas aguas de aquel río. Yo, caminaba por aquel puente sin tráfico, no serían ni las doce y ya no había nadie por aquellas calles. Intentaba prestar atención a la música que estaba escuchando, pretendía tararearla, pero no podía. No dejaba de pensar en ti, aunque no hice mucho esfuerzo en intentarlo, porque tampoco quería alejarte de mis pensamientos. Me gusta pensar que durante un pequeño momento, unos escasos segundos, tu también piensas en mí. Me encanta creer que sientes algo por mí, por muy pequeño que ese sentimiento sea.
Sé que a veces soy pesado, pero es que tengo miedo... Miedo de que te vayas para siempre de mi vida, miedo a no volverte a ver jamás, miedo a no volver a escuchar tu voz rasgando el silencio de una tarde de verano, miedo a perderte y a que se me vuelva a romper el corazón y tu te lleves un trozo. Ahora, nuestros caminos se separan, creo que nunca más volveremos a coincidir y eso me asusta, el simple hecho de resignarme a leerte, en mensajes muy cortos que ocupan apenas tres líneas, en contestaciones absurdas, el no poder verte jamás... No puedo, no puedo, al menos veámonos una última vez, permíteme captar tu esencia para que siempre te recuerde, las despedidas son duras y ahora...
Ahora siento que me va quedando menos tiempo, cada minuto que pasa, cada segundo, cada milésima es una menos que no puedo estar a tu lado. No te cansas de decirme que no estas lista, que no quieres querer ni que te quieran y, de veras, me gusta ser tu amigo, pero todo se acaba.
Y quizás a llegado nuestro final. El camino será un poco diferente a lo vivido hasta ahora, me costará olvidarte, pero sabes que me encanta vivir en el pasado, en aquella colina del recuerdo, y jamás podré borrarte de mi camino, porque fuiste como el agua fresca para el peregrino sediento, me ayudaste a continuar, a afrontar todo a lo que temo y a luchar por lo que una vez soñé.
Y lo que un día soñé era que estabas a mi lado y, por desgracia, será lo único que no podré cumplir. Ya no depende de mí, no puedo hacer nada más, porque es imposible ayudar a alguien que no quiere ser auxiliado y ahora resuenan ecos en mi cabeza...
“Ayudame y te habré ayudado, que hoy he soñado en otra vida, en otro mundo, pero a tu lado” Las voces de una canción muy especial para mí vuelven hoy con más fuerza. Pensé que sería la típica historia feliz, pero erré el disparo... Quieres olvidar, pero lo debes hacer tu sola ahora, debes ser tu y no yo, debes aprender a manejar los tiempos, a saber cuando es hora de dejar de vivir en la preciosa colina del recuerdo, es tu responsabilidad, que aciertes o falles es y será culpa únicamente tuya.
Pero una cosa tengo muy clara. Si alguna vez necesitas un apoyo ya sabes donde encontrarme... Y ahora...
Me despido de ti, con lágrimas en los ojos, fue bonito mientras duró, el volver a hablar, el volver a quedar, el volver a reír, depende de ti, porque me voy, antes de que me haga aún más daño... Sabes donde estaré... Andando bajo la torrencial lluvia por la calle del olvido...
Dani Rivera

Los focos poco potentes de aquel viejo Peugeot hacían que no se viese prácticamente nada que no estuviese a un par de metros del morro del coche. Era de noche y conducía por una carretera comarcal, rodeada de árboles, en apariencia pinos, y no me había cruzado con ningún vehículo desde que saliera de mi ciudad y me adentrase por aquella carretera semi abandonada.
Iba absorto en mis pensamientos, mientras tarareaba la canción que sonaba en la radio del coche. Me gustaba aquella sensación de libertad y, a la vez, de soledad. No tenía nada de que preocuparme. Todo marchaba bien, aunque yo tuviese que conducir aún unos doscientos kilómetros y, al paso que iba el renqueante 406, no tardaría menos de dos horas y media.
Entonces vi una figura entre las sombras de aquella noche de verano. Cuando los focos la alumbraron, giré el volante y me fui deteniendo en el arcén de la carretera. Era una chica. Llevaba una pequeña mochila y nada más. Me acerqué a ella, nos saludamos y me contó que necesitaba que la llevasen a un pueblo que era paso obligado en mi ruta hacia el norte, así que decidí llevarla. Llevaba meses perdida, perdida en un mundo que no era el suyo o eso al menos era lo que opinaba.
Entonces no me paré a preguntarme que haría a esas horas por ahí o como era que metía a la primera desconocida que viese en mi coche. Tras unos tensos primeros minutos, ella se soltó a hablar y me contó todo.
Los pinos iban quedando atrás, al igual que sus historias. A cada relato fantástico, le respondía con un “Si, venga, anda”. Me encantaba tener a alguien al lado, pensé que no necesitaba una compañera de viaje, pero me di cuenta de que, en realidad, lo ansiaba.
Era morena, ojos marrones claros y el pelo castaño la llegaba hasta los hombros. No era nada diferente a las chicas de la gran ciudad, sin embargo, ella tenía ese “algo” que me conquistó. No sé cómo explicarlo. Quizás fuera su sonrisa, su mirada, sus labios, su forma de ser o a lo mejor fue una visión en el desierto, pero el caso es que me enamoré, así de rápido, y ahora me vendría muy bien decir lo de “De la noche a la mañana”, porque fue así como ocurrió.
Llevábamos hablando tres horas, y como si fuese un acto inconsciente, aunque hoy me doy cuenta de que lo hice queriendo, aminoré la velocidad, aumentando así la duración del viaje. Me daba cuenta de que cada vez me quedaba menos tiempo, que cada minuto era uno menos, me faltaba el aire, necesitaba más segundos, lo quería saber todo sobre ella, pero me faltaba tiempo, mucho tiempo.
Y los primeros rayos de sol inauguraron la mañana, el interior del coche se volvió anaranjado y el rocío humedeció las hojas de las plantas del bosque interminable por el que llevábamos pasando las tres últimas horas.
“No sé si podré volver a encontrar a alguien que me quiera, que no me haga daño, que esté ahí cuando o necesite...” Me dijo.
En el fondo, detrás de aquella sonrisa que vi al parar el coche en aquella cuneta, se encontraba una chica que tenía miedo de algo a lo que todos aguardamos con alegría, tenía miedo de volver a sentir lo que una vez sintió por alguien que la traicionó y sin embargo...Lloró, alguien la había hecho daño recientemente
De repente, un exceso de valor me nubló la mente. Aprovechando un silencio, la miré durante unos escasos segundos y volví la vista a la carretera. Yo también necesitaba a una persona que me quisiese... Y ella me encantaba...
Me lo pensé y al final, con el corazón en un puño...
“¿Crees que tengo alguna posibilidad contigo?” le pregunté.
Ella, en vez de responderme inmediatamente, esperó. Agachó la cabeza, como si todo aquello la diera vergüenza y volvió, tras unos segundos, a incorporase.
“¿No crees que es un poco precipitado?” respondió.
“Bueno, pensé que estábamos a cinco kilómetros de separarnos para siempre...” La contesté.
Silencio, treinta segundos de incómodo silencio, esperando a que una palabra rasgase la noche. La miré y ella no me respondió. Aparqué el coche, esperando que me contestase, ya habíamos llegado a su destino, ella debía ir por el camino de la derecha, yo por el de la izquierda...
“No creo que ahora esté para eso...”
Lo comprendí pero me prometí a mi mismo una cosa...
“Me quedaré anclado a tu presente, a tu presente, para siempre... Y cuando te vuelva a ver, porque te volveré a ver, será el lugar y el momento adecuado.”
Dani Rivera
Es curioso pero cierto a la vez. Todos los cuentos de princesas, aquellos que comienzan con un “Erase una vez” acaban con un final feliz, el típico “Y fueron felices”, pero, si me permitís, comenzaré narrando este cuento prescindiendo de estas típicas fórmulas, porque no todos las historias reales tienen un final feliz.
Este es el relato de una chica, una chica joven, pongámosla unos 18 años, mes arriba, mes abajo. Aunque ya la quedaban atrás los tiempos de los castillos encantados y los príncipes azules, aún seguía soñando con ser la princesa que ella creía que merecía ser.
Creyó encontrar a su príncipe azul dos años atrás. Era el chico perfecto: atento, guapo, simpático, el ideal de hombre que toda mujer ansía tener. Por desgracia las cosas se torcieron trágicamente. Creía que lo tenía todo y vivía su vida sin salir de las murallas que delimitaban su palacio en la playa con la cruda realidad.
Todo jamás es tan perfecto como parece. Escuche una vez decir a alguien que nunca dijese nunca jamás, pero salvo en contadas ocasiones, la perfección no existe. Es tan solo un ideal, algo que nunca se llega a conseguir porque es imposible ser perfecto. Todos los seres humanos tenemos nuestras escasas virtudes y nuestros numerosos defectos, pero por desgracia, la princesa del castillo de arena se dio cuenta demasiado tarde.
Un mañana de invierno se levantó. Los rayos de sol y el ruido de las olas la acunaban en un sueño profundo, pero algo la consiguió sacar de su mundo de ensueño. Él ya no estaba, pero ella nunca creyó que jamás volvería. Le esperó y le esperó, con la ilusión de volver a andar descalzos por la inmaculada arena, de volver a reír, de volver a sentir lo que aún sentía por él. Su príncipe se fue con otra princesa, pero ella nunca lo aceptó y cada tarde, lo esperaba sentada, viendo el anochecer al borde del mar, él nunca volvió.
La costó, pero al final olvidó. Olvidó porque empezó a ser alguien que no era, comenzó a suplantar la personalidad de otra persona, ella ya no era la princesa del castillo de arena, poco a poco, a base de alcohol y más alcohol se fue trasformando en la Princesa de la Esperanza Perdida.
Desistió, sabía que no volvería a querer a nadie como le quiso a él una vez. No encontró a ningún hombre, porque ni siquera se molestó en buscarle. No quería ser la Princesa de la Esperanza Perdida, pero se resignó a cambiar. Con miedo a querer, a que alguien le volviese a hacer daño.
Príncipes de una noche y romances con fecha de caducidad, burdos parches que no servían para tapar la necesidad que sentía. Quería compartir su tiempo, sus besos, sus caricias con alguien pero el terror al dolor la echó hacia atrás.
Apareció un caballero, alguien que la quería, pero ella le hizo daño, no estaba preparada aún y ya había pasado muchos meses en el calendario y muchos príncipes azules por su cama. Le rompió el corazón y él se fue.
Y allí se quedó ella. En un castillo de arena vacío, viviendo una vida que, en realidad, no era la suya, aunque ella se emperrase en decir lo contrario, en aparentar estar bien, ser feliz, pero en el fondo, su corazón lloraba por haber dejado marchar al único hombre que la amó y, tiempo después, se dio cuenta de que ella también le quería.
2ª PARTE
Un único jinete cabalgaba por aquella pradera. En el horizonte se empezaban a vislumbrar los primeros rayos del anaranjado sol, que daban la bienvenida a un nuevo y cálido día de verano. Se estaba acercando a su destino. Llevaba ramo de flores, que desprendían un sutil aroma que le hacía recordar la primavera, en su mano derecha y las riendas de cuero en la izquierda. Disminuyó el paso de su corcel blanco inmaculado. Al trote atravesó el arco de entrada a aquel extraño castillo y, demostrando su agilidad, se apeó del caballo sin apenas esfuerzo.
No quedaba nadie en el patio del castillo de arena. Todos habían huido, poco tiempo atrás, dejando sola a la Princesa de la Esperanza Perdida, que se consumía en las ruinas de lo que antaño fue un hogar feliz, lleno de risas, gritos, ilusiones y sueños.
Es raro, aunque quizás sea lógico, pero cuando las cosas van mal poca gente se queda para luchar contigo, poca gente te apoya y, por desgracia son muchas personas las que huyen despavoridas, dejándote solo, abandonándote a tu suerte.
El caballero llevaba tiempo enamorado de la preciosa pero desafortunada Princesa. Una vez la quiso conquistar, pero la flecha de su particular Cupido se debió perder, y rasgando el viento, se clavaría en algún árbol, haciendo nulo el único intento que le quedaba para que la Princesa de las Esperanza Perdida fuese suya.
Aquel día escuchó en la taberna la triste historia de la Princesa, de cómo lo había echado todo a perder por su miedo a querer. La dijeron que estaba sola, desahuciada, abandonada en su gran castillo de arena que, como los castillos en el aire, se empezaba a desvanecer. Sin pensárselo dos veces, ensilló a su mejor caballo, necesitaba verla, saber cómo estaba, ayudarla y, después de cabalgar durante veinte horas sin descanso...
Allí estaba, contemplando las ruinas de la fortaleza aún majestuosa aunque también lúgubre y misteriosa. No se escuchaba nada, absolutamente nada. Silencio. Y de repente lo oyó. Un lamento. El sollozo de alguien agonizante, que sufre...
Dejó a su caballo blanco y salió corriendo en busca de lo que más anhelaba tener, su amor, el amor de la Princesa que, por desgracia, una vez le rechazó. Subió las escaleras, de dos en dos, aún con el ramillete en la mano. Y la encontró...
Estaba tendida en el suelo, de cara a la ventana, contemplando la playa, su playa, que una vez vio cómo el hombre de su vida se marchaba. Acurrucada, como si tuviese una pesadilla infantil y tapada con una manta gris porque debía tener frío.
Le escuchó entrar, las pesadas botas de hierro con las espuelas traseras hacían demasiado ruido como para no oírlo. Se giró, hacía tiempo que ya había perdido su última esperanza pero cuando le vio, una extraña mueca, muy parecida a una sonrisa, se dibujó en su rostro manchado por las cenizas de la chimenea.
La agarró, ayudándola a incorporase. Hacía tiempo que no andaba, desde que el último sirviente se había marchado, si ya no había dinero para ganar... La rescató, la rescató de su desesperanza, de su pesadilla, de la sombra del amor perdido que, tras dos años, aún no había conseguido borrar.
Ella en el fondo le quería, aunque se hubiese dado cuenta tarde. Estaba demacrada, era un fantasma de lo que había sido, pero él la seguía queriendo, aún más que el primer día que la vio, si cabe.
Pasaron los meses. Todas las tardes se reunían en el patio de la casa del caballero, donde la había refugiado aquella tarde que la trajo del Castillo de arena. La curó, la cuidó y dos semanas después, la Princesa volvía a brillar como la estrella más grande del Cinturón de Orión.
Reían, hablaban, discutían... La princesa encontró lo que había perdido hace tanto tiempo, se reencontró a sí misma y comenzó a ser como era en realidad y no como una marioneta del alcohol y del amor con fecha de caducidad.
Un día, una nevada tarde de invierno, sentado al lado de la chimenea, contemplando el blanco paisaje a través de los ventanales de la Casa del Caballero, la Princesa se dio cuenta de algo que no sabía de su anfitrión, curiosa, le preguntó.
“Caballero, ¿cuál es tu verdadero nombre?” le preguntó inquieta la Princesa de la Esperanza Perdida.
Como si saliese de un sueño profundo, el caballero la miró. Sonrió y volvió a mirar al cristal empañado.
“¿ Mi nombre?” repitió “Mi nombre completo es el Caballero de las Esperanzas Encontradas.”
Y rieron en aquella nevada tarde en la que el anochecer bañaba el paisaje de blanco y negro.
Dani Rivera

Sábado por la noche en el centro de una gran ciudad. Los adolescentes toman las calles hasta cuando mañana se confunde con hoy. Me preparo para salir en mi casa, vistiéndome, mientras escucho con nostalgia aquel viejo disco de Los Secretos, de un lejano año 1999. Paso a la siguiente canción, “Dos caras distintas”; preludio de “Agarrate a mi María”. Cuantos recuerdos encerrados, la infancia, momentos agradables y otros no tanto. Reminiscencias del pasado que se entremezclan con el presente, haciendo que me pregunte si de verdad he cambiado tanto.
Mientras camino por las calles, aún limpias e inmaculadas aguardando el fin de una fiesta que casi siempre suele ser incontrolada, sigo dándole vueltas. Hace tan sólo cinco años, apenas me planteaba ni me podía llegar a imaginar la cantidad de cambios a los que, un lustro después, me había visto sometido. Ya nada era igual y, por desgracia, jamás volveré a ser aquel inocente niño de trece años que jugueteaba con un balón por las calles del centro de mi querida ciudad.
Veo a un grupo de chicas pasar. Tendrán cuatro años menos que yo, pero aparentan ser de mi edad. Para ellas el maquillaje, los tacones y los bolsos a juego con la minifalda son ya habituales, quieren jugar a ser alguien que en realidad no son, creerse mayores, responsables, pero con todo ese “atrezzo” demuestran que son lo contrario de lo que se afanan por aparentar.
Ensimismado en mis pensamientos, me doy de frente con mis amigos. Tras el intercambio formal de saludos, emprendemos el camino hacia una de las discotecas más conocidas de la zona. No me gusta esto de estar dando tumbos, buscando a una chica perfecta entre la multitud a la que jamás encontraras. Demasiadas Cenicientas, que quieren olvidarse de que hay vida después de hoy, y que desean pasar una noche loca con el primero que les invite a tomarse una copa.
No es lo mío, no es lo que ando buscando, la noche no está hecha para mí. Con el pretexto de ir a respirar aire puro, abandono a mis amigos y subo las escaleras de regreso a la realidad. No sé que hacer, cojo el móvil, en un absurdo intento de volver a mi mundo, intento abstraerme, cosa que no consigo.
Pasan cinco minutos, dudo que mis amigos se pregunten donde estaré, así que comienzo a andar. No sé hacia dónde, ni por qué, hasta que algo me hace detenerme. Un par de golpes en la espalda son suficientes para que me gire...
¿Una chica? Mis amigos llevan dos horas intentando hablar con alguna y a mí me han sido suficientes cinco minutos y una veintena de pasos que me conducían hacia ningún sitio.
“Hola” me dijo sonriente. Mi mente iba a otro ritmo, intentando recordar inútilmente algún sitio dónde la hubiese visto con anterioridad. “¿ Ibas a alguna parte?” añadió.
El pelo moreno, los ojos marrones claros y su sonrisa celestial hacen que me quede callado durante unos largos segundos que parecen horas.
“No” la respondí. “Tan sólo...”
No me dejó acabar la frase porque parecía que sabía mis razones.
“La noche no está hecha para ti ¿verdad?” Lo dijo como si llevásemos mucho tiempo conociéndonos.
Sonrío y asiento con la cabeza.
“Me pasa lo mismo” se sinceró “ creía que esta era mi vida, ya sabes, salir por ahí, emborracharse, enrollarte con el primero que te lo pida y olvidar, olvidar y que jamás te acuerdes de él. Pero me acabo de dar cuenta de que no.”
Y tenía razón. Mucha gente cree que esa es y será su vida, pero tan sólo lo hacen porque tienen miedo a cambiar, a afrontar el futuro. Se creen muy mayores, pero son todo lo contrario, quieren seguir comportándose así porque tienen verdadero terror a crecer y a tener responsabilidades: obviamos los derechos, pero no queremos obligaciones.
La invito a sentarse en el primer banco que vemos. No hay nadie, tan sólo, un poco alejados, un par de parejas que hacen cola a la entrada de la discoteca. Hablamos, creo que tenemos mucho en común, pienso para mí...
Hasta que ocurre, no recuerdo cómo llegamos a ese punto de la conversación, el caso es que lo hicimos.
“ No te quiero engañar” dijo, agachando la cabeza como si lo que fuese a decir la avergonzase “ pero no quiero salir con nadie en estos momentos...”
“Pero si yo no te he...” la intenté interrumpir, pero siguió hablando.
“ Verás” continuó como si yo no hubiese abierto la boca “Acabo de cortar con un chico, hace un par de días y sólo me gustaría tener una noche loca con alguien, algo que me ayude a olvidar.”
“ Pero es que yo no te he propuesto nada” retomé lo que había dejado “ ni siquiera conozco tu nombre”
“ Lo sé, lo sé. ” reconoció “ Mejor así, sólo te estoy proponiendo pasar una noche juntos y olvidarnos del mañana. Sin nombres, sin ataduras, sin noviazgos absurdos.”
“¿Sin nombres?”la pregunté. Estaba extrañado, pero a la vez, me gustaba lo que me proponía, jamás había hecho algo parecido y quizás era hora de cambiar.
“ ¿Si quieres que digamos nombres falsos?” Creo que en ese momento vio mi cara de asombro y rió. “Seremos alguien que siempre nos haya gustado ser.”
“ Parece una broma...” levanté la cabeza y confiado la dije “ pero estoy de acuerdo.”
“ Yo soy Sara Leví.” dijo y giró la cabeza como si no quisiese que la viera riéndose.
Me sonaba vagamente familiar aquel nombre, pensé y tras cinco segundos de cavilaciones, caí en la cuenta de que Sara Leví era la protagonista de “La Rosa de Pasión” de Bécquer. Una sonrisa se me dibujó en la cara y ella lo notó.
“ De acuerdo, Sara Leví.” dije, remarcando con intención las dos últimas palabras. “ Encantado de conocerte, yo me llamo Gustavo Adolfo.”
Y entonces estallaron las carcajadas. Y mientras ella reía, yo pensaba a dónde la podía llevar. Debía hacer en unas horas lo que cualquier pareja hacía en meses. Y se me ocurrió.
No hacía ni quince minutos que nos conocíamos y ya íbamos de la mano. La alejé del centro, en busca de tranquilidad, yo sabía a dónde nos dirigíamos y ella no cesaba en preguntarme cuál era el destino de sus pasos. Mantuve el misterio hasta el final.
Tuve suerte, he de reconocerlo. No hacía frío y era noche de luna llena. Anduvimos por el paseo de la ribera del río. No había nadie, y aunque las pocas farolas del paseo no alumbraban lo suficiente, nos tumbamos en la hierba. Recuerdo que mientras mirábamos al cielo, vi una estrella fugaz y pedí un deseo...
Pedí que esa noche jamás se terminara, pedí que no hubiese amanecer, pedí que siempre estuviese a su lado pero también recordé la promesa, la promesa de mi particular Cenicienta. Aquello tenía fecha de caducidad y por desgracia, ya quedaba poco. Y entonces, nuestras manos se entremezclaron, giré mi cabeza para contemplarla y la observe mientras ella miraba el cielo.
Creo que vio como me quedaba absorto, perdido entre mis pensamientos, queriendo adivinar el momento idóneo para besarla y reuniendo el suficiente valor como para hacerlo.
Y me acordé de que todo acabaría, tarde o temprano y, acercándome a ella... la besé.
Pasaron dos meses, dos largos y angustiosos meses y aún no podía dejar de recordar aquella amarga despedida. He de confesar que quise llorar, sabía que difícilmente la volvería a ver, supe que aquello fue un punto y final, pero aún así, la busqué. Todos los sábados hacía lo mismo, lo mismo que hice aquella lejana noche. Salía, siempre a la misma hora, de la discoteca, solo, andaba hasta aquel banco... pero nada. La echaba de menos y aún no comprendía por qué. “ Sólo fueron unas horas, unas horas” me decía a mi mismo para intentar consolarme. Aquel sábado salí de la discoteca, dejando atrás los ecos de otra noche de fiesta y alcohol, empezaba a perder la esperanza de volverla a ver, ande, una veintena de pasos, más o menos, y alguien me tocó el hombro derecho.
Y, antes de que me diese la vuelta, escuché una voz.
“¿ Ibas a alguna parte? Porque yo te necesito...”
Dani Rivera
“Un final no tiene porque ser un punto y aparte.”

Carretera solitaria. Camino a kilómetros de distancia de donde en realidad debería estar. Nadie en el horizonte y casi lo prefiero así. Nada a mi alrededor, desierto, montañas y piedras rojizas que me recuerdan a las películas de indios y vaqueros.
A lo lejos la nada, la nada y un pequeño espejismo, agua. Calor, el sol me abrasa la espalda y la sequedad del ambiente hace que el aire sea irrespirable, cada bocanada que cojo hace que mis pulmones imploren ayuda para evitar el ardiente gas.
Querido Dios, después de haberme privado de tantas cosas, cómo se te ocurre hacerme esto. Sé que debo pagar por todo lo que hice, por abandonarla pero...
Ahora me he dado cuenta de lo equivocado que estaba, la quise o, mejor dicho, aún la sigo queriendo, no consigo olvidarla y, bajo este sol abrasador, apenas puedo recordar todos los momentos que pasamos juntos.
Kilómetros y kilómetros de desierto nos separan, creo que estará dolida conmigo, pero tengo la certeza de que podré volver a recuperarla.
Dios mío, dame una oportunidad, porque tengo miedo, miedo de que la esperanza se desvanezca y de que ya no me quede nada. Debo decirla que la quiero, aunque ella lo sepa pero todavía siga ignorandome, tengo que estar con ella otra vez...
Querido Dios, necesito ahora una ínfima esperanza, un rayo de luz en esta oscura soledad, algo que me ayude a seguir, a continuar. Debo ser fuerte, lo sé, pero es muy difícil serlo cuando he perdido todo lo que una vez me importó.
La necesito, la necesito a ella, por favor, solo déjame pedir un único deseo, quiero que vuelva aquí, junto a mí, tenerla entre mis brazos y protegerla y que nadie jamás la vuelva a hacer tanto daño como la hice yo una vez.
Me acerco a aquel espejismo, sediento y cansado, poco camino queda ya para mi final, te lo pido por favor, antes de caer y desvanecerme, antes de consumirme entre el abrasador asfalto necesito verla una vez más, al menos déjame pedirla perdón.
Y cada paso que doy es uno menos que queda para llegar a ninguna parte, cada lágrima que se evapora antes de caer al suelo es una menos para que llegue el final, que idiota fui...
Lo único que necesitaba, lo único que necesito y lo único que necesitaré eres tú... Aunque sea demasiado tarde para decirlo... Te quiero...
Dani Rivera