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Me miraste con tu sonrisa limpia,
ese terremoto que provoca
que a la palabra problemas
se le vayan cayendo las letras
hasta que sólo quedan mis poemas
-que son tan tuyos como míos-.

Me miraste en medio del parque
y tus ojos me preguntaron
que en qué estaba pensando.

Contesto que en nada,
que es lo que siempre respondo
cuando nunca digo la verdad.

En realidad,
estaba pensando en ese treinteañero
que pasea su tristeza con correa,
en ese cuarentón del banco de al lado
que comprendió que la soledad
es un programa de televisión
a altas horas de la madrugada.

En realidad,
estaba pensando en ese señor gris
que esta noche cenará sólo
porque aprendió la lección tarde:
en el amor sólo se conserva
lo que no se encierra.

En realidad,
estaba pensando en mi vida
antes de conocerte,
en lo que sería ahora
si no te hubiese conocido,
en todas esas vidas sin color
que podría haber vivido.

En realidad,
no estaba pensando en nada.

Estaba pensando en ti.


Dani Rivera
Tu hombro desnudo
pidiendo guerra,
la manera de recogerte el pelo
como si éste no fuese
otro lunes cualquiera,
la sonrisa veraniega
que descongela mis inviernos,
esa forma que tienes
de que sea tan fácil quererte
sin quererlo.

Es sencillo ser poeta contigo.
Te sobra poesía.




Poema extraído de 'Qué decir cuando me preguntan por ti'. Clica aquí para descargarlo gratuitamente.

Daniel Rivera
@DaniRivera4S

Me decidí a reunir mis poemas y ponerme a escribir algunos más. El resultado de esta suma, es esta plaquette 'Qué decir cuando me preguntan por ti', una breve colección de poesía que espero ir aumentando en los próximos meses. Espero que os guste.

En este enlace podéis descargar gratuitamente la versión en PDF.


Nunca supo el por qué
todo Callao comenzó a llamarla así,
tal vez por dejar que su piel
se acostase con la soledad

Annie la de los ojos tristes
nunca más volvió a tener otro apellido que su mirada
cuando los reservados se convirtieron en su hogar
y todos los camellos del barrio la fiaban

Annie la de los ojos tristes
no cometió más pecado que empeñar su corazón
a cambio de amaneceres con un tipo al que nunca le importó
la diferencia entre follar y hacer el amor

Annie la de los ojos tristes
empezó a tener butaca reservada en Proyecto Hombre
y se iba marchitando, poco a poco,
a medida que el resto conocían su nombre

Y mientras Annie y sus ojos tristes
esnifaba todos los pasos de cebra de Madrid,
se alejó de la vida para siempre,
de besos y de miradas cómplices en cualquier rincón de París

@DaniRivera4S

Llovía, mejor dicho diluviaba. La noche del fin del mundo parecía un día más cerca y en aquel caótico y desordenado ático de la vetusta Oviedo se podía escuchar cada pocos minutos el rasgar del viento, ese susurro apagado, señal inequívoca de un día inapacible. El trueno y el pitido del timbre de la puerta de abajo parecían haber quedado de antemano para coincidir en el tiempo. Era Abril. La chica, no el mes. Aunque en verdad Oviedo vivía en un cuasieterno abril.

Cuando abrí la puerta pensé que nadie en sus cabales podría dejar de enamorarse de ella. Era un imán, un imán al que yo llevaba enganchado seis años, tres meses y veinte días. Sus veintiún primaveras eran droga dura, sin lugar a dudas. Llegó empadada y a la vez sudorosa, calada por la implacable lluvia que la había pillado por sorpresa mientras se dirigía a no se qué sitio, y sudorosa por culpa de que su juvenil hiperactividad había hecho que subiese por las escaleras los cinco pisos del bloque. Estaba loca. Esa locura con un punto de cordura que me parecía tan tremendamente irresistible. Y a pesar de todo, sin embargo, lucía una sonrisa entre los mechones de pelo mojado que trató de apartarse de la cara.

- “¿Quieres pasar o has venido a empaparme el felpudo?” La dije mirándola de arriba a abajo mientras reía. Parecía que acabase de salir de la ducha

- “Si me das tres minutos te hago una playa a la puerta de casa” me respondió, prolongando aún más su sonrisa.

- “Más te vale que pases ya. Odio la arena de la playa...”

El peculiar sonido de su andar con los playeros empapados se asimilaba al de unas chancletas. En mi mente, el eco de las voces de mi madre advirtiéndome que las gotas de agua harían mella en el parquet, asi que me apresuré a tenderla una toalla para que tratara de secarse lo más rápido posible. Al fondo del pasillo de la entrada casi se podía escuchar el salvaje repiqueteo de la lluvia sobre el cristal. Se avecinaba una tarde lóbrega en Oviedo.

- “¿Te apetece algo de beber?” señalé amablemente cuando se sentó en el sofá, con el pelo ya más seco y con la toalla beige en los hombros.

- “Si no te importa darme un vaso de agua, Víctor”

- “¡Esa no es mi Abril! Yo ya tenía preparada una botella de whisky que llevaba tu nombre” Exclamé mientras ella encendía una sonrisa que se apagó a los pocos segundos.

- “Estoy cambiando, Víc, a todos nos llega un punto en el que, o bien nos vemos obligados a ello, o simplemente cambiamos porque creemos que ha llegado el momento de centrarnos” Era raro escuchar a Abril hablar en un tono tan serio, tan solemne, cuando ella siempre había sido todo lo contrario.

- “¿Y ese punto, tiene nombre?”

- “Llámalo X, el caso es que ha llegado la hora de ser un poco más seria” respondió, mientras daba el primer sorbo al vaso de agua que le acababa de alcanzar y cuando bebió lanzó una carcajada al aire. “Eso no quiere decir que no siga siendo la loca de Abril ¿eh?”

Había perdido la cuenta de las veces en las que mis amigos se habían desesperado por mi culpa, riéndose de las oportunidades que iba perdiendo con Abril, cada vez que cortaba con su último novio o cuando volvía a quedarse sola en su cama una fría mañana de domingo. Ellos pensaban que nunca me había atrevido y que nunca me atrevería a decirla nada, que simplemente era un cobarde más que le dijo al silencio lo que le tenía que haber dicho a ella.

Pero no. Nada de eso. Llevaba más de seis años aguardando el momento preciso, el momento en el cual dejase de buscar compañía en un rincón oscuro de una discoteca del centro para buscar el abrigo de una manta a cuadros escoceses. Nunca quise ser el primero en darla calor tras una ruptura, porque sabía lo que pasaría, simplemente quería ser el primero en ser el último.

Y para eso llevaba años preparándome, para ese instante en el que abriese los ojos y se diese cuenta de lo que en verdad necesitaba. Siempre había sido muy paciente, la verdad es que incluso me gustaba esperar, pensaba que así todo sabía mucho mejor, como el niño que aguarda en la puerta del salón a que sus padres le den permiso para entrar en la mañana de Reyes. Y yo ya tenía la mano en el pomo. No recordaba las veces en las que había pensado en ello, en cómo hacerlo para hacerlo bien y ahora estaba en blanco. Necesitaba que fuese como una peli romántica de un sábado por la tarde, de esas que acaban bien y todos tan contentos.

Regresé a la conversación cuando se puso a hablar de 'X', el chico que la había empujado a cambiar. El último ligue tonto de un viernes noche. Que si cuando el sol se coló por las rendijas de la persiana de su habitación, se había dado realmente cuenta de todo, de que su vida estaba más vacía que la de cualquier persona infeliz y que ella lo era, pese a que lo había intentado camuflar sin éxito con sábanas, almohadas y vasos repletos de alcohol y cubitos de hielo. Que en realidad odiaba el ibuprofeno de los domingos por la mañana y las miradas de los chicos cada vez que pasaba por su lado, que le encantaba quitarse los tacones con el amanecer dominical y tirarse en la cama mientras juraba que no se volvería a repetir. Y hablando de 'X', su pasado, terminamos hablando de futuro.

- “¿No te ves casándote en nueve años?” la pregunté, aunque conociese de antemano la respuesta.

- “¿Con treinta? ¿Estás loco? A mí déjame tiempo y no me agobies” Me sacó la lengua. Una mueca inocente que me llevó a pensar en la Abril de hacía seis años, cuando todavía lucía el uniforme del colegio. Era curioso comprobar que había cambiado tanto y a la vez tan poco.

- “En serio, todas las mujeres, al menos una vez en su vida, han pensado en la boda de sus sueños ¿Me estás queriendo decir que tú no?”

- “Parece mentira que todavía no sepas que yo no soy como todas las mujeres...” Y se quedó en silencio, como si alguien hubiese bajado el volumen con un mando a distancia imaginario.

- “Lo creas o no, lo sé..” Y de repente, como si todo el mundo se hubiese puesto de acuerdo, la lluvia dejó de caer, de repiquetear contra la ventana y nosotros permanecimos en silencio. Otra cosa que siempre me han encantado, los silencios. Hay gente que no sabe manejarlos, yo sí. Pero aquel día no quería que durase mucho, asi que decidí volver a tomar la palabra mientras ella rendía su mirada a las preciosas vistas que ofrecía el apartamento.

- “En los nombres de nuestros hijos sí que habrás pensado ¿no?” En cuanto lo dije mi voz interior entonó un “¡Mierda!” tan alto que pensé que Abril también lo había escuchado.

Apartó la vista del ventanal y me miró. Rió, esa risa nerviosa de los momentos clave. Que ella estuviera nerviosa a mí me tranquilizó. Pocas veces dudaba ante nada y cuando lo hacía es que se trataba de algo muy importante.

- “Ya te avanzo que no admito negociaciones” Nos miramos directamente a los ojos, como si fuese una competición, el que retirase la mirada perdía. “Si es chica, Lucía, si es chico... Diego.

- “Nunca me ha gustado Diego...”

- “Te he dicho que no admito negociaciones, si lo quieres bien, y si no lo...”

No la dejé acabar. Ella tampoco quería terminar esa frase. Me abalancé sobre ella. Ella se abalanzó sobre mí. Siempre me ha gustado Abril, el mes y la que entonces era mi amiga. Seis años, se dice pronto. Había tardado mucho en llegar, pero por fin la tenía a mi lado.

Lo que Abril dijo aquella tarde que comenzaba a vestirse de noche terminó por ser una gran mentira. Seis años después, limpiándose los sudores en un quirófano de Oviedo, respondió a la matrona: “Víctor, se llamará Víctor.”

Daniel Rivera
@DaniRivera4S

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Todos hemos sido alguna vez ese tipo que no quiere levantarse de su cama. Porque a veces vivir en el presente no es tan estimulante como vivir en el pasado. E hipotecamos nuestro futuro.



Estoy en el paro. Y sólo sé que ya no me graduaré en la universidad de tus sábanas. Ya debes andar buscando un profesor particular. 

Sí, ahora leo mis poemas en Youtube. Siento las molestias. Nunca me gustó escuchar mi voz.




Estoy en el paro.
Se ve que mi carrera en el amor
no se puede convalidar en la universidad de tus sábanas,
tampoco me apetece empezar tu máster en bragas caídas
porque yo quiero hacerte feliz con ellas puestas.
Y no como otros.

De qué me sirve a mí ahora
ser restaurador de corazones toso
si un médico nunca se pudo curar a sí mismo,
de qué me sirve a mí ahora
ser el arquitecto de tu sonrisa perfecta
si ya nunca podré contemplar mi obra,
dime, por favor, de qué me sirve
ser abogado en tus causas perdidas
si te perdiste en las causas de otros
y no en las mías.

Ahora regresa a nuestra casa
y recoge tus cosas.
Pero a mí déjame, solo,
preguntándome qué hice tan mal
como para terminar despedido de tus sueños.

Después echaré un par de currículums
en otras camas.
A ver si hay suerte
y me cogen.

Dani Rivera
@DaniRivera4S

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Reinicia los días
como aquel ordenador viejo que ya no responde
-cambia ordenador por corazón
y tendrás su historia-.

Se pelea cada amanecer
con aquella alarma, puta aliada de la rutina,
queriendo vivir para siempre en su cama,
quien ya no espera nada de la vida.

Se levanta, alicaído y a las tantas,
apoyando primero el pie derecho para no tentar aún más a la suerte,
una suerte que le es tan esquiva
como la mirada huidiza de la chica de sus (sueños) realidades.

Se enciende un cigarrillo
y mientras apura, calada a calada, su esperanza
se ducha con el llanto de aquel que perdió algo
por el mero hecho de nunca pelearlo.

Y el hombre que nunca amanece
regresa a la soledad de una almohada sin guerras,
a la amargura de un pijama sin fiesta,
a la oscuridad de su cama sin ella.

Nota: 
Es triste.
Nunca dije que la historia del hombre que nunca amanece
fuera alegre.
Él, que por miedo a repetir el pasado,
dejó de vivir el presente
e hipotecó su futuro.

Daniel Rivera
@DaniRivera4S

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Sí, sé que te quejas todas las noches, justo antes de apagar la luz. Lo haces en silencio, pero en el último segundo, cuando la oscuridad va a engullir nuestra habitación, me miras. Siempre supe descifrar tus miradas, al menos desde que te conocí hace un par de años. Ese vistazo fugaz de "Otra noche igual y van ya no sé cuantas". Pero créeme, es mejor así.

Mejor así. Sin un 'Te quiero' y mi sonrisa que le precede. Y la tuya que le sigue. Sin esa sensación de pertenencia, de que esa persona que comparte cama desea estar realmente ahí. Pertenencia, qué mal suena. Créeme, es mejor esta despedida fría. El último beso de una fecha que jamás recordaremos y apagar la luz, metáfora perfecta del día que agoniza.

Porque no hay nada peor en la vida que un 'Te quiero' rutinario. Una frase que pierde todo aquello que la convierte en especial, la espontaneidad, la sorpresa. La señal para bajar los brazos y dejar de pelear. Porque... ¿Qué sentido tiene luchar por algo que ya es tuyo?

Créeme, es mejor así. Que justo antes de apagar la luz estemos tú y yo en una habitación que ya es nuestra. Por eso es mejor que me esfuerce en retener los mil 'Te quiero' que nunca te dije para que el que te diga siga sonando como la primera vez.

Daniel Rivera